Crónica Sitges 2022 (II): Realidades oscuras

Este año vamos a intentar (con éxito desigual) cuidarnos un poco y eliminar los madrugones, con intención de absorver mejor lo que vemos y de paso disfrutar de las sesiones que más nos interesan en la pantalla más grande posible. A segundo día del festival, ésto se traduce en acudir al mediodía al Auditori para ver lo nuevo de Peter Strickland, Flux Gourmet. Algunos recordarán ya el interés que nos produce este director, de quien vimos aquí Berberian Sound Studio (2012) y The Duke of Burgundy (2014). A diferencia de aquéllas, en Flux Gourmet nos presenta un mundo deformado ya de primeras, en que un periodista se dedica a hacer de cronista en una residencia de artistas performativos. Éstos están volcados en un proceso creativo alrededor de la gastronomía y el sonido, y dichos mimbres sirven a Strickland para hacer una reflexión humorística sobre los entresijos del mundo artístico, la relación de la obra con sus creadores y público, las dinámicas de grupo y sumisión… Un peculiar viaje que tal vez no alcanza el nivel de sus anteriores obras, ya que bordea el absurdo gratuito, pero que a la vez construye muchos momentos interesantes y sigue poniendo el acento en elementos que asociamos ya al director, como el protagonismo del diseño de sonido, los efectos de la extrañación en el individuo y la exploración de las relaciones de dominación.

Nos quedamos por aquí para ver Nightmare, ópera prima de la noruega Kjersti Rasmussen. Cinta de horror construida alrededor de los terrores nocturnos y los temores ante la maternidad, desgraciadamente la película se queda en la superficie. Se trata de una concatenación de escenas sin demasiado interés ya que no construyen nada nuevo o significativo, con personajes desdibujados, guión disperso y que, para cuando consigue algún momento sugerente, ya nos ha perdido. No consigue salvarla tampoco la interesante Eilie Harboe, a quien conocimos hace unos años en Thelma (Joachim Trier, 2017). Eso sí, nos sirve para recordar lo interesante que nos pareció por contraposición el terror onírico de Come True (Anthony Scott Burns), en la edición de 2020.

Mucha curiosidad nos genera Saloum, historia ambientada en Senegal que sigue a unos mercenarios que intentan pasar desapercibidos en su huida con un botín robado. Este cambio de latitud se recibe como agua de mayo por atípico, y poco a poco vamos metiéndonos en su mundo, conforme se abren capas de los personajes y la tensión latente de este grupo que se refugia momentáneamente en un rancho cooperativo/refugio vacacional se incrementa de manera paulatina. Sin embargo, Saloum decae cuando introduce el elemento fantástico, puesto que entra en un terreno de acción (muchos la han comparado por su concepción estructural con Abierto hasta el amanecer -Robert Rodríguez, 1996-) que resulta confuso, donde sus propias reglas respecto de lo sobrenatural no quedan bien explicadas y el montaje se vuelve caótico. Así, por más que la idea de integrar el folclore africano en una historia que recoge también los traumas presentes en estos países desgarrados por la violencia resulta de lo más estimulante, cojea en la ejecución e impide que la película alcance finalmente todo su potencial.

Lamentando estos altibajos, encaramos las sesiones nocturnas, empezando por lo último de Carlos Vermut, Mantícora. Y aquí sí que nos topamos con una auténtica joya. El director de Magical girl está más en forma que nunca y sigue con su exploración del terror cotidiano en lo que no deja de ser un drama que se adentra en terrenos inexplorados habitualmente por este tipo de cine. No vale la pena revelar nada de la película, ya que podría resumirse entera en tres líneas. Pero el verdadero talento de Vermut reside en conseguir que esa forma de cocer a fuego lento, que no parece tener demasiados pliegues, resulte tremendamente magnética y se meta de forma inusitada bajo la piel. Y días después, todavía seguimos con Mantícora enganchada a la cabeza, algo de lo que pocas películas pueden alardear. Virtud de la precisión en el guión, de aparente sencillez y centrado en las relaciones entre personajes, y la puesta en escena, limpia y luminosa; de unas actuaciones que no se amedrentan frente al reto de explorar zonas oscuras de la psique (estupendos Nacho Sánchez y Zoe Stein) y de una historia que acerca dicha oscuridad a un día a día tan próximo que no da opción al distanciamiento, de manera que al espectador no le queda otra que aceptar, incluso empatizar, con las realidades más terribles. Si no ha ganado nada es porque estaba fuera de competición.

Recuperamos antes de ir a dormir la película que ha abierto el Festival, Venus de Jaume Balagueró. Se inscribe en el sello The Fear Collection, que inauguró el año pasado Álex de la Iglesia con Veneciafrenia, y él mismo apadrina la producción. Adaptación libre de un relato de Lovecraft, Venus acompaña a una gogó que escapa del trabajo con una maleta de gran valor, para acabar refugiada en un bloque de pisos donde se esconde un terror más profundo que sus perseguidores. Aunque Balagueró se esfuerza por introducir todo tipo de variantes de género y referentes en su cinta, el resultado es notablemente descohesionado. Ni siquiera las dos patas principales de la trama parecen estar en verdadera simbiosis y Venus acaba disparando para todos lados sin acertar de pleno en ninguno. La protagonista, Ester Expósito, no logra trascender como nueva scream queen pese a (o tal vez a causa de) los denodados esfuerzos de todas las partes por conseguirlo, y la acción y ruido de un tramo final de alta intensidad no hacen que la película se recomponga, por esa sensación constante de viaje desesperado a no se sabe dónde. Por desgracia, Venus no nos ha devuelto a un Balagueró que extrañamos, y al que perdimos la pista tras la ya lejana [•REC] 4: Apocalipsis (2014).

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