Crónica Sitges 2014: Día 8

Empieza a percibirse en el aire, sin quererlo, el olor a final. De manera que nos agarramos a lo que queda de festival como a un clavo ardiendo, intentando estrujarlo al máximo. Y la verdad es que hoy acaba resultando uno de los días más agradecidos de todo el certamen.

De buena mañana nos despertamos tensamente -por gusto, no por accidente- con “It follows“, del americano David Robert Mitchell. Se trata de una historia de fantasmas de apariencia variable pero con una característica común: vayas a donde vayas, te encuentran. Con la misma protagonista que “The guest”, la guapa Maika Monroe, y con un pulso narrativo encomiable, esta propuesta, que sería algo así como la versión sobrenatural de “Terminator” (J. Cameron, 1984) se convierte rápidamente en una de las películas favoritas de todo el mundo (aunque, inexplicablemente, quedará absolutamente desterrada del palmarés). No es desde luego por su originalidad, sino por la inteligencia con la que está rodada y la ausencia de recursos manidos, que la convierten en una cinta de terror tremendamente entretenida a la par que accesible desde un punto de vista comercial.

La protagonista en su día a día.

Comercial es algo que está en las antípodas de “Tusk“, el nuevo salto al vacío de Kevin Smith tras “Red State” (2011). Sólo que esta vez el salto es doble mortal y sin red. Incluso para alguien que conoce la sinopsis (y, desde luego, preferiría no haberla oído de antemano), lo último del de Nueva Jersey es la extravagancia hecha película. No es terror, pero tampoco comedia, pero tampoco drama, ni suspense, ni todo lo contrario. Es un machihembrado como no se recuerda pero que, ojo, funciona sorprendentemente bien a pesar de su sinsentido. El caso es que la historia mantiene pegado a la pantalla, hace un inteligente uso de la narración no lineal y supone un paso más -no sé exactamente en qué dirección- en la carrera del estadounidense. Mi amigo Gerard Fossas dice que cada diez minutos lo ha dejado patidifuso, y acuña el término ‘película-stripper‘, por las ganas que le han venido de lanzar billetes a la pantalla para que la locura continuara. Como él, la gente en general sale muy contenta de esta marcianada, que me hace pensar en Smith como un cineasta casi experimental. Ahí es nada.

El vivo reflejo de la película.

Volvemos a una narración más convencional, para nada desdeñable, austera a la europea, como es la de “When animals dream“, película danesa que, contra todo pronóstico, verá la luz en las salas. El debutante Jonas Alexander Arnby consigue aunar con éxito las formas del drama independiente de corte social con el elemento fantástico, y lo hace sin ser pedante o cansino. El ambiente pesquero en el que se desarrolla la historia contribuye perfectamente a dibujar el entorno gris y cerrado en el que vive la protagonista, a hacernos sentir ese aislamiento, y a presenciar la transformación que va a experimentar sin la habitual explosividad del cine al tratar estos temas. Una propuesta de género con una pátina diferente (o el tipo de cosa que hubiera hecho funcionar a aquella aclamada “Trabalhar cansa” de hace unos años).

No puedo aguantar la curiosidad, y primo las proyecciones por encima de la visita del mítico Joe Dante. Me han comentado que la película que se enseña justo ahora en el Retiro vale la pena, y me lanzo a comprobarlo. Con “Over your dead body“, Takashi Miike vuelve a los terrenos de “Audition” (1999), mezclando su faceta más clásica, los ritmos más pausados y las formas más austeras con los elementos del terror que tanto le gusta explotar -aunque en esta ocasión de forma mesurada, si lo comparamos con sus momentos más salvajes. “Over your dead body” podría emparentarse a nivel de sensaciones (tendencia estética del autor durante los últimos años, ritmo, progresión y límites de la violencia), con la flojilla “Lesson of the evil” (2012), aunque en esta ocasión el japonés pone más de su parte y, además de hacerse patente, el público lo agradece. Para empezar, porque se trata de una reinterpretación sui generis de un clásico del folclore japonés, donde se mezclan realidad y ficción; para seguir, porque Miike utiliza de forma muy atractiva la escenografía teatral y juega a meter y sacar constantemente al espectador de la historia que se representa sobre las tablas para mantenerlo siempre descolocado. El director se nos pone ‘meta-‘, y seguramente ha aprovechado la experiencia que le dio grabar diversas obras durante la pasada década, fusionándolo con su saber hacer en el terreno puramente cinematográfico. El resultado, aunque no brillante, sí es más que interesante.

El escenario como concepto con vida dentro de la película.

Salgo corriendo del cine para intentar pillar al realizador de “Gremlins” (1984) aún en su encuentro con los aficionados, y llego aproximadamente a la mitad del evento. Lo acompaña el eterno y entrañable secundario Dick Miller, al cual homenajea este año el festival. La reunión es distendida, aunque las preguntas casi siempre giran en torno al clásico de los muñequitos (se comenta el origen de los bichos en el cuento de Roald Dahl, la forma en que se integrarían los efectos especiales si la película se rodara hoy en día…). Algo surge por ahí respecto a la serie “Masters of horror” y se atisba la posibilidad de un nuevo proyecto que continúe con la idea de aunar grandes firmas del género. Finalmente, los protagonistas de la charla firman un par de objetos a los fans que se acumulan ante la mesa (ha habido que trasladar el evento del espacio Fnac a la sala Tramuntana por un exceso de gente que se veía venir a la legua), y al final salen por patas.

Joe Dante junto a su amigo Dick Miller.

Tras este momento con las celebridades, recuerdo que hay que pisar el espacio Brigadoon al menos una vez durante el festival, para chequear que todo funciona, que sigue habiendo una alternativa gratuita y con voz propia para el que no tiene posibilidad de grandes desembolsos. Ahí sigue, efectivamente, en el Antic Escorxador, como en los últimos años, y cuando entro (dándome de leches con todas las paredes posibles) se está proyectando el documental “Why horror?“, que no se aleja demasiado de la línea de “Doc of the dead” el otro día: una aproximación ligera, más o menos informativa, y con voluntad de agradar al aficionado. El protagonista Tal Zimerman inicia un viaje para averiguar qué es lo que hace tan atractivo para él un género como el terror, y para ello recurrirá a algunos experimentos tan curiosos como poco determinantes, así como a las declaraciones de personajes implicados en esa pasión a distintos niveles. No pretende ser una tesis, pero abre algunas cuestiones interesantes y da algunas pistas propias para reflexionar sobre el fenómeno, además de suponer un desfile de caras conocidas que siempre resulta divertido escuchar (aunque a gente como Romero la tenemos ya hasta en la sopa).

Tras un pequeño paréntesis en la habitual terraza, me lanzo a por la última cinta de la jornada, ni más ni menos que “The duke of Burgundy” de Peter Strickland, una obra que me parece imprescindible abordar después de descubrir al director con “Berberian Sound Studio”. El británico viene a presentar su película con signos de haberse pegado una buena farra (fue más elocuente en el post-screening de hace dos años). Pero hemos venido a ver cine, de manera que esos detalles no tienen demasiada importancia. Y una hora y media después queda claro que sigue habiendo inspiración tras las cámaras. Como ya ocurriera anteriormente, es difícil extraer una trama al uso de “The duke of Burgundy”, o como mínimo encontrar un desarrollo familiar conforme avanza el metraje. En esencia, es algo tan sencillo como la dinámica de una pareja lésbica con una particular relación sadomasoquista. Pero aquí lo que importa son las texturas, el mundo interno de la propia película, la forma en que todo se desarrolla en bucle, la libertad con la que se afronta el desenlace. Si “Berberian Sound Studio” era una película de tono rojizo, “The duke of Burgundy” es una película verde-marronosa. ¿Cómo puede ser una película verde? Es una sensación que se extiende más allá del evidente uso del color en la paleta cromática de la obra. Porque el cine de Strickland va de sensaciones. Hay que verla y dejarse arrastrar por ella.

Una película de capas.

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