Crónica Sitges 2017 (VII): Día con fin

Nos levantamos para ver Dave made a maze, la primera película como director del actor Bill Watterson, en la que se mezclan el amor por las cosas hechas a mano y el humor nacido de la era Youtube. En la cinta, el protagonista, su pareja y amigos acaban desperdigados por el interior de un laberinto que el primero ha construido a base de cartones, pero que guarda en su interior multitud de trampas mortales. Cariño no falta a la hora de recrear un escenario que nos retrotrae a épocas pasadas en las que la imaginación y la inocencia eran moneda de curso legal. Pero Watterson no sale bien parado cuando se trata de trasladar ese espíritu naif al guión, y el resultado son unos personajes que, más que pájaros en la cabeza, parece que tienen la cocotera vacía, y el tema central de la película se vuelve repetitivo y mal explicado por muy simple que sea. Volviendo al laberinto que anuncia el título, está lleno de hallazgos e ideas entrañables, pero a prácticamente ninguno se le da el tiempo suficiente como para que desarrolle el peso específico necesario para quedar grabado en la mente; algo que sí conseguían las producciones añejas cuyo espíritu quiere evocar, como la evidente Dentro del laberinto (Jim Henson, 1986) -por más que las dos cintas estén en las antípodas en cuanto a ambición y nivel de producción. Aunque el director nos haya parecido encantador en la presentación previa a la proyección, cuando la gente que recorre sus estupendos decorados te importa un pepino, poco se puede hacer para darle el pase…

La siguiente cinta que vemos mejora sensiblemente lo presente, no en vano se llevará el premio al mejor guión de esta edición del festival, además del premio especial del jurado. Se trata de Thelma, una de conflictos interiores disparados por la entrada a la edad adulta, que acaban manifestándose en forma de fenómenos explosivos y con tintes paranormales. Lo primero que le vendrá a la cabeza a cualquiera es Carrie (Brian De Palma, 1976), pero Thelma no comparte formas ni tono con aquella. Transpira, en cambio, sabor europeo, y consigue, gracias a una comedida puesta en escena y una acertada protagonista, transmitir misterio y emoción con gotas de erotismo. El conflicto al que tiene que enfrentarse Thelma ante el descubrimiento progresivo de una sexualidad reprimida está representado sin estridencias, a golpe de situaciones cotidianas y un enfoque cercano que contrasta con la frialdad de las relaciones entre personajes. En definitiva, lo nuevo del noruego Joachim Trier genera atmósfera, introduce el elemento sobrenatural con elegancia y, a pesar de no contar nada extremadamente novedoso, lo hace con gracia y sin descarrilar en la conclusión, cosa habitual en cintas del estilo.

thelma

El que tiene menos novedades de las que se le esperan esta vez es Masaaki Yuasa. Si el otro día nos dejó entusiasmados con su Night is short, walk on girl, la segunda película que estrena este año, Lu over the wall, se parece más a una producción de encargo. Otra historia de esas en las que un chaval se encuentra con una criatura mágica (en este caso una sirena/tritón) y tiene que enfrentarse a la incomprensión de los adultos, incapaces de admirar las fuerzas inexplicables de la naturaleza sin destruirla. Clímax por todo lo alto con redención generalizada, y todo el mundo para casa. Y si bien por doquier se cuelan detalles marca de la casa -los diseños más o menos esquemáticos, algunas secuencias de animación bastante libre, ideas visuales imaginativas, y en general algunos momentos más alocados de lo habitual en estos productos- y la criaturita de turno es sin duda adorable, es difícil no sentir decepción cuando uno ve que la historia va pasando por todos los lugares marcados por el canon. Se percibe constantemente una obra más grande tratando de salir a la superficie en Lu over the wall, pero lo que queda es una historia muy agradable que termina por diluir sus méritos en un metraje excesivo.

Tras un necesario receso, encaramos otro de nuestros momentos más esperados del festival. Ya hace años quedamos rendidos ante la energía de Alejandro Jodorowsky, que vino a Sitges para presentar su última películaLa danza de la realidad. Por alguna razón que desconocemos (tal vez la misma presencia del director), La danza de la realidad se vio por todo lo alto dentro de la Sección Oficial y en la pantalla del Auditori. Mientras que hoy su continuación, Poesía sin fin, se proyecta en pase único en el cine Prado. Lo cual es una verdadera lástima, porque se trata (sin que nos pille por sorpresa) de uno de los grandes hallazgos de esta edición. Al que le guste Jodorowsky o esté abierto a una experiencia diferente, rebosante de un imaginario propio y arrebatado, Poesía sin fin le fascinará. Al que no, le parecerá insoportable. Es difícil imaginar un punto intermedio cuando hablamos de este hombre, que recorre el mundo repartiendo psicomagia entre su público, y que ahora dedica sus últimas producciones a practicarse a sí mismo la terapia que nadie más puede ofrecerle. En su segunda película autobiográfica, el gurú chileno explora su adolescencia y juventud, época en que, entre otras cosas, descubrió el poder del verso y se mezcló con la escena bohemia de la capital. Pero lejos de ser un biopic al uso, los acontecimientos están explicados desde la evocación más que desde el recuerdo certero; el realismo de situaciones, personajes o lugares se sitúa en un segundo o tercer plano, y la pantalla se llena de sensaciones y de metáforas geniales, porque son sencillas a la vez que creativas, transparentes en su significado a la vez que eficaces en su capacidad de generar sensaciones y momentos de gran lirismo. Un lirismo que es capaz de hacer acto de presencia incluso en los momentos más surrealistas y humorísticos. Poesía sin fin es, pues, una película que hace plena justicia a su título, y esta vez sí que nos resistimos a continuar viendo más cine cuando se encienden las luces. En vez de eso, nos juntamos con otros compañeros y nos dedicamos a beber cerveza y brindar; brindar sin fin por la poesía.

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