Crónica Sitges 2019 (VIII): Más allá del tiempo y el espacio

Los últimos días del festival se complican un poco, entre imponderables y limitaciones en la adquisición de entradas, así que vamos a encarar la recta final de este Sitges como un solo bloque. Y si hay algo que destaque, ni que sea por la expectación que ha causado entre el público, es Color out of space. Se juntan tres factores: el inefable Nicolas Cage, el universo de H. P. Lovecraft y la dirección del outsider Richard Stanley (Hardware, 1990). La combinación es cuanto menos curiosa, así que se transforma en una ineludible de esta edición. Los resultados, en cualquier caso, son modestos. Se trata sobretodo de una cuestión de tono: la mitología lovecraftiana está tan ligada a la estética de la primera mitad del siglo XX que hay que tener muy buena mano para introducirla con pleno éxito en el presente (algo que conseguían con mejores resultados Benson y Moorhead en El infinito -2017-) y, si a ello se le suma una cierta ligereza en el guión, que se entrega por momentos a la comedia, cuesta sentir el mal agüero que transmiten los textos originales. Se nota que Stanley quiere hacer una adaptación sólida del autor, pero cuesta de entender por qué, entre un inicio y un final con voz en off que parecen literales sacados de los textos de Lovecraft, decide insistir en el chascarrillo de que los protagonistas lleven una granja de alpacas, o por qué Cage parece llegado en taxi directamente del rodaje de Mandy (P. Cosmatos, 2018). La dirección es, por otro lado, bastante plana, y únicamente brilla en su último tramo, cuando se desata el caos y la pantalla nos lanza una explosión de luces, distorsiones y abominaciones de otro mundo. Entonces, y sólo entonces, se descubre todo el potencial de Color out of space. Pero ese final, que sí hace honor a la fuente, no consigue salvar un conjunto con cierto encanto pero sinceramente discreto.

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Nuestra siguiente parada es Ride your wave. Si hay un autor que nos haya llamado la atención en los últimos años en el mundo de la animación (y en general del cine), ese es Masaaki Yuasa. Hace un par de ediciones presentó dos películas, la arrebatadora Night is short, walk on girl, y la más convencional Lu over the wall. Así las cosas, asistimos a la proyección de este año intrigados por saber en qué vertiente lo encontraremos, si bien la propuesta parece más orientada hacia la comercial. Y nos topamos con un equilibrio muy efectivo entre ambas. Sí, Ride your wave es un relato romántico con una estética más contenida que en otras de sus obras y una estructura narrativa fácilmente digerible. Pero a la vez transpira la personalidad de su autor, se arriesga con temas delicados (de nuevo la presencia del duelo) y notas extravagantes (como la protagonista acompañada por la calle de un delfín hinchable). Yuasa tiene una sensibilidad extraordinaria para captar el movimiento, y resulta increíble cómo plantea ciertos planos para otorgarles una energía cinética única sin necesidad de contar con una animación hiperfluida. Su cinta transmite auténtico sentimiento, y lo descubre a ojos de una nueva tanda de espectadores, que en su mayoría se convierten en nuevos adeptos. Esperamos que su carrera siga floreciendo y, ya de paso, que un año de estos nos ofrezca algún delirio del calibre de su clásico Mind Game (2004).

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Y si el año pasado rematábamos nuestro paso por el festival con la revisión de La noche de Halloween de John Carpenter (1978), éste le toca el turno a Crash de David Cronenberg (1996). Debemos reconocer que nuestra primera opción había sido la proyección en Prado de La posesión de Andrzej Zulawski (1981) que contaba, para más inri, con la presencia de su protagonista Sam Neill. Pero ante la imposibilidad de conseguir una entrada, este sustitutivo no está nada mal: restaurada en 4K y presentada dentro de la sección Seven Chances, ha conseguido sin embargo que le dejen un hueco en el Auditori para verla en su justa escala. Y poco hay que decir sobre ella más allá de que sigue en perfecta forma, si no mejor. Porque Crash contiene un erotismo de alto voltaje que resulta inconcebible en una producción actual (salimos preguntándonos si realmente esta cinta llegó a pasar por salas comerciales y comprobamos, que no sin controversia, pero sí). Pero no destaca únicamente por eso, sino por la fantástica dirección de Cronenberg, la entrega de unos actores que no se frenan por tener que enseñar el culo, y lo tremendamente malsano de su propuesta. Hay pocas películas que lleguen a los niveles de morbidez de ésta, y uno sale noqueado de la sala. Crash es inexplicable a muchos niveles, y es sin duda una muestra de gran cine.

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Nos resistimos como siempre a que el sueño acabe, y a poca cosa podemos ya agarrarnos más que al encuentro de Sam Neill con los aficionados. La carpa Noray está hasta los topes para recibir al protagonista de Jurassic Park (S. Spielberg, 1993), y entramos allí por los pelos. Nos encontramos con un hombre tremendamente afable, que no tiende a extenderse demasiado en sus respuestas (al contrario que en el postscreening de La posesión, por lo que nos cuentan), pero que no tiene problemas en comentar cualquier momento de su carrera, ya sean sus telefilmes o sus mayores éxitos. El neozelandés muestra cierta preocupación por la percepción de la violencia por parte del público, tiene un momento para recordar a Robin Williams, está al día de los memes que circulan por Internet con él de por medio, vive en una granja con animales que nombra en honor a sus amigos actores, y rebela cómo su técnica consiste en practicar la contención y en encontrar siempre el matiz opuesto en sus caracterizaciones para evitar percepciones unívocas en sus personajes. Para rematarlo, tiene la paciencia suficiente para firmar a todos y cada uno de los asistentes la película o pieza de memorabilia que hayan tenido a bien traer y, pese a la barrera formada por el personal del festival, que hace casi imposible el contacto directo con él, consigue transmitir calidez a los aficionados. Todos salen encantados y nosotros nos dirijimos con una sonrisa al centro, ya sin ningún compromiso pendiente, dispuestos a celebrar que ésto se ha acabado y que, si nada lo impide, de aquí a un año volveremos a estar al pie del cañón. Mientras tanto, que el fantástico nos acompañe.

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