Crónica Sitges 2017 (I): Monstruos visibles e invisibles

Llegamos a Sitges en la mañana del primer día de festival, y justo a tiempo para comenzarlo, como mandan los cánones, con su película inaugural. Huelga a estas alturas decir que la de Sitges es nuestra cita cinematográfica favorita del año, y en esta ocasión el certamen cumple 50 años, algo que a nivel práctico no esperamos notar demasiado, pero que sentimentalmente nos predispone -más si cabe- a tener una gran experiencia. Con esa filosofía en mente, nos dirigimos al epicentro del tinglado, el Auditori del Melià, para ver qué trae bajo el brazo Guillermo del Toro, director anunciado como padrino de esta edición.

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Podemos decir sin temor a equivocarnos que La forma del agua es la mejor película de inauguración del festival en años. Un mérito que, por otro lado, no es de lo más inalcanzable del mundo, ya que estas aperturas parecen muchas veces responder más a criterios de marketing y políticos que de calidad. Dicho lo cual, Del Toro se inclina de manera clara en su última obra por la fábula, con una cinta que le permite expandir de la manera más diáfana posible la corriente de fondo que atraviesa toda su filmografía, y que siempre gusta de resaltar en sus declaraciones: la carta de amor al monstruo. No por casualidad, uno de los elementos más destacables de La forma del agua es precisamente el diseño de su criatura (clara evolución del Abe Sapien de Hellboy), que consigue ser suficientemente sofisticada emocionalmente como para compartir protagonismo sin problemas con el resto del elenco, encabezado por unos convincentes Sally Hawkins y Michael Shannon. La película es impecable a nivel estético, cuenta con una buena escritura de personajes, y añade un par de detalles que marcan personalidad propia: la aplaudible elección de la protagonista, ni más ni menos que una señora de la limpieza, y la introducción explícita del factor sexual en una historia de amor interespecie con clara moraleja. En su contra juega el hecho de que, tal y como viene ocurriendo en las últimas obras del mexicano, da la sensación de que a La forma del agua le falta un algo, una pequeña vuelta de tuerca, alguna trama o concepto que la dote de mayor profundidad, que trascienda una historia cuyo esquema suena a demasiado visto. Se trata, en definitiva, de una buena película que podría haber sido excelente.

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Nada nos ha preparado, por eso, para lo que viene después. Pensando en encontrar un divertimento que haga de nuestra llegada al festival algo ligero, nos metemos en Science Fiction Volume One: The Osiris child. Aún nos  cuesta creer cómo tal esperpento puede haber entrado en la sección oficial a competición (o siquiera en la parrilla del certamen). Nos dicen que The Osiris child se suma a la corriente de reivindicación del cine de los ochenta, que transpira amor por aquel espíritu aventurero y desacomplejado. Que nos pille confesados: si a algo recuerda esta película es a un directo a vídeo de los malos, que no sabe siquiera recoger correctamente la esencia que daba encanto a aquel cine que pretende homenajear, y que se pierde en la verborrea intrascendente e inacabable en un intento de disimular las limitaciones presupuestarias, a la vez que evidencia una clara incompetencia para la narración. La poco más de hora y media de película se hace eterna, y no consigue salir de una dinámica que se mueve constantemente entre los momentos de ridículo y de aburrimiento. Rezamos porque no estén preparando un volumen dos.

La cosa mejora ostensiblemente con The endless, una película que nos corrobora que no nos hemos vuelto locos y que existen claras diferencias entre una buena y una mala narrativa. También ubicada dentro de la competición principal, los hombres orquesta que son Justin Benson y Aaron Moorhead -ellos mismos escriben, producen, dirigen, protagonizan, fotografían…- se adentran en el mundo de las sectas (un tema que sobrevuela con intensidad la programación de este año), y ofrecen un interesante juego que consigue ser absorbente e intrigante sin necesidad de estruendos y con un nivel de producción muy ajustado. Uno de los mayores méritos de la cinta es sin duda el de conseguir integrar ecos de la mitología lovecraftiana en un entorno totalmente actual, con la intervención de los mínimos elementos y generando una inquietud muy propia del terror cósmico, presentando sus conceptos primordiales de manera velada, sin aspavientos. Tal vez el remate se desmarque algo de la elegancia y dosificación sucinta de la información que recorre la mayor parte de la película, pero The endless es en conjunto una experiencia satisfactoria, que representa la mejor cara del cine de género independiente.

the endless

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