Crónica Sitges 2018 (III): El refugio del clásico

El protagonista del primer sábado de festival fue sin duda el invitado estrella de esta edición, Nicolas Cage. Todo el mundo estaba pendiente de su llegada a Sitges, pero antes de eso se proyectó en el Auditori del Melià la película que protagonizaba, y una de las más esperadas de esta edición: MandyMandy es, además, el segundo largo de Panos Cosmatos (no confundir, como hacían algunos asistentes, con su padre George Pan Cosmatos, director de Rambo II entre otras). Su ópera prima, Beyond the Black Rainwob (2010), nos dejó alucinados por su estética y ritmo lisérgicos, verdaderamente personales y absorbentes. Sin embargo, tenía un problema, y es que daba un tropiezo -metafórico, pero también literal para quien la haya visto- en los últimos minutos que menoscababan su impacto global dolorosamente. Bien, pues en Mandy vuelve a ocurrir lo mismo, puede que de una forma más difusa pero también más extensiva, ya que ese ‘tropiezo’ ocurre a la mitad de la película. Y es que si la primera parte se preocupa por generar una atmósfera ominosa, casi cósmica, cuando la historia toma los derroteros de la venganza, pierde casi por completo ese tono y ritmo, generando una auténtica escisión en la narrativa. Porque la aventura de ese ángel vengador que es Nicolas Cage, por sí sola, no tiene recovecos, y si se la despoja del fluir extraño del inicio, queda poco más que una concatenación de planos resultones y el premeditado (y por momentos autoparódico) histrionismo del protagonista. Puede que el director pretenda no tomarse demasiado en serio a sí mismo, que quiera jugar con su propio lenguaje, en cuyo caso al final se acaba tirando piedras sobre el propio tejado. O puede que sea una cuestión de cinismo, en cuyo caso se está riendo del espectador, lo cual no lo deja en mejor lugar. En cualquiera de los casos, dos partes que deberían complementarse para formar algo más grande acaban por empequeñecerse al estar juntas, y lo que era una película muy interesante acaba por generar indiferencia.

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Sin embargo, todo se viene arriba con la llegada de la estrella de Hollywood. Cuando Nicolas Cage desembarca a la puerta del Melià, hay todo un corrillo de personas esperándolo ávidas de fotos y firmas. Y el actor no elude su compromiso de estrella, mostrándose amable con los fans y permitiéndose un tiempo antes de perderse dentro del hotel a la espera de la ronda de encuentros y entrevistas. Y vaya usted a saber por qué, la rueda de prensa en la que comparecerá coincide con la aparición de otra de las invitadas destacadas de esta edición, Pam Grier. La actriz realiza un encuentro abierto en la carpa Noray del mismo hotel, y decidimos asistir a expensas de sacrificar la rueda de prensa con Cage, y esperando poder escucharlo en el evento propio del día siguiente.

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Símbolo del blaxploitation y tal vez la primera heroína del cine de acción, la mayoría se familiarizó con el rostro de Pam Grier cuando Quentin Tarantino la recuperó para Jackie Brown (1997), que se proyecta en Sitges estos días. Grier relata en el encuentro (que no permite fotografías ni filmaciones) su sorpresa al recibir la noticia de que su papel en el guión era el de la protagonista, se explaya en las ventajas que le ha supuesto comer en abundancia, poco menos que se atribuye el nacimiento de las multisalas, y explica cómo se presentó disfrazada y con un calabacín entre las piernas en el despacho de John Carpenter a la hora de colaborar con él para 2013: Rescate en L.A.. Todo un personaje.

Tras la lluvia de anécdotas nos decidimos a probar alguna proyección que se salga de la dinámica habitual, y entramos a la sesión de cortos de la sección Noves Visions con la esperanza de descubrir alguna joya desapercibida, de vislumbrar un talento hasta ahora oculto. Salimos con el rabo entre las piernas. No entraremos en el pormenorizado de los filmes que se presentan, porque ninguno destaca realmente. Si acaso dos se quedan cerca de lo reseñable: Deer boy por su precioso empaque visual y I am a monster por su solidez (no tanto originalidad) narrativa. El resto oscila entre el creepy pasta anecdótico, el intento por parecer profundo, la incapacidad para contar una historia o el ensimismamiento en una estética ‘especial’. Una decepción tras otra.

Intentamos resarcirnos con un clásico, el refugio que nunca falla. Y en esta ocasión el festival nos trae una copia restaurada de La novia de Frankenstein de James Whale (1935). Antes de la proyección nos entretienen con una pequeña actuación musical acompañada de las ilustraciones del recién editado Frankenstein Resuturado (Alrevés Editorial), lectura de poema incluida, y con una breve intervención de un experto en el mito, que hace notar las tácticas usadas por los cineastas para crear la secuela de Frankenstein (1931) y que destaca sus valores artísticos por encima de algunas licencias cuasi naif. Como ocurre con otros clásicos de la Universal, a día de hoy La novia de Frankenstein tiene un punto algo acartonado en cuanto a puesta en escena se refiere, pero cuenta también con un encanto innegable y un expresividad rotunda a nivel plástico. Consigue por otro lado mezclar el horror gótico con la comedia, y está plagada de personajes con alma. Película entrañable y responsable del nacimiento de todo un icono pop, aún resulta sorprendente la presencia anecdótica -si bien fundamental- que tiene el personaje del título. Tras salir de la proyección decidimos dar por concluido el día, en preparación de un domingo que se prevé muy intenso.

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