Crónica Sitges 2019 (VII): Humanos desubicados

A estas alturas del festival, empezamos a pulular como fantasmas de una sala a la otra. Por mucho que intentemos cuidarnos, siempre hay un momento en el que la cosa degenera. Y, tras una sesión golfa (aquella de The Antenna), tener que madrugar para volver al cine a las ocho de la mañana puede ser casi tan criminal como levantarse para ir al trabajo. Claro, si cae una joya al estilo The Neon Demon, pues Santas Pascuas y hasta lo celebramos con un whisky a las diez. Pero si la programación flojea, la siesta está asegurada. Divagaciones al margen, la razón de nuestro madrugón es la comedia Snatchers, que se proyecta en el Retiro. Esperamos una película fresca y macarra, que nos proporcione risas revitalizantes. Resumiendo, la cosa va de una adolescente que se queda embarazada por un desliz, y pare a modo express un monstruito carnicero. Y algo tiene de saleroso, con sus bichos de látex, sus momentos de gore y su cachondeo al respecto del antimexicanismo de la era Trump. Pero resulta tan saturante ese estilo de actuación exagerado, a lo serie adolescente de Disney Channel, en que todo el mundo parece estúpido profundo, que ni siquiera cuando a alguien por fin le rebanan el pescuezo nos quedan ganas de vitorear. Tal vez más descansados, tal vez si pudiéramos evitar las cabezadas cuando llega la fiesta final con el monstruo definitivo… Pero tenemos nuestras serias dudas: demasiado cliché y aspavientos para nuestro gusto. Y, para quitar el esparadrapo del todo, adelantaremos que la siguiente película, Human lost, no mejora mucho el panorama. Cambiamos de tercio absolutamente, y nos sumergimos en un anime de ciencia ficción sobre un futuro en el que la ciencia y la técnica han triunfado sobre el envejecimiento. Pero claro, ello no viene exento de problemas, y los genes de algunas personas, en combinación con los nanorrobots que ayudan a repararlas, pueden crear monstruos quiméricos cuando se salen de control. O son los nanorrobots cuando dejan de actuar. O el cuerpo cuando se rebela… No lo recordamos bien, sinceramente. Después están los rebeldes que quieren acabar con el sistema. Y la maraña corporativo-política que se encarga de todo. Y… Human lost es un cacao monumental, que necesita tiempo y tiempo para explicarse, de manera que cuando llegan las escenas de acción, que son espectaculares, poco nos importa, si no es que directamente no tenemos claro de dónde viene y a dónde va la batalla de turno. Los japoneses han conseguido trasladar la esencia de sus dibujos a la técnica del cell shading (cómo ha mejorado desde Appleseed: The Beginning -2004- o Vexille -2007-), igual que Disney ha hecho lo propio con sus últimas películas desde Enredados (2010), pero no han sido capaces de hacer lo mismo con su alma, y aún está por llegar una cinta que combine esta técnica con las bondades de los grandes clásicos del cyberpunk que fueron capaces de parir años ha.

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Por suerte, conseguimos sacudirnos de encima el desánimo ayudados por una pequeña siesta del pastor, y llegamos con esperanzas renovadas al Auditori para Her blue sky. La película celebra en Sitges su estreno mundial y, para dejarlo claro, el equipo invitado es perseguido por una cámara de televisión y un fotógrafo que convierte la presentación en una curiosidad un tanto arrítmica. Ahora bien, una vez la película puede hablar por sí sola, resulta un placer encontrar una historia donde se mezclan los amores adolescentes y adultos, que se toma su tiempo, que trata con respeto a sus personajes… Seguramente gran parte del mérito se lo debamos a la guionista Mari Okada, que el año pasado ya consiguió que todo el público estallara en lágrimas con Maquia, una historia de amor inmortal. Aquí se muestra más comedida, y consigue tocarnos la fibra sin estrujarnos el lagrimal salvo en el clímax. El tándem con el director Tatsuyuki Nagai, con quien ya colaboró en El himno del corazón (2015), funciona realmente bien, y utiliza con efectividad los arquetipos propios del medio para conseguir un recorrido emocional auténtico. Her blue sky es contenida a pesar de introducir ingredientes del fantástico y tirar bastante del romántico, resulta sincera, tiene unos arcos de personaje adorables, y por eso es tan agradecido verla.

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Agradecida no sería la mejor palabra desde luego para la siguiente película, Adoration, que relata la relación entre dos niños, él hijo de una enfermera de una institución mental, ella una paciente de la misma. Hacía tiempo que queríamos entrar en contacto con la obra de su director, Fabrice Du Welz, tras varios pasos por el certamen (Vinyan en 2008, Alleluia en 2014…), y ésta ha sido la ocasión propicia. Adoration toma la forma de una road movie a pie, de planteamiento íntimo y fotografía preciosista, pero no resulta complaciente con el espectador, ya que se propone reflejar con rigor la enfermedad que padece la protagonista. Así bascula la película entre los momentos plácidos y hasta cierto punto esperanzadores, y los netamente descorazonadores, en que se rebela la realidad más dura. En consecuencia el viaje se convierte, como no podría ser de otra forma, en uno de despertar ante un futuro incierto. Que se hace creíble gracias a la interpretación de dos jóvenes, Thomas Gioria y Fantine Harduin, a los que el jurado decidirá otorgar una mención especial en el palmarés.

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Completamos la jornada con la polaca The mute. Hemos tenido buenas experiencias últimamente con el cine del este (sin ir más lejos con November en la edición de 2017), así que llegamos con las expectativas altas. En The mute unos caballeros desmbarcan con lo puesto en nuevas tierras con el objetivo de evangelizar a los paganos antes de la llegada de su rey. La película se sitúa en el barro desde el primer momento, con la cámara enganchada a los personajes, una imagen de cromatismos apagados y alto contraste, que pretenden generar una experiencia inmersiva. Y sí, podemos sentir respirar a estos hombres como si los tuviéramos al lado, casi podemos vivir en nuestras carnes las inclemencias del tiempo (ayudados por la horrorosa climatización del cine Retiro), y notar el ambiente hostil y la tensión a punto de estallar en cualquier momento. Pero también es cierto que el relato tiene pocos recovecos, que su lento avance no siempre aporta nuevas capas a la película, y que los silencios y la austeridad extrema que profesan los personajes parecen a veces un tanto forzados por quien se encuentra tras las cámaras en su afán por ofrecer esa crudeza. The mute aporta en última instancia una interesante lectura del colonialismo más agresivo, como diciéndonos -con toda la razón- “de aquí venimos”. Ello combinado con algunas escenas de imágenes vibrantes hacen que conserve su interés, pero desde luego no con el calado que esperábamos. Puede que aún vivamos de la impresión causada por la ya lejana Qué difícil es ser un dios (A. German, 2013)…

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