Crónica Sitges 2017 (VIII): ¿Realismo? mágico

No es que se pueda establecer ninguna relación sólida entre ellas, pero tras ver November, la película estonia de Rainer Sarnet, nos acordamos de cosas como Ida (Pawel Pawlikowski, 2013) o Hard to be a god (Aleksey German, 2013), y nos preguntamos si habrá una escuela especial donde los cineastas del Este aprenden a crear piezas en blanco y negro con unas cualidades tan propias y etéreas como estas. Un sitio donde tal vez Tarkosvki continúa vivo, ejerciendo como director honorífico. Y ya decimos, no son cintas que se parezcan especialmente entre sí; pero sí podríamos argüir que hay una cierta manera de pensar fílmicamente hablando, un tono que las recorre, unas lógicas compartidas a la hora de encuadrar y de enfocar sus historias y ritmos. En November se nos traslada a una aldea pagana situada en un marco temporal difuso, y en la que se mezclan la dura vida de los campesinos con elementos mágicos como los espíritus o los engendros mecánicos. Un ambiente sórdido e hipnótico que seguramente es el que nos ha hecho recordar la obra de German, si bien ésta no abraza su barroquismo ni su anarquía narrativa. Por otra parte, la historia se centra en Liina, una joven humilde atrapada en un triángulo amoroso en el que lleva las de perder, y que nos remite a un universo femenino impregnado por la desesperanza, que tal vez nos haya hecho conectar con aquella monja de Pawlikowski. Divagaciones, conjeturas; como decíamos, relaciones cogidas por los pelos. Pero si en una cosa destaca November, es en esa capacidad compartida por las demás obras para atraparnos en un lugar suspendido del espacio y el tiempo, que la convierten tal vez en la propuesta más estimulante de entre las que hemos visto este año en el Auditori.

november

Por la tarde nos metemos a ver un nuevo hit de la animación japonesa, que nos dicen va a rebufo del Your name de Makoto Shinkai. Sin embargo, Fireworks, should we see it from side or the bottom? no consigue trascender como lo hacía el año pasado la obra de Shinkai. Y eso que tienen los nipones la capacidad para vendernos una y otra vez los mismos romances entre adolescentes de instituto, y que nos los acabemos tragando con una sonrisa en la boca. Pero en Fireworks, a Nobuyuki Takeuchi y Akiyuki Shinbo se les va el invento de las manos. Y queriendo introducir también el elemento fantástico, con sus viajes temporales incluidos, realizan una obra que termina por ser demasiado repetitiva, sin suficiente gancho, y con una estética de sesgo algo kistch que no está a la altura de los animes a los que nos hemos acostumbrado. Por eso, aunque tenga algunos golpes graciosos y buen fondo, salimos de Fireworks un poco como hemos entrado.

No admite indiferencia en cambio la próxima película, Arder. Cine marginal proveniente de Madrid, en esta pieza que transcurre en absoluto silencio (literalmente, no hay banda de sonido), seguimos los pasos de un indigente que deambula por los alrededores de la M30 perseguido por sus demonios imaginarios o reales, y tal vez buscando una redención. Es una propuesta desde luego atrevida, pero también árida y finalmente demasiado redundante. David González Rudiez trata de absorbernos e introducirnos en la cabeza de su desahuciado protagonista, y por momentos lo consigue; pero a la larga resulta difícil no caer en el tedio, y, aún reconociendo el interés de la película, más que rendirnos ante ella acaba por rendirnos ella a nosotros.

Para rematar la jornada necesitamos un poco de rock’n’roll, y si alguien nos lo puede proporcionar en este certamen, ese es Takashi Miike, alguien que, sospechamos, está cogiéndole el gusto a lo de pasar unos días de relax cerca de la playa. De las tres películas que trae este año (hace tiempo que desistimos de sorprendernos por sus números), conseguimos visionar Blade of the inmortal. Miike continúa adaptando obras de la cultura popular, en este caso un manga de samuráis muy conocido, lleno de acción y con los consabidos excesos en el diseño de personajes que tanto gustan a los nipones. Consigue el director adaptar todo ello de una manera fluida, acostumbrado ya a todo tipo de retos, y Blade of the inmortal concatena secuencia de acción tras secuencia de acción desplegando un catálogo de contrincantes de lo más variopinto, e intercalándolos con la necesaria trama que aporte sus dosis de melodrama, venganzas y códigos de honor. No juega esta vez Miike en la liga de 13 asesinos (2010) Hara-kiri (2011), pero tampoco lo pretende. Y su película, pese a una estructura algo mecánica, supone un par de horas de entretenimiento contundente ideado para satisfacer a un público muy específico, que ya  sabe a lo que va.

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