Crónica Sitges 2026 (VI): Cañita brava

Sintiendo que nos falta un poco más de acción en el menú, nos apuntamos a Tokyo Burst: The Roundup de Eiji Uchida, que por lo visto es un spin off de la saga The Roundup protagonizada por el popular Ma Dong-seok y de la cual vimos una entrega hace unos años. Aparentemente, la conexión es leve y no resulta necesario recordar nada de las películas coreanas (de hecho, la vemos titulada por ahí como Tokyo Burst: Crime City, desechando cualquier referencia al original). Se trata de una cinta policíaca al uso -al uso asiático, se entiende-, con personajes malotes, mafiosos y agentes de la ley de métodos expeditivos. Como entrega franquiciada que es, en esta ocasión un agente coreano llega a Tokyo para hacer justicia con los asesinos de un compañero, y allí se topará con un joven policía de pasado callejero que acaba asignado como su compañero. Siguiendo los cánones de la buddy movie, inicialmente saltarán chispas entre ellos, pero poco a poco aprenderán a trabajar juntos. Todo ello mediante un dibujo de personajes de brocha gorda, pero que también ofrece algunos buenos momentos de comedia. Lo cual se extiende a todo el guión: las incoherencias y sinsentidos están a la orden del día, algunos de ellos tan gordos que tienen que ser voluntarios, lo cual no los hace mejores. Sin embargo, si uno decide aceptarlo, por el camino se llevará un buen rato de entretenimiento, con algunas escenas de tortas tan bestias y divertidas como cabría esperar. Tokyo Burst no está llamada a convertirse en un clásico del género, pero tampoco parece pretenderlo.

En ese sentido, sale mejor parada que otra propuesta similar que veremos al día siguiente Bad Lieutenant: Tokyo de Takashi Miike. Miike es otro de esos directores habituales que siempre intentamos cazar. Le hemos cogido cariño a lo largo de los años y nos ha regalado grandes momentos en el cine y en casa. Como todo el mundo sabe aquí, su carrera es tan extensa como fluctuante, y este año ha tocado una de las flojas. El problema está en la masa: se trata de otro caso de localización de una marca ya registrada, por más que la película no pretende ser un remake del Teniente corrupto de Abel Ferrara (1992, ya reinterpretado por Werner Herzog en 2009). Si no tuviera el título que tiene, ni tan siquiera pensaríamos en ello, porque el oscuro policía interpretado por Shun Oguri no desentona para nada dentro de la filmografía de Miike. Y ese es uno de los atractivos de la cinta. Pero como esto también parece una co-producción (o en todo caso un producto pensado para la distribución internacional), aparece por allí una agente del FBI, encarnada por Lily James, y la cosa se lía. Porque todo lo que rodea a esa injerencia extranjera, y que acaba por ocupar el centro de la película, se siente forzado, como artificiosa la introducción de diálogos en inglés y como descolocada se ve a la propia James enmedio de todo este sarao. Personajes cliché, desarrollo simplón de la trama (mejor no hablamos del desenlace) y falta de chispa, que hacen que la película se haga larga pese a no llegar a las dos horas. Ni las secuencias más bestias ni el gusto visual de Miike logran salvarla de lo anodino.

Pero el que se lleva la palma al bluf de acción es Adam Wingard y su Aniquilación. Venimos animados a ver un festival de tiros y persecuciones con sabor de serie B y… bien, es cierto que Aniquilación pretende ser exactamente eso. Pero también que está ensamblada con sorprendente torpeza. Y no es que nos moleste necesariamente el petardeo de un científico nazi haciendo experimentos en una instalación militar estadounidense a estas alturas de la vida. Tampoco la simpleza de la trama, que se reduce a tres súper soldados que escapan de dicha instalación y siembran el caos por los alrededores. De hecho, hasta nos podemos tragar a Adria Arjona como el trasunto de Sarah Connor de turno. Pero los diálogos son tan superficiales, las patilladas de guión tan palmarias, y la coreografía de la persecución tan torpe que nos sacan de la película. Véase cómo los asesinos implacables asedian el campo de caravanas en el que vive la protagonista: pese a haber aniquilado previamente a un escuadrón de soldados de élite, atacan de una en una las mobile homes, cada vez que les responden se retiran a descansar un rato, luego reaparecen para posar en un plano cool a contraluz (nota aparte para el insufrible bombardeo de temas musicales que intentan insuflar vida artificial a la película), y no dudan en dejar libres las puertas principales y perseguir o no a sus presas según sople el viento. Ya no es solo que a Aniquilación le falte cierto sentido de la escala, es que le falta músculo al que conectar el nervio. Veníamos esperando una vuelta al Wingard de Tú eres el siguiente (2012) o The guest (2014) y nos hemos encontrado más bien al de Blair Witch (2016). Un colega ya nos había avisado: «es como Soldado Universal dirigida por un quinceañero». No nos pareció una mala perspectiva para pasar un rato divertido. Después de verla, entendemos perfectamente a lo que se refería y sí, es una mala idea.

Por suerte, un par de pinchazos nunca nos han quitado las ganas de marcha, así que vamos a hablar de Victorian Psycho de Zachary Wigon, que nos ha atraído por la presencia de Maika Monroe en el papel principal (la echamos de menos desde que la vimos en El extraño de Chloe Okuno en 2022) y que promete una buena dosis de humor negro. Y la película funciona perfectamente como divertimento, si bien es cierto que tal vez le falta algo para acabar de entusiasmarnos. Los mimbres son sólidos: una ambientación decimonónica contenida pero muy conseguida, un estupendo plantel de secundarios (se pasean por allí Thomasin McKenzie, Ruth Wilson y Jason Isaacs) y buenas dosis de mala leche. Desde el primer momento, queda claro que la Winifred Notty de Monroe está como un cencerro, y su actuación sostiene, una vez más, gran parte de la película, con algunos momentos sorprendentes en los que hace gala de una plasticidad facial que recuerda al mismísimo Jim Carrey y una interpretación-persona que nos hace recordar a la Pearl de Mia Goth. Por tanto, uno está siempre interesado por ver qué situaciones deberá enfrentar la protagonista, cómo reaccionarán sus contrapartes y en qué momento saltará todo por los aires. Pero a la vez, lo que impide que Victorian Psycho se eleve más es que tenemos claro desde el principio que aquello acabará como el rosario de la aurora y que no hay demasiado espacio para el desarrollo de los personajes, lo cual le resta algo de misterio al conjunto. El buen rato no nos lo quita nadie, pero no esperen grandes sorpresas.

Lo que nos arregla la vida de verdad es levantarnos el viernes con nuestra última joya clásica de esta edición, Lady Snowblood de Toshiya Fujita. Basada en el manga del mismo nombre, esta cinta de 1973 fue una de las principales inspiraciones de Quentin Tarantino para su Kill Bill (2003-2004). Algo nada disimulado, como vemos una vez arranca esta historia de venganza más grande que la vida, cuyo disparador se concreta en unos planos congelados de los asesinos con sus respectivos nombres y un contrapicado de los cuatro mirando a su víctima con desprecio. Lady Snowblood encuentra su alma en una joven Meiko Kaji (también conocida por las sagas Stray Cat Rock y Female Prisoner Scorpion) quien, en el cénit de su carrera y aún en la veintena, ofrece una interpretación conmovedora y llena de rabia. La película es además de un aspecto visual riquísimo, algo totalmente inaudito cuando la propia protagonista, que ha venido por primera vez a Europa a los 79 años para recoger el premio que el festival le otorga por su carrera, desvela que se rodó en tan solo dos semanas. Múltiples localizaciones, efectos especiales, fotografía vibrante, acción… todo en su sitio y mucho mejor que en producciones que no habrían terminado ni los diálogos en ese mismo tiempo. El resultado es un auténtico e improbable clásico en forma de atípico chanbara, que sustituye al habitual guerrero masculino por una joven en kimono y armada con un paraguas-katana. Para rematar la sesión, un asistente descarado le pidió a la actriz que recitara un trozo del bello tema principal de la película, que grabó ella misma. Y, contra todo pronóstico, Kaji se atrevió a hacerlo, y los versos le fueron llegando conforme los cantaba, y por unos minutos el cine Prado se quedó mudo y la emoción recorrió la sala como pocas veces. Al acabar, muchos llorábamos y el aplauso fue el más cálido que se ha visto en esta edición de Sitges.

Deja una respuesta

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.