Crónica Sitges 2026 (II): Animación, ánimas y ánimos

Arrancamos el fin de semana con la crème de la crème de este año, la nueva producción de Aardman La Oveja Shaun: Misión Calabaza, dirigida por Steve Cox y Matthew Walker. Tercer largometraje del personaje más éxitoso de la casa de animación desde hace años (por más que naciera como un spin off de su buque insignia, Wallace & Gromit), la primera aventura de este cordero nos pareció tan redonda que en su momento la encumbramos a nuestro top anual. Nos alegra decir que los británicos siguen en plena forma, con la capacidad para arrancar una sonrisa -cuando no una carcajada- tras otra a lo largo de los ochenta minutos que dura su último relato. Inspirada en el cine de terror clásico (principalmente el de los sellos Hammer y Universal), La Oveja Shaun es un carrusel de gags, guiños y brillantez narrativa que no precisa de diálogos para transmitir información y emoción. Resulta fascinante la forma en que Aardman mantiene vivo el slapstick clásico sin la ayuda de nadie y con tanta soltura, permitiendo que el público moderno se maraville con lo que bien podría ser una película de Buster Keaton. Si acaso, y ya que la producción de la factoría es inevitablemente escasa, hubiésemos preferido algo menos reminiscente a la lejana Wallace & Gromit: La maldición de las verduras (Nick Park y Steve Box, 2005), pero puede que sea la memoria haciéndonos ver más conexiones de las que realmente hay. Y, en cualquier caso, La Oveja Shaun: Misión Calabaza es un pequeño milagro por si misma, con un catálogo de personajes arrebatadores, algunos de los mejores chistes de la temporada, si no de los últimos años, y una de esas selectas películas que puede recomendarse a absolutamente todo el mundo (desde el niño hasta el aficionado al gore sale contento de su única proyección en el Auditori).

Llenos de admiración, decidimos acercarnos al encuentro con uno de sus directores, Matthew Walker, que se encuentra con una sala sorprendentemente escasa de público. Lo cual es una lástima, ya que estas visitas de artistas son una de las cosas que hacen especial la asistencia al festival. Muy posiblemente les falte difusión y protagonismo a este tipo de actividades y les sobre el precio de la entrada (recordemos que hasta hace poco eran gratuitas). En cualquier caso, pasamos un rato la mar de agradable confirmando las referencias que ya habíamos intuido en su película, escuchando su historia dentro de Aardman y el ambiente familiar que sigue imperando allí, compartiendo comentarios sobre escenas tan divertidas como la que homenajea a Psicosis de Alfred Hitchcok (1960) y descubriendo cómo los tiempos de producción se están acortando para estas laboriosas creaciones, que cada vez resultan más difíciles de sacar adelante (y eso que aquí hablamos de un personaje tremendamente popular…). Esto nos lleva a preguntarnos cómo demonios habrán conseguido producir la otra joya del stop motion de esta edición de Sitges, Wildwood de Travis Knight. Y es que, aquellos que la han visto (nosotros tendremos que esperar al estreno comercial), aseguran que es un auténtico milagro de la artesanía con muñecos, con una escala nunca vista para este tipo de producción. Sólo viendo cuatro imágenes, cuesta creer que no incurra en pérdidas para el estudio Laika… Misterios del mundillo, probablemente resueltos a base de sangre, sudor y lágrimas. En cualquier caso, resulta casi un deber para el aficionado apoyar este tipo de proyectos llenos de pasión y talento.

Una que se prevé favorita del público sitgero y, en efecto, consigue serlo (además de llevarse a casa el premio a la mejor dirección y el de la mejor película para el Jurado Joven) es Ghost in the Cell de Joko Anwar. El chistecito del título no es el único en esta cinta excesiva, que mezcla el drama carcelario con el humor negro y el zafio, el terror y la acción. Todo ello con una brocha gorda pero efectiva. Anwar es uno de los nombres propios del horror indonesio, que aquí conocimos con Impetigore (2019), y en esta ocasión hace las delicias del personal introduciendo un misterioso espíritu asesino en prisión. Críticas al precario sistema penitenciario y democrático de su país, un plantel arquetípico pero funcional, momentos de brutalidad sangrienta que recuerdan al Clive Barker de Hellraiser (1987)… La clásica película que es una fiesta en estas salas, por más que verla en casa le restará con probabilidad un par de enteros. Con todo, es un entretenimiento dirigido con innegable nervio, muchas ganas de divertir y de paso meter algo de caña a las injusticias del sistema. No hay más preguntas, Su Señoría.

Para rematar el día, asistimos a otra sesión única, la de Zi de Kogonada. En su día nos pareció prometedor el primer largometraje de este ex-youtuber (Columbus, 2017), y oímos muy buenas impresiones de su siguiente película, Despidiendo a Yang (2021), que también se proyectó aquí. Nos adentramos pues en la inhóspita sala Tramuntana para ver por qué derroteros tira con este nuevo largo que sigue el deambular de su protagonista Zi por un hetéreo Hong Kong. La cinta es de un evidente gusto por lo que respecta al encuadre y la generación de atmósfera, pero en esta ocasión Kogonada tropieza un poco al caer en ciertos amaneramientos que a día de hoy parecen un tanto forzados. Primero y principal, esa peluca que luce la co-protagonista Haley Lu Richardson (su actriz principal en Columbus) y que, más allá de ser bastante dudosa a nivel estético, hace que la película parezca gritar Lost in translation (Sofia Coppola, 2003) más de lo que debería y necesitaría. Con todo, no llega ni de lejos a los extremos de la insufrible Anima de Brien Ivie, que vimos el otro día y que parece un catálogo de todos y cada uno de los clichés del cine indie americano de principios de los 2000, sin un ápice de sustancia y minando por completo la magnética presencia de Sydney Chandler (Alien: Planeta Tierra). Cierro paréntesis. Zi, por suerte, sigue contando con el fascinante entorno urbano de Hong Kong, cierto encanto minimalista y una bella idea argumental (la que le otorga el factor fantástico) sobre la relatividad del paso del tiempo. No quedará entre lo más granado del año, pero sus intenciones bien merecen un rato de nuestra atención.

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