Popurrí de entre semana: otra de las grandes promesas de este festival la encontramos en Historias de la noche de Léa Mysius. Hemos venido a verla sin hacer preguntas, ya que la misma directora nos trajo hace unos años la estupenda Los cinco diablos. La fotografía de Historias de la noche nos recuerda inmediatamente a la de aquélla, con colores intensos y oscuros profundos. También encontramos al personaje de la niña que ocupa un papel central en la historia. Y una madre con un pasado por desvelar. Pero en esta ocasión la historia toma la forma de un suspense cocido a fuego lento, una suerte de home invasion en la que la llegada de unos extraños a una aldea de dos casas pondrá patas arriba la vida de una familia y, de rebote, la de su vecina (invitada de lujo Monica Bellucci). La cinta engancha desde el principio y, sin proponer grandes novedades, es capaz de generar tensión con los cuatro elementos que maneja y unos personajes que huelen a misterio por resolver. La intervención de Benoît Magimel, con un aura de peligrosidad electrizante, le da caché. Pero también es cierto que en la segunda mitad le cuesta cumplir con sus propias promesas, con ciertas situaciones de guión extrañamente forzadas y una construcción dramática de la anodina protagonista que se queda a media cocción. La resolución es efectiva desde los cánones del thriller, pero también algo rutinaria. En conjunto es una buena película, pero esperábamos algo que nos removiera más las entrañas dados los antecedentes.

Cambiando de tercio, un nombre que no acostumbra a aparecer por Sitges es el de Hirokazu Koreeda (¿tal vez con Air Doll en 2009?). Pero el maestro del drama familiar japonés ha decidido poner un pie en la ciencia ficción con su última película, Kakeru, así que los programadores tienen la excusa perfecta para meterlo por una vez en la Sección Oficial. El punto de partida de Kakeru se parece sobremanera al de A.I. Inteligencia artificial de Steven Spielberg (2001): unos padres deciden llenar el vacío que ha dejado su hijo con un robot. Aunque aquí el retoño no está en coma sino fallecido, y el robot no es un modelo estándar, sino una reproducción lo más fiel posible del niño a partir de los materiales proporcionados por la familia. Por lo tanto, ya se pueden atisbar matices distintos en los sentimientos y conflictos que el extraño recién llegado va a despertar. La de Koreeda es además, y como cabría esperar, una propuesta de fuerte componente costumbrista, sin alardes de ambientación futurista y un ritmo pausado. Más una exploración sobre el duelo que sobre la clásica pregunta ‘¿qué nos hace humanos?’. Y una reflexión sobre cómo los recuerdos pueden tener vida propia. Es una película que en ocasiones divaga, se alarga y acorta con aparente arbitrariedad, pero que también toma algunos derroteros sorprendentes, despliega una sensibilidad muy particular marca de la casa y, sin ser en definitiva una de las grandes obras de Koreeda, merece sin duda un visionado (o dos).

Y otra aparición sorpresiva de esta edición es la de Casey Affleck, a quien, a diferencia de su hermano, no le teníamos controlada la carrera de director (y eso que su primera película, I’m still here -2010-, tuvo cierta repercusión por toda la pantomima alrededor de Joaquin Phoenix). Visita ahora Sitges con su tercer largo, Company, que, con gran deferencia, se esfuerza por presentar en un titubeante castellano. Como ya ha avisado, su película no es apta para impacientes. No es sólo que tenga una cadencia pausada, sino que ésta viene dada por el planteamiento discursivo de su guión. Y es que Company se articula en torno a la tradición de las historias de transmisión oral. Esto va de gente que se sienta alrededor del fuego a escuchar lo que dice un narrador (en este caso, una misteriosa joven que llega a casa de unos desconocidos en una Navidad de los años veinte). Así, rápidamente nos trasladamos a un entorno de western ermitaño y aislado. Pero dentro de esa historia puede haber otra historia… Y así, se crea una pequeña matrioska que, pese a no ser especialmente opaca en cuanto a los giros de la trama, consigue hacerse interesante contra todo pronóstico, y se convierte de hecho en una de nuestras películas predilectas de este Sitges. Hay algo de la melancolía que impregna sus paisajes y personajes, de la deliberada pausa con la que aborda su historia y la fe que pone en su propia filosofia narrativa, que nos ha seducido. Parece que el joven de los Affleck no es solo un estupendo actor, sino también un interesante director a seguir.

Mientras nosotros tomamos estas rutas de la programación, nos informan de que 5 minutos más de Javier Caldera, con guión y actuación de Berto Romero, funciona como un tiro, causando carcajadas mientras pone los pelos de punta. Hope de Na Hong-jin, por su parte, es una contundente muestra de acción y ciencia ficción que tan pronto quita el hipo con su desenfreno como se pega un tiro en el pie con su final. Upiro de Óscar Martín cuenta con una interesante ambientación de convento español del siglo XVIII algo apagada por actrices con dificultades en la dicción y un tercer acto entre el goce de serie B monstruosa y el discurso manido y atropellado. A Grotesqqqe, el anime de Atsushi Nishigori y Takahiro Miura, le cuesta a horrores ir más allá del fan service y tan solo el último de los tres segmentos que la componen presenta una historia y personajes con interés más allá del catálogo de diseños para vender proyectos a las productoras. Por último, nos comentan que The Spiral, lo nuevo de Paolo Strippoli, que el año pasado ya tuvo un satisfactorio paso por el festival con La sonrisa del mal, es una nueva muestra de buen hacer por parte del italiano y una de las destacadas de esta edición. Las horas pasan, y ya empezamos a verle las orejas al tramo final del festival. Pero todavía queda juego.


