Inauguramos la nueva semana dentro de Sitges con una de las películas que más nos llama la atención de esta edición. Hablamos de The face of horror de Anna Biller, cuya anterior cinta, The love witch (2016), aún no hemos recuperado pese a que causó sensación entre nuestros allegados. En esta ocasión, la directora se atreve con una adaptación de la antigua historia japonesa de venganzas fantasmagóricas Yotsuya Kaidan, que traslada a la Inglaterra medieval con la estética de las aventuras clásicas en Technicolor. Sin duda, estéticamente la película es despampanante y resulta sorprendente que a estas alturas hayan conseguido una textura de color que parecía perdida, mientras que todo lo que implica al departamento de arte remite de manera inmediata a los clásicos que homenajea. El guión se asienta en un humor que también acude a cierta inocencia de la época, pero con la autoconsciencia de lo anacrónico de la propuesta, y los actores parecen estar tan imbuidos de sus personajes que todo se hace alegremente simpático. Pero Biller tiene notables problemas con el ritmo de la historia y, una vez pasada la novedad de la recreación de época, los diálogos chisposos y la guapura de sus actores -al frente Kristine Froseth como campesina de belleza principesca (que ya vimos el otro día en Su propio infierno) y Jonah Hauer-King disfrutando como caballero presumido y caradura-, la película se arrastra sin mucho más que decir hasta que consuma su trama de horror clásico. La conclusión resulta nuevamente de imaginario elaborado y vistoso, pero llega cuando uno está ya algo agotado. Sin duda, a The face of horror le hubiera sentado de maravilla una buena sesión de tijera (como a tantas propuestas que rondan por aquí).

Otra que nos da buena espina pese a no contar con el currículum previo del director es Buddy de Casper Kelly. Tirando de forma distinta del hilo de una nostalgia que ya no se sabe si es moda eterna o nueva fuente estandarizada de inspiración, Buddy reproduce las series infantiles de finales de los ochenta y principios de los noventa, en que un grupo de niños convivía en un mundo de fantasía con muñecos y marionetas, bajo el popular principio de divertirse y aprender a la vez. Y lo hace con todas las de la ley, puesto que la película empieza como uno de esos programas y mantiene esa fórmula durante un buen rato, mientras el ambiente se va enrareciendo y el peludo unicornio del título comienza a parecer un peligroso maníaco antes que un amigo confiable. La recreación es de nuevo impecable, el guión ingenioso, el sentido del humor macabro… Y la cosa no hace sino ir a más. Estupendamente interpretada por su elenco infantil y rodeada de un solvente reparto adulto (Cristin Milioti, Topher Grace y la voz de Keegan-Michael Key), lleva al extremo el tratamiento de estos programas que podemos haber visto en Kidding (Dave Hosltein, TV, 2018), Smoochy (Danny DeVito, 2002) o Brigsby Bear (Dave McCary, 2017), cruzándolos con sugerentes referencias a El mago de Oz (Victor Fleming, 1939) o La noche del cazador (Charles Laughton, 1955). Todo ello aderezado con sus correspondientes gotas de gore y una historia creativa y bien hilada. Buddy quiere contentar a su público pero no por ello escatima en su apuesta formal, y consigue ser ambiciosa dentro de sus posibilidades sin ningún tipo de ínfula. Exactamente el tipo de cinta que uno esperaría que abundara en Sitges, pero que no resulta tan fácil encontrar.

Y la sección humorística del festival sigue con el programa doble que este año le han reservado a Quentin Dupieux, director que no baja el pie del acelerador desde que cogió carrerilla a finales de la pasada década, y que en esta edición trae bajo el brazo un par de nuevas comedias que la organización ha relegado a sendas sesiones golfas. Lo cual resulta curioso, ya que la primera de ellas, Full Phil, ha sido incluida en la Sección Oficial… En cualquier caso, siempre sabemos qué esperar del cineasta galo, lo cual es paradójico teniendo en cuenta que su especialidad es subvertir los estándares de la estructura y el tono narrativos. Y en esta ocasión nos traslada a París, donde un padre multimillonario y su hija (sorprendente reparto se ha agenciado con Woody Harrelson y Kristen Stewart) intentan disfrutar de una estancia en un hotel de lujo mientras rehacen su relación. Pronto hace acto de presencia el peculiar sentido del humor de Dupieux, en la forma de una ficticia película de cine clásico de monstruos a la Universal que se va intercalando con la desquiciada conversación que mantienen los protagonistas. La guinda del pastel la pone la aparición del servicio de habitación, así como el atracón que se pega la joven renegada… Y no seguimos porque, como ya hemos apuntado otras veces, lo del director siempre va de crear extensos gags que no se sabe muy bien si tienen sentido o no, pero que amagan grandes ocurrencias entre sus irregularidades, personajes curiosos, originales metajuegos… Full Phil es una de las apuestas más entretenidas que le hemos visto a Dupieux y resulta especialmente clarividente al presentar un París en llamas, a la vista de cómo se han puesto las cosas en los últimos días…

La segunda de la dupla es Vertiginous, una cinta de animación que es, si cabe, más experimental, realizada con la estética de un juego de Los Sims. No se puede negar que este hombre va a fondo, y en esta ocasión se lanza a una producción hecha con cuatro duros en un medio que no había tocado hasta la fecha. El guión es del tipo habitual en él, trufado de diálogos y escenas incómodamente alargadas, pero uno empieza a descubrir la razón de ser de la técnica que ha escogido para la película gracias a pequeños chistes visuales muy propios del terreno de los videojuegos y a los derroteros que sigue la propia historia. Con todo, su ritmo es más farragoso que el de la anterior propuesta (o puede que nosotros estemos ya derrotados por el cansancio), pero el delirante tramo final hace que valga la pena y contiene una carga satírica muy agradecida. Por lo que hemos visto hasta ahora de su carrera, Dupieux no nos va a entregar nunca una colección de obras maestras, pero es de una regularidad admirable a la hora de producir películas que se salen de la norma y que muestran una manera distinta de enfocar el cine y el humor (de nuevo viene a la cabeza, desde las antípodas creativas, el nombre de Nicolas Winding Refn). Una forma que, sorprendentemente, y pese a su fantasía ligera y ausencia de estallidos violentos, ha encontrado un público fidelísimo entre la audiencia de Sitges, demostrando una vez más que ésta es mucho más ecléctica y abierta de lo que cabría esperar.
