Uno de los platos fuertes de esta edición de Sitges es la visita de Peter Jackson, que la mayoría del público conoce por haber dirigido la trilogía de El Señor de los Anillos (2001-2003), uno de los pocos clásicos incontestables nacidos durante este siglo. Sin embargo, más allá de la publicidad que da su presencia al certamen, la relevancia que tiene para el entorno festivalero está tanto o más ligada al cine que hizo en los noventa. Y es que su ópera prima, Mal gusto (1987), es la calabaza convertida en carroza para cualquier aspirante a director de fantástico. Tan solo unos años más tarde, pasaría por Sitges para presentar Braindead (1992), probablemente la mejor película gore de la historia, definitivo disparador de su carrera y que, con la excusa del próximo 35 aniversario, se presenta en una flamante restauración en 4K. Además, también anda por aquí Diana Peñalver, quien contribuyó con su Paquita a añadir encanto a la película, como reminiscencia de lo que debía haber sido una peculiar co-producción con España. Conseguir entradas para asistir a la entrañable reunión, con la entrega del Gran Premio Honorífico para Jackson y la posterior proyección de la película es misión imposible, y lo mismo ocurre con el encuentro organizado al día siguiente con el realizador neozelandés. La rueda de prensa no está ni se la espera. Así las cosas, para nosotros su presencia aquí se resume en verlo la mañana del domingo en bermudas y camisa de flores para conversar unos minutos con otro de los invitados, el mítico creador de efectos de maquillaje Rick Baker, sobre su participación en la versión de King Kong del año 1976, que también se presenta en versión restaurada.

Parece mentira, pero ya han pasado 50 años desde que un joven Jeff Bridges protagonizara este remake del clásico de 1933 de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack. Tal y como se comenta en el coloquio posterior, el King Kong de John Guillermin tiene más alma de película de desastres (no en vano, la anterior cinta de Guillermin había sido El coloso en llamas -1974-) que de monstruos, lo cual le resta algo de encanto fantástico. Pero no se puede negar que continúa siendo impresionante su escala (toda la parte en la isla, pese a la notable ausencia de los dinosaurios, huele a gran historia de aventuras clásica) y que fueron capaces de darle un giro diferente a la historia, esta vez centrada en una expedición de prospección petrolera que acaba notablemente alejada de lo previsto por sus impulsores… El ritmo le acaba pesando, pero el logro de dar vida al gorila titular sin marionetas de por medio sigue siendo fascinante, por más que la versión del monstruo que vemos no es la que hubiera deseado Rick Baker, que se enfunda el traje del Rey Mono y cuya intención era hacerlo cuadrúpedo, en la línea que seguiría para su reversión de 2005 el mismo Peter Jackson. Para el recuerdo además la gigantesca mano hidráulica que permitía levantar por los aires al descubrimiento de la película, una Jessica Lange que quitaba el hipo incluso al titánico simio. En definitiva, pese a ser la versión más floja de Kong (si no contamos con el relanzamiento del canon que fue Kong: La Isla Calavera de Jordan Vogt-Roberts -2017-), tiene ese encanto que acompaña a la ambición desmedida de las grandes producciones de Dino de Laurentiis.

La misma noche tendremos la oportunidad de ver (y, sin director estrella de por medio, resulta más fácil acceder a las salas) la restauración de Los demonios de Ken Russell. Esta mítica cinta de 1971 lleva en nuestra lista de pendientes varios años y se nos presenta la oportunidad de oro para verla en una copia que en todas partes califican de despampanante. Lo es, y se entiende que haya sido proyectada en el Auditori (cosa rara para los clásicos), porque se trata de una auténtica joya. Ambientada en la ciudad de Loudun (Francia) en el siglo XVII, Los demonios versiona el caso real de acusación de herejía contra el clérigo Urban Grandier. Preferimos no ahondar en el argumento, pero valga decir que la cinta está llena de humor con retranca, grandiosidad, lujuria y tragedia. El vestuario, la dirección artística y la escala de los decorados son apabullantes y, conforme avanza la película, uno no da crédito a que todo ello esté al servicio de una obra con este nivel de radicalidad. Al frente, un inmenso Oliver Reed en el que probablemente sea el trabajo más importante de su carrera, aportando a su personaje un magnetismo, convencimiento y virilidad que sobrepasan los límites de la pantalla. Las escenas más desquiciadas de la película son de verlas para creerlas, realizadas con una libertad artística y atrevimiento que dejan en pañales a cualquier cosa parecida que nos pueda venir a la cabeza. No tiene miedo a ser blasfema, sucia y excesiva, pero tampoco a desnudar la propia naturaleza humana ni mostrar sus últimas consecuencias. Por eso puede entenderse el escándalo y censura con que fue recibida en su día, y cuesta pensar que no recibiera un tratamiento bastante similar si fuera una producción recién salida del horno. Pero como ha entrado en la categoría de los clásicos, el pase se lo ha dado el tiempo, además de que un reestreno de este tipo lo ven cuatro gatos (muy afortunados). No se engañen, lo que cuenta Los demonios no podía estar de mayor actualidad, a un nivel que casi duele… Volviendo de la proyección, acuciados por el recurrente pensamiento sobre si se pueden o no se pueden hacer películas así de desatadas hoy en día, nos surge una respuesta: puede que alguien se anime a hacerlas, pero difícilmente tendrá el talento de los nombres que se encontraban detrás de éstas, e inimaginablemente alguien pondrá una décima parte del presupuesto con el que contaron en su día. Es decir, que sí pero no.

Tras tal obra maestra, vamos a acabar recordando un par de reposiciones más que pudimos durante estos días. La primera, por parte de un director que nunca tuvo las ambiciones ni posibilidades de Russell, pero que siempre gustó de coquetear con la transgresión y jugó al negocio del cine en sus propios términos. Hablamos de Jesús Franco, un cineasta al que tenemos especial cariño, y del que hemos decidido que iremos a ver cualquier cosa suya que recuperen en el festival (¡por él hemos sacrificado la acción trepidante de Zona cero de Hong Sang-ho y lo nuevo de la encantadora familia Adams-Poser, The glorious dead!). Si hace un tiempo vimos aquí Los depredadores de la noche (1988), ahora le toca al cine Prado acoger la proyección de Bloody Moon, que no nos suena de nada hasta que nos damos cuenta de que no se han atrevido a presentarla con su popular e incorrectísimo título español: Colegialas violadas. Para ser sinceros, las protagonistas son más universitarias que colegialas, y son antes asesinadas que violadas, pero el márqueting del año 1981 fue en este caso… peculiar. De cualquier manera, el tío Jess buscaba con frecuencia el shock y el morbo, dos aspectos que se encuentran presentes en este slasher fabricado en pleno inicio de su apogeo, aderezado con las intrigas y giros de regusto castizo que caracterizan las películas del prolífico director. Hecha, como habitualmente, con un presupuesto ajustadísimo, pero con ese sentido de inmediatez y falta de prejuicios que tanto se echan en falta en el cine moderno (y aquí se podría conectar nuevamente con Mal gusto). El guión lleno de sinsentidos va aparejado al desparpajo con el que lo afronta su reparto, la irregularidad en el ritmo se compensa con algunos momentos de sorprendente gore, y el resultado es otro pequeño clásico en los márgenes que, como suele ocurrir, se valora más en otros países que en el nuestro (ha tenido que venir Severin Films a encargarse de las restauraciones de la obra de un director que, en sus últimos días, recibió un Goya de Honor para ser inmediatamente olvidado de nuevo).

Y seguimos topándonos con David Gregory de Severin Films para presentar la colección de cortos Grand-Guignol & Early Cine-Macabre, extracto de una inmensa caja de DVDs que lanza el sello y que tuvo su preludio aquí el año pasado con el documental Theatre of Horrors: The Sordid Story of Paris’ Grand Guignol. Esta proyección consta de catorce cortos producidos en las primeras décadas del cine y es una auténtica delicia para curiosos del mudo y del nacimiento de lo que hoy conocemos como género de terror, bajo la fuerte influencia de las artes escénicas del momento. Remasterizados con la mejor calidad posible (con un rango que va desde lo pasable hasta lo impresionante), la distribuidora se ha tomado la molestia de encargar bandas sonoras para cada una de las películas, encontrando un cuidado equilibrio entre las sonoridades modernas y la esencia de lo que querían transmitir los rollos originales. Podemos ver desde la seminal, brevísima pero impactante The Execution of Mary Stuart de Alfred Clark (1895), hasta el primitivo home invasion de Suspense de Phillips Smalley y Lois Weber (1913), la sorprendente muñeca diabólica de The Doll’s Revenge de Cecil M. Hepworth (1907) o la simpática Le manoir du diable de George Mèlies (1896), pasando por absolutas rarezas como Balaoo de Victorin-Hippolyte Jasset (1913). Algunas de estas películas no habían visto la luz del proyector desde la época de su concepción y ni tan siquiera hemos conseguido encontrar el listado completo de lo que se pasó en esta especial sesión, pero la sensación que produjo a los presentes fue una mezcla de fascinación y privilegio, como si formáramos parte de un pequeño grupo al que se muestra en primicia un nuevo hallazgo arqueológico. Por cosas como estas vale la pena explorar la sección de clásicos del festival, de las pocas que todavía no da problemas para encontrar sesiones que no estén agotadas (toca fusta).
