Tras un pre-arranque turbulento como pocos se recuerdan (conato de escabechina en las acreditaciones de prensa, caos en la venta de entradas al público general), tenemos la suerte este año de volver a Sitges para pasar once días bañados en cine de género, el que más nos estimula y el que, pese a las decepciones que siempre acechan, más se permite ahora mismo explorar y jugar con el lenguaje cinematográfico mientras mantiene su vocación popular. En las siguientes crónicas desgranaremos lo que hemos visto y dejado de ver, e intentaremos transmitir al lector nuestra toma de pulso al panorama del terror, el fantástico y aledaños en este aciago 2026.
Ante la limitación en el número de entradas a nuestra disposición, decidimos asistir al pase abierto para la prensa de la película inaugural de esta edición: Found Alive de Carlota Pereda (una predilecta del festival, que se congratula en haber ayudado a impulsar la carrera de una de las pocas directoras femeninas que prosperan a día de hoy dentro del fantástico español). Lo nuevo de Pereda, por desgracia, no resulta especialmente estimulante. No será por falta de oficio tras la cámara, ni de entrega por parte de una Chloë Grace Moretz que respalda a la directora en su salto al otro lado del charco. Pero esta historia sobre secuestros de niñas no consigue escapar a sus costuras de suspense un tanto manido. Y eso que hay un intento de insuflar algo de personalidad a la cinta mediante la exploración del estrés post-traumático crónico que padecen las víctimas y, en concreto, la protagonista. Pero no consigue hacerlo sin que el ritmo se vea afectado y, conforme va avanzando, la película cae cada vez más en lo formulaico. En su defensa, es difícil escaparse de según que tropos de este subgénero, uno que por otro lado nunca nos ha llamado especialmente la atención… Pero resulta difícil obviar las trampas, inconsistencias y arritmias en las que va incurriendo la cinta. Para pasar el rato y poco más.

Ahora viene uno de nuestros platos fuertes, lo nuevo de Nicolas Winding Refn tras diez años desde la espectacular The Neon Demon. Vapuleada por crítica y público en Cannes, el director presenta en Sitges Su propio infierno con el mismo convencimiento que si lo avalara el aplauso de las anteriores proyecciones. Pero en el fondo, el danés es consciente de que su lugar está más aquí que en la rígida Croisette, por más que sea un manifiesto fashion victim. Y, si bien su parroquia se ha visto muy reducida desde el pelotazo que fue Drive (2011), si hay una audiencia que puede seguirle el juego es la de Sitges. En cualquier caso, lo interesante es que, en su vuelta a la gran pantalla, ha jugado a fondo: Su propio infierno es un machiembrado confeso, que combina sin rubor escenarios de ciencia ficción, moda, neo noir, culebrón, neones, cuentos fantásticos, giallo, ópera… En palabras del propio director, que vino acompañado del mítico compositor Pino Donaggio (habitual de De Palma), una mezcolanza de todo lo que le gusta. Como consecuencia de ello, es excesiva, deslavazada, críptica… Pero a la vez estimulante en su desafío a las estructuras convencionales e hipnótica en su fascinación por la belleza y lo onírico. Su propuesta más radical en cine, que entronca en filosofía con su última producción para televisión, Cowboy de Copenhague (2023), y que cuesta no ver como una muestra de cine del futuro. Porque nadie más está haciendo ahora mismo algo parecido a lo que hace él y porque, por más que es un regurgitador de referencias como lo es Tarantino, ha creado un universo propio a partir de ellas y firma películas que son a la vez distintas a todo lo que se ha hecho hasta ahora. Pese a su irregularidad, es un cine que abre nuevos caminos y que lo hace desde la valentía y la convicción, así que sería un error menospreciarlo como le ha ocurrido hasta el momento (y como parece seguirle ocurriendo ya que, estrenada en cines al día siguiente de su proyección en Sitges, a fecha de finalización del festival ya sólo puede verse en dos salas de toda España…).

Abierto el apetito, abordamos el primer viernes de certamen con una apuesta personal, Chapter 51 de Tyler Shields. Y la describimos así porque reconocemos el peligro que tiene, ya que parece hacer de la búsqueda de planos estéticos rodados en múltiples formatos de cine su principal razón de ser. Una ‘película de director de foto’, como si dijéramos, que, a la vista de su avance, tan pronto nos puede atrapar como estomagarnos en un viaje solipsista a la estética de los anuncios y videoclips de lujo de los noventa (que ya tiene guasa viniendo de la última de Winding Refn). Pero cuál es nuestra sorpresa al ver que está planteada como un falso documental de tono satírico sobre el mundo de las estrellas de Hollywood. Shields usa su interés por los diversos tipos de película fotoquímica -el director afirma con orgullo que este es el único filme que contiene material en 8 mm, 16 mm, 35 mm, VistaVision, Technirama, 65 mm, Ultra Panavision 70 e IMAX, entre otros- para relatar la investigación sobre un asesino en serie que se ceba con las actrices de la ambiciosa película ficticia Dissident. Así, su peculiar propuesta contrapone bellas composiciones de brillantes colores con un formato de tomas falsas pobladas por personajes y situaciones de un cómico patetismo y que van dibujando el puzle de este particular Cluedo. A la cabeza, Christopher Pace (interpretado por un repelente Connor Paolo), interpretando a un megalómano guionista-director que da lugar a algunas situaciones realmente hilarantes. Si bien la estructura de la película puede ser un tanto repetitiva conforme se van encadenando los diferentes crímenes, es también de tal originalidad y capta con tal ironía la burbuja en la que viven los divos del espectáculo, que uno no puede sino rendirse a sus pies. Algún fan de Christopher Nolan con poco sentido del humor puede salir cabreado.

Y para rematar, una de las grandes promesas del terror de este año, Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma de Jane Schoenbrun. Ya comentamos el buen sabor de boca que nos dejó El brillo de la televisión (2024) a su paso por el Americana, así que estamos muy motivados por ver qué se saca ahora de la manga la realizadora. En esta ocasión, Schoenbrun cambia el foco de la fantasía televisiva de los noventa al cine slasher. Y, durante la primera parte, la cosa promete: la directora mantiene intacta su capacidad para destilar, recrear y reinterpretar el material de partida que escoge, y las referencias, estética, tropos y texturas de las películas de asesinos en serie que siguieron a la mítica Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980) están perfectamente reflejadas en su imaginario Campamento Miasma. Pero ¡ay!, conforme avanza la cinta, se va empantanando ella sola. Y eso que tiene un activo en la actriz protagonista Hannah Einbinder, que interpreta con desparpajo a una directora encargada de reiniciar la saga del título y que funciona como evidente alter ego de la propia Schoenbrun. Y que la acompaña ni más ni menos que Gillian Anderson como intérprete de la primera entrega de esa saga ficticia, que lleva una vida ermitaña en el mismo lugar donde se rodó. Pero Schoenbrun se quiere poner tan revisionista que pierde el sentido del ritmo y del propio terror, y acaba dando la sensación de que trata al género que admira (porque cuesta creer que no lo admire) con cierta condescencia. Si en El brillo de la televisión encontrábamos como mayor defecto un protagonista ensimismado, en Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma es la propia película la que acaba padeciendo de ensimismamiento. Y eso, al final, y pese a las buenas ideas visuales y conceptuales que contiene, le acaba saliendo bastante caro.

