Y llegó de nuevo el fin de semana, y con él los últimos compases de esta edición del Festival de Cine de Sitges. Y como en los últimos años hemos tenido alguna que otra buena experiencia con las películas de clausura, nos acercamos a ver Wicker de Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson, un relato de corte fantástico protagonizado por Olivia Colman. La historia sigue a la pescadora de un pueblo atrapado en la época indeterminada de los cuentos, considerada por sus vecinos una solterona sin remedio, motivo habitual de mofa entre ellos. Hasta que un día, harta de las burlas, decide encargarle al cestero un marido de mimbre. Por arte de magia, un mes más tarde reaparece con el compañero perfecto, para perplejidad (y posterior envidia) de sus congéneres. Wicker es encantadora sin resultar cargante, no escatima en humor con mala bava pero sin ser cínica, dibuja personajes arquetípicos pero muy bien matizados y articula una fábula de aires clásicos con anclajes modernos evitando cualquier condescendencia. Todo ello junto a la siempre excelente actuación de Colman, una auténtica todoterreno que es capaz de resolver una situación dramática con la misma solvencia que genera un instante cómico, y que aquí está acompañada de un solvente plantel de secundarios, con Alexander Skarsgård, Elizabeth Debicki o Peter Dinklage a la cabeza. Súmenle una ambientación y ritmo perfectamente ajustados, y tienen una de las mejores muestras de fantástico del año.

Como queremos que nuestro último día de proyecciones sea lo más festivo posible, volvemos al Auditori después de comer para ver Blades Of The Guardians: Wind Rises In The Desert de Yuen Woo-Ping. Además de director, Woo-Ping es uno de los coreógrafos de artes marciales con más solera de Hong Kong, al punto de que, tras su trabajo en Tigre y Dragón, en Hollywood lo cazaron para la saga Matrix y Kill Bill. Tras ocho años desde su anterior película, se ha liado la manta a la cabeza para rodar esta superproducción de aventuras y wuxia que tiene todo lo que uno podría esperar en estos casos: lujosos decorados y vestuario, grandes paisajes, amores y traiciones y un buen puñado de escenas de acción, ya sea en tabernas, a caballo, con espadas, a patada limpia… Blades Of The Guardians ofrece exactamente lo que promete y, pese a su grandilocuencia, consigue manejar la bestia desbocada que es el uso de efectos digitales, y que sin duda no escasean, pero siempre manteniendo un pie en la fisicidad y la diversión que la acompaña. Las peleas son las más virgueras que veremos este año, haciendo honor a la leyenda del hombre tras las cámaras, con espacio para el humor, la originalidad (atención a la lucha en medio de una tormenta de arena) y el dramatismo. Como era de esperar, el metraje está alargado por encima de lo aconsejable, hay mucho cacao de nombres, idas y venidas, y podría acabar perfectamente un par de clímax antes. Pero al final predomina la entrega de sus actores y el asombro ante el trabajo de los especialistas y, cuando los protagonistas cabalgan hacia el horizonte, no dudamos en que volveremos para ver la inevitable continuación en uno o dos años.

Y para terminar, qué mejor que volver al acogedor cine Prado para echarle un ojo a la nueva entrega de la saga V/H/S, una de las que más se congracian con el entorno festivalero y cuya última entrega, Halloween, nos chifló el año pasado. Esta vez es el turno de V/H/S/Mixtape, que establece como fuente de inspiración para sus episodios el mundo de la música. Ocurrentemente, los maestros de ceremonias son los Gwar, grupo de heavy de disfraces monstruosos y humor chabacano, que introducen los distintos segmentos como si estuvieran en un programa de la vieja MTV, cuando tenía un halo de transgresión. Las historias son de lo más variado: Dance, Dance, Dance, Dance parece estar ocurriendo en un canal contiguo al de Buddy y cuenta con la aparición de la mítica Barbara Crampton; Heartbeat consigue crear con tino un ambiente claustrofóbico; The Music of Mr. Sze nos hace especial gracia al adaptar libremente el relato de H.P. Lovecraft La música de Erich Zann; por ahí en medio hay dos videoclips, Another Cabin y Premature Burial, dirigidos por Flying Lotus y Tobias Forge (Ghost) respectivamente; y Death Tone funciona como final de fiesta haciendo gala de humor macabro, notas de erotismo y gore en una especie de American Psycho versión productora musical. Sin llegar al nivel de la anterior de la saga, V/H/S/Mixtape resulta divertida y se pasa volando, confirmando que la franquicia se ha convertido en el mejor campo de experimentación para el found footage a lo largo de sus quince años de historia. El año que viene repetiremos.

Y así se acabó lo que se daba. Sabiendo ya que la ganadora de esta edición es Sanguine de Marion Le Corroler, sin que haya generado grandes polémicas porque los que la han visto confirman que se trata de una buena película, nos adentramos en la noche de Sitges con aguacero de por medio (la amenaza de la DANA lleva orbitando nuestras cabezas dos semanas) y con ganas de compartir diagnósticos. Hay un consenso generalizado en un aspecto central: el Festival de Sitges se enfrenta a una crisis de identidad. Años y años de crecimiento lo han convertido en un evento de evidente éxito, cada vez con más sesiones, facturación e invitados. Pero también resulta inevitable empezar a percibir una cierta dilución de su personalidad. Ya no es solo que los medios pequeños, que contribuimos a generar esa sensación de comunidad y de transmisión del amor por el género, veamos amenazada nuestra presencia aquí. Es también la banalización del contenido en ciertos sectores, el encarecimiento progresivo de las entradas (sin palabras para los precios ‘premium’ de las sesiones con presencia de Peter Jackson este año), los accesos VIP, las crecientes barreras para el aficionado en el entorno del Melià, el trato a los fans en algunos encuentros… que se suman a los habituales problemas con las entradas, el exceso de películas que muchas veces no cumplen los criterios de calidad deseables, las ausencias palmarias, proyecciones accidentadas, traducciones de juzgado de guardia, cuadrantes marcianos, invitados a los que apenas se les ve el plumero… Pareciera en ocasiones que el festival corre el peligro de morir de éxito. Y, sin embargo, ahí seguimos todos, con ganas de disfrutar de nuestro oasis de cine, de conversar sobre lo que nos apasiona, vislumbrar a alguno de esos famosos que nunca pisan nuestra tierra o que tan solo son famosos para nosotros, ejercer de català emprenyat, celebrar los aciertos de la programación… A veces pensamos que Sitges sobrevive y crece a pesar del propio Sitges. Y lo hace gracias a un público extremadamente fiel. Por eso, estaría bien que reflexionara sobre qué quiere ser de cara al futuro. Muy ilustrativo nos resultó leer las declaraciones del director Na Hong-jin en el diario del festival: «Mi impresión es que el público se ha vuelto mucho más formal y sosegado. Antes se respiraba una atmósfera más ruidosa y salvaje; ahora se siente como un certamen más ordenado». Si eso es bueno o malo, dependerá del prisma con que lo mire cada uno pero, en nuestra opinión, Sitges encuentra su razón de ser no cuando intenta aspirar a ser un gran certamen de postín, sino cuando reivindica con orgullo que es el mayor festival de pueblo del mundo. Si se olvida de ello, le acompañen o no los números, perderá aquello que lo hace especial. Quién sabe lo que nos deparará el futuro. Por el momento, hasta el año que viene.
