Crónica Sitges 2014: Día 5

Ahorrarse una sesión de madrugada tiene sus ventajas (además de mantener unos horarios de persona relativamente normal): permite levantarse temprano y empezar con Cronenberg. Es posible que “Maps to the stars” siga en cierta forma la línea de “Cosmópolis” (2012), pero solamente en lo que concierne al regusto de la película. Al contrario de lo que ocurría con aquella densa re-interpretación de la novela homónima, en este caso el desfile de personajes desquiciados resulta de lo más entretenido. Me sorprendo de cómo, con unas formas tan sencillas, donde los planos medios y el plano-contraplano son la principal herramienta de escritura, el canadiense consigue crear una atmósfera tan propia de él. Hace fácil lo difícil, y entrega una película absorvente, claustrofóbicamente divertida, que retrata un Hollywood de apariencia extrañamente plausible (más para quien haya ojeado obras como el clásico “Hollywood Babilonia”).

Julianne Moore desquiciada y con una carrera de capa caída (en la ficción, por supuesto).

Como segundo plato, en el Retiro se proyecta una obra que, siendo tiquismiquis, parece más afín a la sección Noves Visions que a la competición oficial, más que nada por su planteamiento de tendencias hipster (no se tome como una generalización de lo que proyecta este valioso apartado del festival). Se trata de la iraní “A girl walks home alone at night”, ópera prima de Ana Lily Amirpour. La realizadora despliega su relato sobre una vampira de suburbios algo desubicada envuelto en blanco y negro y música indie (bastante buena, por cierto). Y, aunque hay ciertos momentos que traspasan la fina línea que separa lo sugerententemente atrevido de lo gratuitamente artie, la verdad es que resulta muy potente a nivel visual y, sin contar con gran enjundia a nivel narrativo, se desvela atractiva. Así la valoran los señores del Jurado Joven, que le acaban dando su premio particular (ex-aequo con “Cub”, que no tengo la oportunidad de ver).

La chica que camina sola a casa por la noche se maquilla un poco antes de salir.

Dado que festivales como el de Sitges demuestran empíricamente que comer está sobrevalorado, usamos la franja del mediodía para atacar un nuevo thriller coreano, en este caso “The fives“. En esta película de un tal Jung Yeon-sik, una mujer busca venganza para su familia asesinada, aunque para ello tenga que recurrir a aliados interesados -y desesperados- al estar postrada en una silla de ruedas. La premisa lo tiene todo para generar una narración absorvente, pero la estructura del relato hace avanzar la película a base de tantos ‘falsos finales’ (considerando por ‘falso final’ toda conclusión de acto narrativo que deja al espectador con la sensación de que es el momento adecuado para cerrar la historia), que la cosa acaba aburriendo, y no puedo evitar dar una pequeña cabezada. Puede que tenga algo que ver con su origen comiquero, de donde tal vez haya heredado esa vaga estructura por volúmenes, pero a la adaptación cinematográfica le sobran seguramente dos actos.

Tampoco es que salgamos ganando demasiado con “Horsehead“. La película del francés Romain Basset trata (¡milagro!) sobre el mundo de los sueños, que es el teórico eje temático del festival este año. De entrada, la imaginería que presenta y la fotografía que envuelve el percal onírico son un bombón. Así también su actriz principal. Pero ya está. Conforme avanza, el relato entra en un bucle, la trama se encalla y no da para más, los tétricos elementos que conforman el mundo nocturno de nuestra protagonista se repiten una vez tras otra sin sensación de avance, y la estética videoclipera se apodera por completo de la función. Al final, casi parece una versión oscura de aquel famoso anuncio de Channel nº5.

Sorpresivamente, a pesar de tener el cuerpo predispuesto para una siesta y haber hecho hueco para una caña antes de la proyección, no cierro ni un instante los ojos ante la densísima “Hard to be a God“. La película se convierte en un gran fenómeno de petit comité. Es la obra póstuma del ruso Aleksey German, que en casi 50 años sólo había realizado cinco películas, dicen. En blanco y negro, con casi tres horas de duración, tras una década de trabajo que su director no ha visto culminar, comentan. El tráiler promete mucho, sin duda, pero plantea, también sin duda, un reto, y no muchos se animan finalmente a intentarlo. Eso sí, los que teníamos claro que el evento era imperdible no nos vemos decepcionados, al menos en lo que a singularidad de la propuesta se refiere. Y es que German explota la narrativa del cine tal y como la conocemos, y se dedica, durante tres horas, a darnos un paseo por ese planeta en eterno medievo que es Arkanar, dejándonos escuchar sólo diálogos inconexos o a medias, presentándonos escenas de coreografía rebuscada, confusa, aparentemente incoherente. Todo es familiar, y a la vez todo es extraño. Puede que, al fin y al cabo, la razón sea justamente que estamos en otro planeta. Desde luego, la película no parece hecha en la Tierra. La ejecución es virtuosísima por compleja, la fotografía excelente, y gracias a ello introduce al espectador en un estado cercano a la hipnosis. A aquel que aguanta en la sala, por supuesto, porque los hay que se salen a media proyección, y tampoco puede culpárseles por ello. “Hard to be a God” hay que verla para creerla. Si tenéis la oportunidad, aguantadla. Hasta el final, por favor. Tan exigente como brillante. Y desde luego, imprescindible. Tengo sentado a mi derecha a Àlex Gorina, y cuando se encienden las luces me mira con los ojos como platos y me dice: “No doy crédito a lo que acabo de ver”. Pues eso.

Un humano, o lo que queda de él, en el planeta Arkanar.

Durante los próximos días, no voy a parar de encontrarme a gente que me pregunta por la película. Soy ‘el que ha visto “Hard to be a God”‘. Es lo que tienen los saltos sin paracaídas, que de vez en cuando no te despeñas. Mientras tanto, y puesto que he decidido acercarme a ver una nueva maratón de madrugada, me retiro a casa para dormir un par de horas y tener alguna posibilidad de aguantar con dignidad.

Ya entrada la noche, y de camino al Auditori, me paro en el Retiro para ver “Spring“, una propuesta que el programa califica como ‘una de las historias de amor sobrenatural más emocionantes de los últimos años’. Las pruebas de tal afirmación brillan por su ausencia. El protagonista consigue captar la atención, pero su pareja amorosa es un personaje insoportable, y resulta difícil entrar en el romance que nace entre los dos. Me acabo levantando antes del final para llegar a tiempo a mi próxima cita, y me comentan que lo de la emoción llegaba durante los últimos diez minutos. Me parece absolutamente insuficiente para justificar todo un largometraje. Sobre lo que viene después, hablaremos en la siguiente crónica.

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Una respuesta a “Crónica Sitges 2014: Día 5

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