L’Alternativa 2017 (I): Ocurrió cerca de su casa

Cómo en los últimos años, estos días hemos estado dándonos un garbeo por L’Alternativa, el festival de cine independiente (con todas las de la ley) que ocupa por una semana el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. Días en los que hemos estado salteando diferentes propuestas de la parrilla más a golpe de intuición que de vocación completista. Un poco la filosofía que los organizadores afirman seguir a la hora de agrupar las obras por sesiones y secciones. Vamos pues a por tres películas que entresacamos de la Sección Oficial, y que nos hablan del presente con toda su complejidad y crudeza.

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Este año, el holandés Guido Hendrikx estrena su primer largo, Stranger in Paradise. Y como quiera que hace un tiempo pudimos ver en este mismo certamen su corto Escort, que nos dejó bastante tocados, decidimos ver qué se trae entre manos. Hendrikx continúa inmerso como entonces en el tema de la inmigración, pero sube la apuesta y le da a su obra un giro radical y sofisticado. En Stranger in Paradise, mete en una habitación a un grupo de inmigrantes y utiliza a un actor para explicarles, cada vez desde un punto de vista distinto, lo que es Europa, lo que se van encontrar, o lo que no, porque también se dedica a filtrar a los que no conseguirán el asilo y deberán volverse a su país. El filme golpea con dureza porque es incómodo. Y es incómodo porque es verídico. Y nos sitúa frente al abismo de lo que somos como sociedad. Pero no sólo eso, sino que también evidencia la dificultad para encontrar un enfoque completo y justo, humano en definitiva, a un problema que es más bien un drama de dimensiones trágicas. Uno se revuelve en la butaca al ver las caras de los recién llegados, porque siente pena, porque esos no son actores, están allí aguantando el chaparrón de verdad, y porque por eso mismo siente vergüenza ajena. Así que Stranger in Paradise se revela como una película totalmente necesaria y, si no fuera porque el epílogo diluye un poco esa amplitud en su planteamiento (lanzando, eso sí, interesantes puyas a la sociedad europea vía los mismos festivales de cine), habría pocas fisuras que achacarle como gancho noqueador. Cosas así tendrían que enseñarse en las escuelas.

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Uno que se acerca geográficamente al origen de la tragedia es Ziad Kalthoum, que en Taste of Cement sitúa su cámara frente a unos operarios sirios que trabajan en la construcción en Beirut, mientras a pocos kilómetros de distancia sus propias casas y su pueblo son atacados. A veces ocurre que un cineasta queda tan enamorado de su idea (que puede ser muy buena), que finalmente ésta pasa por encima de la misma película, y tal vez incluso de él. Es lo que le ocurre aquí a Kalthoum, que se ensimisma hasta perderle el pulso a sus imágenes. Unas imágenes entre las que hay muy buen material y grandes hallazgos, pero que se diluyen en un tedio que genera en el espectador más aburrimiento que sensación de encontrarse en ese limbo en el que viven los protagonistas. Cuando la guerra golpea con fuerza en la cinta, parece una hoguera en medio del desierto; cuando la voz en off de un obrero cuenta sus visiones, es como un hilo desaprovechado; y cuando los ojos de estos exiliados reflejan una televisión que les lanza imágenes del horror que se vive en su hogar, nos preguntamos por qué pese a todo el realizador se aleja con tanta facilidad de la esencia de su historia. Taste of Cement nos parece una película fallida, en la que la forma triunfa sobre el fondo. Aún así, termina por llevarse una mención especial del jurado.

Es ahora el turno de la ganadora de esta edición, A Fábrica de Nada, que no hace sino certificar que L’Alternativa es todo un criadero de ideas y reflexiones. De producción portuguesa, A Fábrica de Nada sigue las peripecias de unos trabajadores que se enfrentan al cierre de la planta de producción en la que trabajan. Con un estilo directo y sin florituras, el equipo liderado por Pedro Pinho nos da nuestra buena dosis de cine obrero, con un relato que avanza sin prisas pero sin pausas, dando espacio para la reflexión, e incluso exhortándonos a la misma. Porque es difícil no pensar ante una historia que deriva en disertación sobre el sistema capitalista y sus posibles alternativas. Con convicción socialista (de verdad) pero no exenta de dudas. Un manifiesto por la autogestión pero ante todo por la toma de conciencia. Todo ello se va desvelando poco a poco, y la cinta adquiere un fuerte componente metacinematográfico por sorpresa, cuando uno piensa que la cosa ya está encaminada. Así que se abren nuevas vías, entran nuevas ideas y posibilidades, aparece en ocasiones el desconcierto, el replanteamiento de la propia película. Acaba la proyección -de tres horas ni más ni menos- y uno tiene material para cavilar sobre muchas cosas. Y tampoco acaba de ver claro todo lo que le han enseñado. En pocas palabras, A Fábrica de Nada es verdadero cine progresista.

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