Crónica Sitges 2021 (VII): Última parada, Soho

Empezamos a verle las orejas al lobo (sic) al final del Festival, pero no renunciamos a llevarnos alguna nueva sorpresa agradable. Por ejemplo, nadie se esperaba Agnes, la segunda película de Mickey Reece. O tal vez hubiéramos tenido alguna pista que nos ubicara si hubiéramos visto antes Climate of the Hunter (2019), su ópera prima, que no pasó por aquí. El caso es que Reece sorprende a propios y extraños con una película de posesiones de bajo presupuesto y tono peculiarísimo. Ambientada en un convento y centrada en dos jóvenes monjas, los pasajes inquietantes se alternan con otros decididamente cómicos, y la cinta no duda en ir cambiando la afinación según convenga o, llegados a un punto, incluso el género. Hay quien lo lee como un desastre; a otros nos despierta una genuina curiosidad y entretenimiento el ver esas variaciones en el flujo narrativo, que se suceden con una convicción pasmosa. Desde luego Agnes es de esas muestras que, sin necesidad de encuadrarse en lo puramente experimental, sí merecen el calificativo de Noves Visions. Y si no, que baje Dios y lo vea.

Otra que busca visiones fuera de lo común es Strawberry Mansion, una amable fábula de ciencia ficción lo-fi que plantea un mundo en el que se cobra un impuesto a los sueños. En estas, un funcionario es enviado a realizar una auditoría a una señora de avanzada edad, para evaluar cuánto debe en función del material que ha creado su cabeza en fase REM. La película, también modesta en su producción, tiene ese aire de potencial capricho hipster, pero poco a poco va mostrando un encanto auténtico, avanzando en sus recreaciones oníricas, llenas de personajes curiosos, sentido del humor y cariño por los recursos clásicos del cine, que mezcla bastante acertadamente con los actuales. Suponemos que no es casual que la versión soñada de la co-protagonista (interpretada por Grace Glowicki) recuerde de forma poderosa a una joven Laura Dern, aunque el material de esos mismos sueños parece estar más en sintonía con Michel Gondry que con David Lynch. Más allá de los correspondientes respetos a los especialistas en la materia, Strawberry Mansion se aguanta perfectamente por sí sola, y es una pequeña aventura que sin duda vale la pena descubrir.

No todo han sido alegrías estos días, pero de entre lo menos acertado mencionaremos lo ‘destacado’ por cuestiones variopintas. No queda más remedio que hacer referencia a la francesa After Blue, ya que acabará por llevarse la Mención especial del jurado, además del Premio de la crítica (junto con Mad God). La única explicación posible es que los respectivos evaluadores hayan visto únicamente los primeros veinte minutos de película, en los que uno puede dejarse fascinar por el estilo de ciencia ficción fantástica retro, el aire a Métal Hurlant, la promesa de aventuras mezcladas con erotismo… Todo queda en agua de borrajas conforme la cosa avanza en un periplo condenadamente lento, con susurrantes y machaconas voces en off, y un guión insulso que acaba por agotar el sentido de la maravilla, y que unas gotas de softcore no pueden desde luego levantar. Ocurre con Demonic lo contrario: todo el mundo la ha puesto tan a bajar de un burro, que después el desastre no parece tan grande. Y no es que lo último de Neill Blomkamp sea bueno, pero esta mezcla de presencias sobrenaturales y realidad virtual tiene unas cuantas ideas muy interesantes. Es cierto que las interpretaciones son bastante justas (como lo son los medios: la película fue rodada en plena pandemia con el presupuesto que el director pudo rascar con su buena voluntad), que a partir de la mitad Blomkamp empieza a lanzar ideas peregrinas que aparecen de la nada y muchas veces quedan sin desarrollar, y que incluso algunos aspectos donde podía sacar jugo se quedan a medio gas. Pero hay que reconocer que la cinta es entretenida, y sigue manteniendo alguna de las señas de identidad del director, por lo que no vemos necesidad de ensañarse tanto con ella. Ahora bien, no queda otra que reconocer que no era éste el año más lucido para darle a su artífice el Premio Màquina del Temps… Y para acabar con esta batería, paramos un momento sobre She Will, ópera prima de Charlotte Colbert. Es estupendo ver la creciente presencia femenina tras las cámaras en el Festival, y cómo éste se está esforzando por darle visibilidad. She Will cuenta con la presencia de la veterana actriz Alice Krige, que recibe también la Màquina del Temps, y que se marca una excelente interpretación en la película. Pero no sólo eso, sino que se nota una verdadera voluntad de exploración de lo audiovisual por parte de Colbert, que consigue llevar bastante lejos. Aún así, She Will peca de lo que comentábamos el otro día sobre Knocking, y es que se le ven demasiado las costuras a la hora de articular su discurso feminista: se puede reseguir claramente cuándo está referenciando al movimiento #metoo, al «somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar», cuándo está haciendo apuntes sobre micromachismos, sororidad, identidad de género… Es una lástima tener esa sensación de checklist de argumentario; y aún así, la cinta tiene valores intrínsecos como para esperar que envejezca bien una vez superada su parte más coyuntural, y para seguirle la pista a la debutante en el futuro.

Quien parece llevar con más gracia el enfoque feminista es Edgar Wright en su Última noche en el Soho. Tal vez porque no lo subraya tanto, porque se preocupa en imbricarlo de forma natural en la trama y, antes que nada, en construir una película de género efectiva. En ella, una joven de provincias (una decidida a la par que vulnerable Thomasin McKenzie) se desplaza a Londres para estudiar moda, y rápidamente empezará a tener visiones de los 60, en las que entra en contacto con una misteriosa aspirante a cantante (Anya Taylor-Joy en su versión más sugerente). Nos han pedido específicamente al inicio de la sesión que no desvelemos detalles de la trama, pero tampoco hay ninguna razón para hacerlo: la película pide verla por sí sola. Nuestra afición por Wright no es ningún secreto, y nada nos alegra más que ver que sigue en plena forma. De hecho, la confianza en sus propios recursos parece ser mayor que nunca, y tal vez señal de ello es que por primera vez se atreve a dejar de lado el tono marcadamente cómico que caracterizaba siempre sus películas (no vamos a engañarnos: lo echamos un poco de menos). Aquí se vuelca por completo en el suspense fantástico, lleno como es habitual de referencias cinéfilas, de melomanía y de explotación de los recursos del medio a un ritmo vertiginoso. Tal es la soltura del director, que a veces puede parecer que no está haciendo nada extraordinario. Pero basta con afinar un poco los sentidos para apreciar un juego inteligente con el color por aquí, un movimiento de cámara virtuoso por allá, una elipsis o línea de diálogo perfectamente encajados, un uso del espacio lleno de expresividad… Es posible que en el futuro a Wright se lo estudie en las escuelas de cine. Pero donde se lo disfruta sin duda es en una pantalla como la del Auditori. Cuando nos vamos a dormir, esto ya huele a final.

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