Crónica Sitges 2021 (III): Mundos que están en éste

El fin de semana llega a Sitges, y las salas empiezan a llenarse en serio. Afortunadamente, hemos podido asegurarnos unas cuantas entradas para el Auditori, y hoy abrimos fuego con lo nuevo de Mamoru Hosoda, Belle. Hosoda, que este año recibe el Gran Premio Honorífico del festival, continúa indagando en temas como los mundos paralelos -aquí en forma digital, como ya hiciera en Summer Wars (2009)- y la bestia como trasunto de personajes rechazados, incomprendidos, pero también luchadores. En esta ocasión referencia más que nunca a la animación occidental (La bella y la bestia de G. Trousalde y Kirk Wise, 1991), pero mantiene su visión propia de lo clásico y lo moderno, así como de la evolución de personajes. Belle aúna un estilo de dibujo más tradicional en su mitad ‘real’, mientras que recurre al cell-shading para representar el mundo digital de «U» en el cual se sumerge la joven protagonista, y consigue un resultado visual despampanante en cada cuadro. Si bien no es seguramente la película más redonda de Hosoda, sí es una de las más elaboradas a nivel temático, y lanza un par de ideas sobre la relación entre lo virtual y lo real, sobre la búsqueda de la identidad y nuestra relación con el mundo, que ya querrían propuestas aparentemente más complejas. Unos momentos humorísticos por aquí, unas gotas de emoción por allá, y el anime más imaginativo triunfa de nuevo.

Seguimos enganchados a la animación, esta vez con una propuesta independiente: Cryptozoo, locura que de alguna manera consigue situarse entre lo barroco y lo minimalista, y que muestra todo un catálogo de criaturas míticas o inventadas, que en su universo toman cariz de realidad. Se pone así en marcha una cinta de aventuras de humor extravagante, estética muy personal y mundo absorvente, de apariencia hipster pero corazón contracultural. Choca un tanto el tramo final, tal vez demasiado explosivo para la gestión de la narrativa que estaba haciendo el autor Dash Shaw, pero la simpatía por los bichos que atraviesan el metraje y la voluntad juguetona de la película acaban pesando más.

Con tiempo para el descanso, nos lanzamos a una de esas rarezas que sólo aquí podremos ver en pantalla grande. Sitges recupera en su sección Seven Chances The amusement park de George A. Romero (1973), una cinta perdida hasta hace poco con un carácter un tanto particular, ya que se trataba de un encargo de la iglesia luterana para concienciar a la comunidad de Pennsylvania de la importancia del cuidado de las personas de la tercera edad. Romero cogió esa premisa y la transformó en una pesadilla para el protagonista de la película, que es lanzado al parque de atracciones del título, y sufre en sus carnes la implacabilidad de este sitio que ya no acepta la presencia de los mayores, y que está lleno de metáforas referidas a nuestra sociedad. Metáforas que pueden parecer un tanto simples en ocasiones, pero también muy efectivas en su mayoría. Y así, The amusement park consigue ser punzante, con un uso implacable del diseño de sonido y un sorprendente posicionamiento ético y político. Da la sensación de que Romero se hubiera adelantado 25 años a las duras campañas de la Dirección General de Tráfico. No deja de ser una obra para completistas, al igual que aquellas películas perdidas de Orson Welles, pero desde luego transpira toque autoral y consigue fijarse en la retina y el estómago.

Por último, acabamos la noche en La terra dei figli, donde el italiano Claudio Cupellini se atreve con la aventura post-apocalíptica. En ella, un chaval vive con su padre en unas marismas desoladas, que comparten con cuatro supervivientes desperdigados, y que parecen ser lo más seguro que se puede encontrar en muchos kilómetros a la redonda. Por supuesto, llegado el momento, el protagonista deberá salir de esta zona de ‘confort’, y hasta aquí podemos leer. La terra dei figli hace un buen uso de los recursos de que dispone (que no son evidentemente abundantes), pero consigue un relato sólido al que, si bien se le echan en falta un par de paradas adicionales en el recorrido, y algo más de garbo en algunos pasajes, contiene un interesante discurso sobre la necesidad del relato como herramienta para la construcción de la propia identidad. Es sobretodo por ahí donde consigue ganar personalidad, y elevarse sobre la modestia de una propuesta que, de otra manera, tal vez sonaría a demasiado vista.

Sin darnos cuenta, a la salida apenas da tiempo de tomar algo antes de que todo cierre, por mucho que sea sábado. Y, aunque aquí y allá se puedan ver grupos de gente decididos a seguir la fiesta por su cuenta, nosostros nos retiramos para continuar mañana en mínimas condiciones nuestro menú degustación.

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