Americana 2020 (II): Cosas de familia

Si existe un elemento universal común a los relatos que se cuentan en todo el mundo, es el de la familia. Y, cuando hablamos de cine independiente, ese tema cobra si cabe mayor relevancia, puesto que este círculo reducido, núcleo de relaciones humanas próximas, resulta a la vez accesible sin necesidad de grandes recursos e inacabable en cuanto a las historias que puede contener. Así que hemos encontrado diversas propuestas en el festival de este año que giraban alrededor del entorno familiar, y especialmente de las relaciones paterno-filiales.

El segundo y último de los documentales que pudimos ver en esta edición fue 17 Blocks, el resultado de veinte años de grabaciones a una familia humilde de Washington DC. Cuesta concebir el ingente trabajo que habrá supuesto rebuscar entre centenares y centenares de horas de vídeo, extraer de allí un hilo conductor, y finalmente una historia cerrada y bien estructurada; pero lo cierto es que el director Davy Rothbart lo ha conseguido. Por momentos recordamos aquella maravilla con la que entramos en contacto por primera vez con el Americana, American Promise (2012), otro trabajo mastodóntico, que al igual que 17 Blocks ponía en el foco a la comunidad negra. Pero si allí el viaje se vehiculaba a través de la carrera escolar de los protagonistas, aquí se centra en las experiencias que atraviesan como familia, y en relación a su entorno próximo. Puede olerse el impacto de la pobreza, las drogas, los barrios periféricos, las armas de fuego… Hasta el punto de que su mella indeleble queda marcada tanto en la película como en la misma familia que la protagoniza, y se convierte en el centro de la narración. Al final, resulta impactante comprobar cómo queda retratada en 17 Blocks la fugacidad de la vida, la dureza que la puede caracterizar, pero también su naturaleza fascinantemente cíclica, y el sorprendente impulso energético del ser humano por salir adelante.

17-Blocks

Damos paso más tarde a la ficción, aunque sea muy anclada en la realidad. Porque en Honey Boy, el controvertido Shia LaBeouf narra sus experiencias como actor infantil a cargo de su padre, un individuo inestable, capaz de la mayor entrega pero también de tendencias violentas, autodestructivas e imprevisibles. Coloca a los mandos de su guión a la directora Alma Har’el, a quien ya produjo el interesante documental LoveTrue, que también pudimos ver en este festival. Para Honey Boy, LaBeouf se reserva el papel de su propio padre, en una suerte de ejercicio catártico que podría recordar a las autobiografías de Alejandro Jodorowsky (con él mismo hablándole a su yo infantil, y otros componentes de su familia interpretando a miembros más antiguos de la misma); aunque la que nos ocupa es una apuesta menos sui generis, en la que se van mezclando dos líneas temporales del alter ego de LaBeouf: la del Otis presente, en rehabilitación, y la del Otis de 12 años, que se encuentra a las puertas de la adolescencia con un gran talento pero en un entorno precario e inestable, que arrastrará con nefastas consecuencias hasta la adultez. La historia está contada con bastante solidez y filmada con mucho gusto. Si acaso, no llega más lejos porque no deja de tratarse de un ejercicio algo autoindulgente, por más que LaBeouf no se corte a la hora de mostrar las miserias de su pasado. Aún así, las interpretaciones, incluída la suya, son estupendas, y la película consigue rascar una mención especial de la crítica, además de agradar a un público que ha acudido a la sesión en masa, probablemente atraído por el nombre de la estrella.

hero_honey-boy-movie-review-2019

Le toca por último el turno a Jim Cummings, director de diversos cortos que presenta ahora su primer largo, basado en uno de aquéllos. Se titula Thunder Road, como el tema de Bruce Springsteen -que, por otro lado, no llega a sonar en todo el metraje-, y sigue los pasos de Jim Arnaud, policía de psique atribulada que monta un numerito en el funeral de su madre, como preludio de una cuesta abajo que por poco si le hace perder la cabeza. Ese inicio, que por lo visto componía el cuerpo del corto en el que se basa, entra algo de sopetón, con la familiar sensación de que se está forzando la situación para conseguir esa impresión ‘original’ que tantos narradores buscan en la jungla del cine alternativo. Pero es sólo una primera impresión. Conforme vamos conociendo más a Arnaud (interpretado con un sorprendente rango de matices por el mismo Cummings), más cerca nos sentimos de él. Tenemos la sensación de ver algo más tras las reacciones de un personaje psicológicamente inestable, tal vez incluso patológico, y entramos en su mundo y su lucha personal. Thunder Road termina siendo una experiencia muy gratificante, mucho más profunda de lo que habíamos aventurado, y nos parece una de las películas más redondas que hemos podido ver en esta edición.

thunder

No querríamos pasar por alto la oportunidad de señalar algunas piezas de las sesiones de cortos que nos parecieron destacables, y que pueden caer en el olvido con más facilidad que cualquier otra obra (ya se sabe, son tantos, tan inaccesibles…). Cercanos a la temática que hemos tratado en esta crónica, nos pareció demoledora la narración de Girl in the Hallway, de Valerie Barnhart, que relata mediante animación el testimonio real de una niña que desparece en un barrio periférico; nos conmovió la experiencia de Camp ALEC, de Christopher Stoudt, que muestra un campamento orientado a niños que no pueden comunicarse con el habla; y nos pareció tronchante y encantadora la comedia Milton, de Tim Wilkime, sobre un hombre que intenta integrarse en el núcleo familiar de su pareja con los resultados más desastrosos posibles y que ganó, con razón, el Premio del Público.

Milton

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