En línea con la temporada que llevamos, teníamos dudas (nosotros y casi cualquiera) respecto al certamen que más subrayado tenemos en el calendario de festivales. Sitges este año realizaba un salto al vacío, apostando por la presencialidad (plataforma online a parte) y manteniendo los once días de acontecimiento. ¿Habría material suficiente para llenar el espacio? ¿Podríamos asistir de manera normal? ¿Se llegaría a celebrar siquiera, según evolucionaran las cosas? Todos pusimos nuestro granito de fe y buena voluntad, y finalmente llegó el día de empezar la 53ª edición, y se hizo. Resulta sorprendente lo ‘normalmente’ que se está desarrollando este Sitges 2020: apenas si se nota la reducción en la parrilla -es más, se agradece esa hora de descanso entre película y película para desinfectar las salas, que permite desplazarse, comer, digerir lo visto… a ritmo de persona normal-, la gente muestra un gran ánimo, y hemos acabado elaborando una buena lista de títulos para ver. Sí, la logística ha sido más complicada, y no llegaremos a tanto como en otras ocasiones. Los ‘aderezos’ al festival se han visto empobrecidos (invitados, stands, exposiciones… que se echan en falta). Puede que el nivel cinematográfico de este año se resienta. Pero aquí estamos disfrutándolo una vez más, y no se puede sino agradecer el esfuerzo que ha supuesto convertir esta edición del Festival de Sitges en realidad. Así pues, allá que vamos.
