Crónica Sitges 2020 (I): Voluntad contra suerte

En línea con la temporada que llevamos, teníamos dudas (nosotros y casi cualquiera) respecto al certamen que más subrayado tenemos en el calendario de festivales. Sitges este año realizaba un salto al vacío, apostando por la presencialidad (plataforma online a parte) y manteniendo los once días de acontecimiento. ¿Habría material suficiente para llenar el espacio? ¿Podríamos asistir de manera normal? ¿Se llegaría a celebrar siquiera, según evolucionaran las cosas? Todos pusimos nuestro granito de fe y buena voluntad, y finalmente llegó el día de empezar la 53ª edición, y se hizo. Resulta sorprendente lo ‘normalmente’ que se está desarrollando este Sitges 2020: apenas si se nota la reducción en la parrilla -es más, se agradece esa hora de descanso entre película y película para desinfectar las salas, que permite desplazarse, comer, digerir lo visto… a ritmo de persona normal-, la gente muestra un gran ánimo, y hemos acabado elaborando una buena lista de títulos para ver. Sí, la logística ha sido más complicada, y no llegaremos a tanto como en otras ocasiones. Los ‘aderezos’ al festival se han visto empobrecidos (invitados, stands, exposiciones… que se echan en falta). Puede que el nivel cinematográfico de este año se resienta. Pero aquí estamos disfrutándolo una vez más, y no se puede sino agradecer el esfuerzo que ha supuesto convertir esta edición del Festival de Sitges en realidad. Así pues, allá que vamos.

Comenzamos nuestra incursión con varios compañeros mencionándonos los aciertos de Saint Maud (Rose Glass) y Amulet (Romola Garai), dos películas que habríamos querido ver, pero que se nos han escapado. Seguramente acaben siendo de lo mejor del festival. Nada que no nos haya pasado ya antes. Por nuestra parte, nos fogueamos con Spiritwalker, un thriller coreano con elemento fantástico que nos llama la atención por ambos factores. En esta ocasión, el protagonista descubre, tras un accidente, que va cambiando de cuerpo cada doce horas. Poco a poco deberá rastrear las diferentes personas que está ocupando, si existe algún entramado que las una, y redescubrir por el camino su propia identidad. Spiritwalker cuenta con buenas set pieces -es por este tipo de cosas que nos vemos atraídos usualmente por el cine coreano-, pero peca de defectos que se están volviendo habituales en este tipo de producciones: la necesidad de rizar el rizo, de alargar la historia, de dar vueltas sobre sí misma… que acaban por minar sus virtudes, que no eran pocas (la misma premisa, la cuidada estética, las escenas de acción -incluso con alguna muestra de gun fu…-). Llega un momento en que el interés se pierde, y uno acaba deseando que abandonaran el lío de personajes y giros de la trama, para volver a algo más básico y lineal, una ‘de buenos contra malos’. Ya se sabe, aquello de ‘la potencia sin control no sirve de nada’, de ‘a veces menos es más’…

Nos lo tomamos con calma y comemos como es debido (algo a lo que no estamos acostumbrados hasta el último día de festival), para encarar Lucky, una película que no tenemos muy claro por dónde nos puede salir. El cómo ya lo podemos avanzar: rana. Lucky es lo nuevo de una autora que desconocíamos, Natasha Kermani, y cuenta cómo una mujer se ve acosada noche tras noche por un misterioso asesino, que vuelve inexplicablemente por más que lo esquive y le devuelva el golpe. El problema viene con el hecho de que la película se presenta como una gran metáfora, o más bien que la propia metáfora es la película. Se entiende que hay buena intención detrás de ello, y siempre puede ser interesante ver el terror como una figura simbólica -algo que se viene explorando desde los inicios del género. Lo que pasa aquí es que el subtexto (la opresión patriarcal sobre la mujer que representa ese asesino-gota malaya) es el mismo texto. No hay nada que lleve del uno al otro, que justifique su presencia. De manera que la propia metáfora queda vaciada de contenido. Porque le falta construcción, no se apoya en el argumento, está expuesta sin matices… Al final, queda una especie de panfleto feminista nivel parvulario con un mensaje lanzado de forma tan explícita (incluso verbalizada), que produce sonroje por involuntariamente condescendiente y por peligro de volverse en contra de sí mismo. Si al desastre en el guión le sumamos una mala actuación, un pésimo pulso narrativo -sangrante en las escenas de tensión-, y un tono errático, queda eso, un auténtico desastre.

No parece que estemos acabando de pillarle el tranquillo al tema… La siguiente película que íbamos a ver, Minor Premise, la hemos dejado de lado vistas las malas impresiones generalizadas y, después de tomar algo, cuando nos decidimos a movernos, cae el aguacero de rigor que siempre baña algún día del festival. Sorteando las torrenteras que son las calles alrededor del centro de Sitges, nos acercamos a Brigadoon con curiosidad por ver qué tal funciona H. P. Lovecraft’s The Deep Ones. Lo de adaptar los Mitos con cuatro duros nos llama la atención, y suena a una buena forma de aprovechar ese espacio que nos ha quedado libre. Pero hemos subestimado a la gente: ni el escenario pandémico ni el chaparrón han impedido que la sala gratuita del festival se llene, y no nos queda otra que volver por donde habíamos venido.

Llegamos así con los pies mojados a nuestra última proyección del día, Mandibules de Quentin Dupieux. Dupieux es ya un habitual del festival, y aunque no le seguimos la pista regularmente, lo pasamos bien con Au poste! hace un par de años. Eso no impide que al poco de empezar su nueva película, uno se pregunte si alguien necesitaba un Dos tontos muy tontos (Hnos. Farrelly, 1994) de autor. Pero poco a poco Mandibules nos va ganando. La historia de estos dos amigos que se dedican a trampear la vida y por el camino se encuentran una mosca gigante se convierte en una breve road movie con encanto propio, que se vuelve realmente interesante cuando los protagonistas entran en contacto con otro grupo de amigos que los acogen en su casa de veraneo. Vale la pena aquí destacar el maravilloso trabajo de Adèle Exarchopoulos, que encarna lo mejor de la película en un desconcertante papel secundario. Por su lado, la mosca, el gran reclamo inicial, no deja de ser ese elemento anecdótico, instrumental, que ejerce de silencioso cemento para el avance narrativo. Situación tras situación, Dupieux evita sobreexplotar la idea, terminando su película de nuevo en hora y cuarto -virtud poco común hoy en día-, lo que hace que el trayecto se pase en un suspiro. Y que todo el mundo salga con una sonrisa de la proyección, algo no al alcance de cualquiera…

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