Crónica Sitges 2018 (II): De risas y tortas

Todos los años en Sitges hacemos un pequeño hueco para el anime, y esta vez nos lo tomamos de aperitivo ya en la segunda jornada de Festival. Nos estrenamos en el cine Retiro con Penguin Highway, una fantasía que demuestra una vez más que no hay dos elementos que los japoneses sean incapaces de mezclar, por muy alejados que puedan parecer entre sí. Y aquí tenemos nuestra historia de primeros amores, veranos infantiles, pingüinos, entidades que parecen de otro mundo… El planteamiento es adorable, el protagonista es atractivamente repelente, y la cosa funciona. Lo cual no quita que el desarrollo sea bastante canónico y se atisbe una cierta fijación por los pechos que no parece aportar mucho a la historia. Pero el aderezo con esa mezcolanza extraña de elementos, el poso melancólico y una calculada despreocupación a la hora de dar respuesta a cada uno de sus misterios resulta en un entrañable retrato de la infancia que deja un buen sabor de boca como desayuno.

penguin

Seguimos en el terreno de la animación, esta vez con The last fiction, una película que nos despierta especial curiosidad por su procedencia iraní. Adaptación de un popular relato del folclore nacional (parte del Shahnameh, el Libro de los Reyes), esta fantasía épica trata un clásico enfrentamiento del bien contra el mal que se ve lastrado por el notable exceso de diálogo, un diseño de personajes flojo y un desarrollo pesado. Por más que la animación es comprensiblemente rígida (hay que entender que no habrán dispuesto del presupuesto deseable para este tipo de producciones), no parece lucir lo que debería. Y, obsesionada por tener una vocación mainstream, aqueja la falta de experiencia en ese terreno que le suponemos a la industria del país. Tal como salimos de la sala, nos olvidamos de ella…

Cambiamos de tercio de cara a la tarde con American Animals, el relato basado en hechos reales de un peculiar robo frustrado por parte de un grupo de jóvenes. Segunda película del director Bart Layton, aclamado por el documental El impostor (2012), utiliza en este episodio ficcionado material de entrevistas que, conforme se desarrolla la película, uno se plantea si son o no verídicas. Pero sí, parece que esos clips que se intercalan con la reconstrucción de los hechos pertenecen a los protagonistas de los mismos, y ello no hace más que realzar lo surrealista de esta crónica de una muerte anunciada. Según las inclinaciones del espectador, éste podrá reír o sufrir en distinta proporción, porque el patetismo campa a sus anchas por una historia que encuentra su fuente de tensión no en el gran duelo de voluntades -como podría ocurrir en otros relatos de atracos- sino en la concatenación de desastres probables e inevitables. La dirección de actores (con el extraño Barry Keoghan a la cabeza) es sobresaliente, y destila una desazón generacional que da para pensar una vez fuera de la sala. Divertida a la par que inquietante.

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Después llega un cineasta al que le tenemos ganas. A Timo Tjahjanto, de origen indonesio, le echamos el ojo por el segmento que co-dirigió para la antología V/H/S/2 (2013) y que quitó el hipo al personal. Este año ha comenzado a desarrollar su carrera en solitario y en Sitges presenta dos películas. La que nos ocupa es la cinta de acción The night comes for us, y es todavía más de lo que podíamos esperar. Tal vez nos hallemos ante una de las películas de su género más brutales de la historia del cine, en la que la cantidad de miembros dislocados, sangre y dolor, en definitiva, alcanza cotas estratosféricas. Pero la gracia es que Tjahjanto confirma su talento para la puesta en escena, y el resultado a nivel cinematográfico es impecable. Puede que la historia sea superflua, pero el impacto es tal que ni siquiera importa. The night comes for us se erige como el Shambala del cine de acción, una experiencia tan gozosa como inmisericorde, y probablemente lo mejor que ha producido y producirá Netflix en mucho tiempo. A la salida la gente está absolutamente loca, como si hubieran tomado alguna substancia poco recomendable, y lo único que nos toca la moral es perdernos May the devil take you, la otra propuesta del director para este año, enmarcada en el terror folclórico.

night

La fiesta sigue acto seguido con One cut of the dead. Con una delegación para presentar la película que apenas si cabe en el escenario de la sala, esta comedia japonesa está a punto de erigirse en la sensación del festival. Es mejor no adelantar mucho sobre ella, pero baste decir que es cine que se pliega sobre sí mismo, un auténtico homenaje a aquellos que crean películas desde el amor al propio arte fílmico. Con una peculiar estructura, consigue darle una vuelta de tuerca al gag de repetición, haciendo que la segunda parte de la película no sólo sea más divertida que la primera, sino que haga aquélla mejor de forma retroactiva. Una demostración más de que se puede hacer gran cine con bajo presupuesto (algo que podremos volver a comprobar más adelante en este festival). El encantador equipo se quedó durante toda la proyección en la sala, tal y como haría en los siguientes pases de la película, y obtuvo su recompensa en forma de risas abundantes y una de las ovaciones más cerradas a las que hemos podido asistir nunca en Sitges. Gente de pie, uno de los actores llorando, y peticiones de fotos a raudales consiguieron hacernos a todos un poco más felices. Y de eso mismo se trataba. La joie de filmer, que diría aquél.

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Después de una tarde tan gozosa, cuesta terminar en la nota baja, pero realmente no se le pueden ofrecer demasiados halagos a Zoo, la película con la que cerramos nuestra jornada. Un survival zombi -género por definición bastante gastado- que intenta encontrar su identidad al combinar el apocalipsis con una crisis de pareja que se ve forzada a compartir un espacio común (su propio piso) que ya no le pertenece. El problema es que su director Antonio Tublén no consigue encontrar el tono adecuado para la película. Es una comedia que está filmada como un drama, luego al querer ser comedia hace menos gracia de la que debería, y como drama con golpes cómicos aqueja de una falta de profundidad dramática. Además, la abundancia de bromas sobre drogas no dan para hacer algo rompedor como parece pretender, y el resultado es en definitiva tedioso. Un mal cierre para un día que nos ha dejado más alegrías que otra cosa.

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