Crónica Sitges 2012: Día 8

Me levanto para ir al Prado a ver una sesión que me hace especial gracia, ya que recoge, dentro de la subsección ‘Petit Format’ de Noves Visions, dos películas de una modalidad tan poco utilizada como la del mediometraje. La primera de ellas es “Mekong Hotel“, lo último del afamado director tailandés Apichatpong Weerasethakul (Premio de la crítica en Sitges 2010 por “Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas”). Como en sus otras películas, Weerasethakul apuesta por una experiencia radicalmente contemplativa, de planos amplios, largos, serenos, que fluyen lentamente como el río que acompaña el título. Parece que uno tiene tiempo sobrado de dejarse llevar -y así es- hasta que, como ocurriera por ejemplo en “Síndromes y un siglo” (2006), aparece un elemento que, de forma subterránea, hace que nos replanteemos lo que vemos, que de repente, y a pesar de la parsimonia del conjunto, parezca que, por momentos, no le seguimos el ritmo. Se vuelve la película una experiencia más activa, que termina finalmente en un remanso, un plano-meandro que nos invita, bien a cerrar conclusiones sobre lo que hemos visto, bien a dejarnos hipnotizar simplemente por la cotidiana belleza del conjunto.

Antes de la segunda pieza, nos encasquetan un corto llamado “The Curse“, incomprensiblemente colocado en ese punto, ya que es de un videoclipero subido, espídico, que nos da un guantazo tras la propuesta tailandesa. La forma anula completamente cualquier posible contenido, que con el breve desarrollo dado (apenas cinco minutos), tampoco resulta relevante.

Pasemos hoja, pues. Es el momento de “Henge” de Hajime Ohata. Tras la anterior cinta, cuesta acostumbrarse a la estética cutre de “Henge”, que parece en cierta forma un telefilme de bajo presupuesto. La fotografía es torpe, muchos encuadres antiestéticos. A pesar de contar con momentos atractivos y un maquillaje de serie B gracioso,  la historia del hombre que sufre una metamorfosis monstruosa está captada con mayor fortuna por los americanos en “La mosca” (D. Cronenberg, 1986) y por los mismos japoneses en “Tetsuo” (S. Tsukamoto, 1988), por poner sólo dos ejemplos. Se hace, así, algo pesado el desarrollo durante los tres cuartos de hora que se suceden, pero sorprende por contra la fuerza que adquiere la película en sus últimos diez minutos en que, sin despegarse de su carácter de serie B (más bien acentuándolo), consigue alcanzar unas cotas de epicidad y una profundidad inesperadas, en un cierre que arranca aplausos de una parte importante del público.

Toca cambiar por completo de tono y, en el Auditori, me dispongo a presenciar lo nuevo de Mamoru Hosoda, que hace tres años nos proporcionó un buen disfrute con su “Summer Wars”. En esta ocasión, trae “Wolf Children“, un cuento sobre la identidad y la madurez estéticamente sobresaliente. Los estudios Chizu y Madhouse alcanzan unas cotas técnicas que los sitúan al nivel de Ghibli, los diseños son deliciosos, encuentro algunos recursos visuales que me retrotraen a un Disney viejuno (el de “Fantasía”, de “Bambi”). La historia de estos niños-lobo trasciende, está filmada exquisitamente, y únicamente queda empañada por algunos detalles de guión que traicionan la coherencia emocional de la cinta -hay un par de momentos en que Hosoda llega a caer en el ridículo, absolutamente en contra de sus intenciones. Si uno consigue pasarle los puntuales defectos, le queda una obra de animación de las grandes.

Desgraciadamente, tras la proyección me tengo que trasladar a Barcelona, así que pierdo todas las sesiones de la tarde-noche de este jueves de Festival. A cambio, doy parte de él en la radio.

A la vuelta, me animo a cerrar la jornada con la ya legendaria maratón Japan Madness, que supone mi mayor placer (no) culpable de Sitges. La selección de este año es especialmente variada: frente a la tríada de películas gore de la factoría Sushi Typhoon que suelen conformar esta sesión, este año la preceptiva entrega de serie Z viene acompañada de lo último de la saga “The Ring” y de una propuesta de animación. Muy atractivo. Las presentaciones a cargo de los realizadores de las dos primeras películas de la madrugada, Noboru Iguchi y Tsutomu Hanabusa, alcanzan altas cotas, con discursos que arrancan risas y aplausos a los espectadores (“La gente que ve estas películas suele tener pocos amigos. Siento que esta noche todos los que estáis aquí sois mis amigos” dice Hanabusa).

Las luces se apagan y comienza una de las mayores bizarradas que se esperan en esta edición del festival, “Dead Sushi“, lo último del realizador de la inefable “Robogeisha” (2009). Desde luego, la película es de todo menos virtuosa, pero hace gala de un surrealismo barroco y un caracter festivo ‘peti qui peti’ que la hacen triunfar en este contexto. Algunas ideas son realmente demenciales -cuanto más demencial, más genial-, la puesta en escena es de una consciente cutrez, las actuaciones de una basicidad que asusta. Es la película ideal para ver con cervezas y amigos, a pesar de que se le podría haber sacado más jugo al desarrollo de la historia y los personajes, y las últimas cintas de Iguchi me parecen más logradas en ese sentido (con “Robogeisha” a la cabeza, que se cuenta además entre lo más bizarro que se puede ver en este tipo de películas direct to video).

La última entrega de la serie “Ringu”, “Sadako 3D“, viene con un presupuesto más decente bajo el brazo, aunque ello no implique necesariamente una mayor calidad. Evidentemente, la cinta se aguanta con mayor solidez desde el punto de vista técnico que la anterior. En medio de un sueño irresistible, provoca un par de sustos de aúpa usando el efecto tridimensional de la forma más antigua que se conoce (al “Captain EO” de Disneyland me remito) y explotando el sonido de forma bastante burda, con efectos mezclados a niveles exageradamente más altos que los diálogos. A pesar de ser una versión extremadamente camp de la original, no puedo decir que esté siendo desastrosa, pero el desarrollo me parece sumamente plano -sin contar el carácter ‘para todos los públicos’ que había avanzado su realizador al inicio de la velada.

Aunque, mientras tengo los ojos abiertos, la expectativa de un nuevo susto hiperbólico me mantiene en tensión, y del interés que me provoca la película de cierre, “Gyo”, el peso de los párpados supera cualquier fuerza externa, de forma que decido abandonar la sala para intentar llegar a la cama antes de las cuatro de la madrugada.

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2 Respuestas a “Crónica Sitges 2012: Día 8

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