Crónica Sitges 2022 (VII): Vamos, Michael

Se nos echa encima un día un tanto irregular pero, como siempre, vamos a intentar extraer lo interesante incluso del material agridulce. La cinta que más difícil nos lo pone hoy es Vesper. Y eso que, de entrada, cuenta con los ingredientes para pasar el filtro: un survival post-apocalíptico que parece contar con un presupuesto holgado y unos diseños robóticos, de fauna y flora muy cuidados. Y sí, todo eso se cumple, pero el problema es que no pasa de esa línea base. Los directores Kristina Buozyte y Bruno Samper, que vienen a presentarla, apelan al acercamiento emocional a la cinta por encima de la intelectualización. Pero a la vez, entregan una película donde las emociones quedan enterradas bajo el peso de un desarrollo lánguido, demasiado preocupado por hacer valer su construcción del mundo y dirección artística, en vez de imprimir el ritmo adecuado para que haga acto de presencia el sentido de la maravilla que en teoría invoca. En vez de eso, acaba por aflorar el sopor.

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Crónica Sitges 2022 (VI): Feminidades desatadas

Hoy es festivo nacional, así que debemos pensar que los organizadores de Sitges habrán intentado colocar algún plato especial en la programación, para una jornada en que se prevé un buen número de espectadores. Así pues, empezamos encarando Watcher con el interés de ver a Maika Monroe en un rol protagonista, unos cuantos años después del que fuera su momento de oro con It follows y The guest, allá por 2014. En la película de hoy, se muda con su novio a Rumanía y, mientras intenta adaptarse a ese nuevo entorno, empieza a notar que está siendo observada. El enfoque es más de suspense que de terror y la directora Chloe Okuno se centra en la creación de una atmósfera fría, desangelada, que se cierne sobre su personaje y que aprovecha luego para generar un clima de dudas y paranoia. El interés de Watcher gira entorno a los posibles equívocos, a la alerta constante y al replanteamiento de la relación entre el observador y el observado. Bien es cierto que acaba por topar con una pared invisible que parece impedirle profundizar más en esta línea y la película desemboca en lugares menos sugerentes que los de su planteamiento, pero aún así resulta un esfuerzo encomiable de ambientación que Monroe sostiene prácticamente en solitario.

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Crónica Sitges 2022 (V): En la variedad está el gusto

Pasamos por el ecuador del festival intentando mantener una visión lo más ecléctica posible del panorama fantástico de este año y, aficionados como siempre al cine Prado y su sección estrella, Noves Visions, entramos a ver We might as well be dead. Se trata de un relato post-apocalíptico en el que no llegamos a vislumbrar nunca ni la razón del desmoronamiento ni el estado real del mundo exterior. Únicamente contamos con la noción de que la gente vaga desesperada por una tierra hostil y que trata de ser acogida a cualquier precio en unos bloques de pisos que representan el último reducto de civilización. Pero claro, las situaciones extremas llevan a extremos y la necesidad de seguridad genera sociedades que, bajo una capa de perfecta corrección y amabilidad, esconden latentes los instintos humanos más básicos. Así, la película de Natalia Sinelnikova cuenta con una ambientación interesante, formas austeras, y su manera de enfocar este subgénero de la ciencia ficción resulta atractivo. Pero también es cierto que la historia comienza a ser redundante hacia la mitad y, una vez ha quedado clara esa voluntad de exploración sobre la cotidiana semilla del fascismo, la película no consigue aportar mucho más sobre una idea que ya había quedado suficientemente desarrollada, al menos con los ingredientes que ella misma plantea. Tan solo queda dar vueltas sobre conceptos ya presentados o añadir anécdotas referidas a personajes episódicos y la sensación final es un tanto agridulce pese a los valores intrínsecos de la cinta.

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