Crónica Sitges 2025 (II): Buffet libre

Ya se sabe que el fin de semana suele venir cargadito, así que no es de extrañar que el primer sábado de Festival nos hayamos colocado en la parrilla cinco películas. No acostumbramos a madrugar para la sesión despertador si no es por algo especial, y esta vez nos sacrificamos por Paul Urkijo, que estrena Gaua tras el arrollador estreno de Irati hace unos años. Urkijo continúa su exploración del folclore vasco y, en esta ocasión, se centra en el mundo de las criaturas de la noche y las brujas. Articulada en relatos que, sin embargo, responden también a una narrativa global, Gaua crea una sugerente atmósfera de cuento popular oscuro, en el que los azules nocturnos se mezclan con los anaranjados de la hoguera, y en el que los caminos de los espíritus paganos se cruzan con los de las desheredadas de la tierra. Puede que esta última cinta del director no llegue al nivel de Irati, mejor articulada a nivel narrativo, y en la que el tono aventurero compensaba la falta de ritmo interno que aquejan en ocasiones sus planos y secuencias, pero sin duda se mantienen las lecciones aprendidas tras la más modesta Errementari (2017), y es imposible no valorar la militante línea creativa del vasco, dispuesto a salvar cierto tipo de fantástico que se encuentra totalmente desaparecido del panorama nacional.

Nos quedamos en el Auditori, amarrados siempre que podemos a esta sala grande, mientras las satélites están bien de reformas, bien en condiciones subóptimas, y nos lanzamos a por All you need is kill de Kenichiro Akimoto. Basada en el manga del mismo título, tenemos curiosidad por ver qué ofrece esta versión animada tras haber disfrutado mucho en su día con la adaptación americana, Al filo del mañana (Doug Liman, 2014). Tras los pinceles se encuentra Studio 4ºC, caracterizado por su versatilidad y la creatividad que imprimen a sus obras, muchas veces escapando de los moldes tradicionales. En esa línea, All you need is kill tiene un estilo de dibujo alegremente alejado de su material base, más cercano al del Mind Game de Masaaki Yuasa (2004), y unos colores vibrantes que contrastan con la temática, la de una invasión extraterrestre que introduce por accidente a la protagonista en un bucle temporal en el que muere una y otra vez a manos de los alienígenas. La cinta es divertida, si bien se echa en falta algo más de desarrollo de personajes, estando muy orientada a la acción, el desarrollo de ese bucle y del humor negro asociado. Puede que sea esa dedicación a la trama y el despliegue artístico la que le impida alcanzar una mayor intensidad y finalmente, pese a sus evidentes virtudes y lo injusto que sería no recomendar su visionado, no podemos evitar decidir que nos quedamos con la versión protagonizada por el incombustible Tom Cruise.

Viene ahora uno de los bombazos de la temporada, Good boy de Ben Leonberg. Publicitada como la primera película de terror protagonizada por un perro, la cinta tiene el acierto de colocar la cámara siempre a la altura de su protagonista, Indy, dejando los bustos humanos fuera de campo o de foco, como si de una historia de Charlie Brown se tratara. Desgraciadamente, la cosa no tiene mucho más recorrido. Good boy es una estupenda idea que se agota con relativa facilidad, cuando las repetidas apariciones paranormales se estancan, y sólo queda ver al diligente can reaccionando ante lo que pasa a su alrededor, muchas veces con más curiosidad que miedo. Es verdaderamente complicado sustentar la película en un personaje sin capacidad de habla y con un rango de acción inevitablemente limitado, y eso hace que incluso sus escasos 72 minutos se hagan demasiado largos. Probablemente, Good boy podría ser un modélico mediometraje de terror, pero se queda en un interesante ejercicio de efecto Kuleshov* y en una clase magistral de marketing respaldada por la debilidad congénita de los humanos ante la presencia de un buen perro.

* El efecto Kuleshov (por el cineasta ruso Lev Kuleshov) es una prueba del sugerente poder del montaje cinematográfico: un mismo plano, concatenado con imágenes diferentes, generará probablemente una interpretación distinta en el espectador. En el caso que nos ocupa, una imagen del atento Indy seguida de un bol de Whiskas nos hará pensar que está hambriento, mientras que si la unimos a una aparición espectral, nos sugerirá que se siente asustado.

Siguiente ración, galletas. Siempre intentamos escoger alguna película de acción pura y dura, que suele estar integrada en la sección Òrbita del festival. Pero en esta ocasión, la muestra más reseñable de la edición parece hallarse incluida en la Sección Oficial. Se trata de The Furious, del japonés Kenji Tanigaki que, tras haberse bregado como coordinador de artes marciales, se lanza a dirigir una producción hongkonesa. El argumento de The Furious es el de toda la vida: un padre tiene que rescatar a su hija, secuestrada en este caso por una mafia de trata de blancas. El fuerte de la cinta no es por supuesto la historia, sino las propias escenas de acción, de una elaboración y contundencia que quitan el hipo. Muy en la línea que descubrimos con SPL2 (Soi Cheang, 2015) o The night comes for us (Timo Tjahjanto, 2018), la cantidad de huesos rotos, saltos, golpes estruendosos, contusiones y chorros de sangre son imposibles de contabilizar. El público sale encantado, aunque a nosotros nos molestan un tanto el uso del inglés como lengua vehicular (un sinsentido claramente orientado a potenciar las ventas internacionales), algunos comportamientos de los personajes que son tan sumamente estúpidos que sobresalen de la pantalla o la cada vez más exagerada tendencia a que los luchadores sean auténticos terminators, levantándose una y otra vez por más que los hayan hecho trizas, matado y rematado. Podría decirse, por tanto, que The Furious resulta satisfactoria y agotadora a partes iguales.

Finalizamos la jornada con la película que nos ha hecho madrugar esta mañana a fin de poder cuadrar unos horarios imposibles. En nuestro amado cine Prado (que sin embargo resulta cada vez más incómodo) proyectan la nueva entrega de una saga habitual en Sitges: V/H/S/Halloween. Si bien no hemos seguido la serie al detalle, el buen sabor de boca que nos dejó en su día V/H/S/2, así como la frustración de no poder asistir el año pasado al pase de V/H/S/Beyond -proyectada en el Escorxador, lugar vetado para prensa-, y sumado al hecho de que esta nueva iteración cuenta con una historia de Paco Plaza, hacen que nos acerquemos con ilusión a verla. La película vuelve a ser una grata sorpresa: con cinco segmentos intercalados con otro que sirve de cojín entre medias, no hay ningún capítulo que no tenga su interés. Varios de ellos remiten a la última tendencia de los espacios liminales (se antojaría sin duda un V/H/S/Liminal), con personajes atrapados en dimensiones alternativas y macabras, cazados mientras salen alegremente a practicar el clásico trick or treat. El que más se aleja de este planteamiento es precisamente Plaza, con una seánce que se va de madre y rodada (¡sorpresa!) en castellano, sin que ello suponga ningún obstáculo para la función. Se hace patente, pues, la libertad que han tenido los creadores para desarrollar sus proyectos, y eso se traduce en frescura, por más que se aprecien yuxtaposiciones en los planteamientos. Porque permite ver el uso que hace cada uno de los recursos visuales asociados a la grabación doméstica, el tono más cómico o más tétrico que aportan, sus filias estéticas… V/H/S/Halloween es pues una ensaladilla 100% disfrutable y mantiene encendida la llama de los que nos acercamos a las películas de episodios como polillas hacia la luz, por más que tengamos tendencia a electrocutarnos.

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