Ya le vemos las orejas al lobo, la gasolina de nuestro pase de prensa se agota peligrosamente y damos vueltas y más vueltas planteándonos posibles ajustes para gastar bien estos últimos cartuchos en forma de entradas de cine. Con tal coyuntura decidimos mantenernos, por ejemplo, en Else, pese a que las esperadas psicodelias de Infinite summer y She loved blossoms more nos salieran rana. Ésta es la buena. El debutante Thibault Emin se pasa a presentar su película por el Auditori aquejado de una notable resaca, lo cuál no es óbice para que el público le muestre su respaldo. Else comienza como una cinta de factura modesta, en la que su asocial protagonista liga con una chica extrovertida y un tanto excéntrica. En medio de esos compases iniciales de la relación, se declara el toque de queda a nivel nacional: una extraña enfermedad está transformando radicalmente los cuerpos, al punto de llegar a desintegrarlos. Hija del covid y de la paranoia higiénica, Else consigue rememorar muy bien aquellos momentos desde una perspectiva exagerada, que empieza colorida y humorística, para adentrarse paulatinamente en un mundo extraño, hermético, a medio camino entre lo terrorífico y lo meditativo. En ese sentido, el último tramo es fantásticamente alucinógeno y eleva varios enteros la película a nivel visual y conceptual, al punto de convertirse en toda una promesa dentro de la Sección Oficial de este año (en el palmarés conseguirá rascar el Premio al Mejor director revelación). Sin duda, Thibault es uno de esos realizadores a los que tendremos ganas de seguir en sus próximos pasos.
Otra elección complicada que hacemos es la de mantener en nuestra programación The colors within, que cuenta con una única sesión en el cine Prado y que, de rebote, nos obliga a reestructurar a niveles absurdos el fin de semana. Pero tenemos ganas de ver algo destacado en el terreno del anime, y esta nueva película de Naoko Yamada, la directora de A silent voice, parece una de las mejores candidatas este año. The colors within es una cinta sin grandes ambiciones, más allá de transmitir buenos sentimientos y contar la sencilla historia de una jovencita que ve el aura de las personas en forma de color, vive en un internado y decide montar una banda de música con los amigos (lo que nos hace recordar la estupenda Her blue sky de hace unos años). No hay conflictos importantes más allá de los avatares cotidianos, las dudas e inseguridades adolescentes y alguna que otra inocua rebeldía. Su estética es serena y todo está pensado para ser disfrutado sin grandes sobresaltos ni dramas tan profundos como los de la anterior cinta que trajo aquí la directora. Con personajes entrañables y final emotivo, todo el mundo sale relajado y con una sonrisa en la cara, que ya es mucho.
Tras pasar la tarde en un acto organizado por la Generalitat para celebrar los 20 años del Jurat Jove, del cual fuimos partícipes en su día, y que nos permite reencontrarnos con conocidos, disfrutar de un pequeño cóctel y cruzar cuatro palabras con el actor Sergi López (que han invitado para darle un poco más de caché a la velada), hemos decidido interrumpir las cervezas en que ha derivado el asunto para entrar a ver The Gesuidouz. Película desenfadada y desacomplejada, sigue a la banda de punk del título en su afán por saltar a la fama. El caso es que sus componentes son unos jóvenes colgados y bastante cafres, fans del cine de terror, con determinación por triunfar pero ninguna aptitud para ello más allá de su impulso creativo y un absoluto desdén por las limitaciones que impone el mundo cotidiano. The Gesuidouz tira de humor tontorrón pero cándido y lanzado con desparpajo, dibuja cuadros absurdos y es recorrida por personajes que reciben el chaparrón con una flema antinatural; lanza por boca de su protagonista algunas referencias que harán las delicias del aficionado (atención incluso a algún cameo inesperado) y aprovecha con inteligencia su ajustado presupuesto. Mientras la estamos viendo, nos hace recuperar algunas de las sensaciones que nos causaron hace años El sabor del té (2004), Funky Forest: Primer contacto (2005) o algunas películas de Takeshi Kitano; y es difícil resistirse a ese encanto, que modeló parte de nuestros gustos actuales. Al salir, aún nos apetece compartir otra cerveza con viejos amigos para cerrar el círculo, antes de irnos a la cama demasiado tarde como para poder decir que estamos respetando las buenas costumbres.



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