Jornada complicada en Sitges, con un puñado de películas sobre las que nos hemos generado notables expectativas y, ay, ya se sabe lo peligrosas que son las expectativas… Sin embargo, comenzamos la mañana, mientras oímos cómo todo el mundo alaba Pobres criaturas de Yorgos Lanthimos (ya sabíamos que iba a ser una gran destacada del festival, pero nos ha dado por esperar a su estreno para priorizar opciones más complicadas de cazar), con una cinta que nos despertó curiosidad al revisar la programación y que afortunadamente cumple con gracia sus planteamientos. Se trata de la japonesa Best wishes to all, la primera de Yûta Shimotsu. En ella, una joven estudiante de enfermería visita a sus abuelos en el campo y empieza a notar comportamientos extraños, que tal vez había atisbado de pequeña, pero que ahora se vuelven más incómodos y agudizados que nunca. Resulta muy útil para navegar por la cinta la clave que nos ha proporcionado el director durante la presentación, según la cual la historia se basa en una creencia popular por la cual la felicidad de unas personas está ligada a la desgracia de otras. Con esta idea en mente, se descifra mucho mejor una cinta extraña (tomen nota los de All you need is death), que nos hace recordar en su primera parte a La visita de M. Night Shyamalan (2015), que mezcla lo cómico con lo enrarecido y que va creciendo en extravagancia pero sin llegar a perder nunca el foco, generando algunos momentos bastante escalofriantes. Así que salimos del Auditori pensando, esperanzados, si no estaremos a las puertas de una nueva etapa de florecimiento del cine japonés.
Volvemos a entrar en la sala sin apenas pausa para ver cómodamente Stopmotion de Robert Morgan. Entramos en contacto con su obra mucho tiempo ha gracias a Bobby Yeah (2011), que se proyectó en su día en el MECAL, y hemos podido ver algunos de sus otros cortos animados, disponibles online, y que tienen siempre en común un sentido único de la morbidez, que los hace a la vez profundamente incómodos e hipnóticos. Hasta el punto de que éste, su primer largo, es tal vez la película que más ganas tenemos de catar en esta edición de Sitges. Para esta ocasión, Morgan ha optado por mezclar su habitual stop motion con la narración live action. Su protagonista es también animadora, y va a vivir una personal bajada a los infiernos mientras intenta encontrar su propia voz frente a la losa que es la fama de su madre, ampliamente reconocida en el medio, y que intenta acabar su última película antes de morir. El problema con Stopmotion es que la parte interpretada por actores de carne y hueso es menos atractiva y de dirección más plana que los fragmentos donde toman vida los muñecos de cera marca de la casa. Los no iniciados quedan sorprendidos por la perturbadora cualidad de estos últimos, que protagonizan algunas escenas muy interesantes, donde aflora la imaginería presente en los cortos de Morgan. Sin embargo, para los que ya hemos visto esas otras películas, ésta nos sabe a poco. Así, si bien nos quedaríamos sin pensarlo con Stopmotion antes que con Madre! (Darren Aronofsky, 2017) como propuesta que presenta el acto de destrucción como reverso del acto de creación, no podemos evitar abandonar la sala deseando que la película hubiera sido una locura de hora y pico, con la animación como centro absoluto de su propuesta formal.
Parada técnica para comer y vamos con The uncle, otra de nuestras apuestas personales porque siempre sentimos curiosidad por cinematografías que no habituamos (en esta ocasión la serbia), tal vez porque nos quiere recordar a su manera a la curiosa The Dawn hace un par de años, o simplemente porque el trailer nos ha presentado algo que no sabemos si es cómico, fantástico, terrorífico o todo a la vez. En este caso, venimos sin expectativas basadas en algo contrastable, pero nos hemos ido motivando ante las opiniones de los que ya la han visto. Creando su propio y perverso bucle (nada que ver con la placentera River del otro día), en The uncle una familia recibe día tras día la visita del tío del título, que desea pasar una Navidad idílica con sus queridos parientes. Pero hay cosas que descuadran: el supuesto hijo adolescente hace años que se afeita, el visitante no genera sino una tensa incomodidad que todo el mundo se esfuerza por disimular y el ciclo no parece tener fin. Sólidamente dirigida por David Kapac y Andrija Mardesic, la película mantiene un ambiente viciado muy interesante, y es difícil no sentirse atrapado por esa trama que no es sino una calmada home invasion en la que nunca se sabe por dónde se van a torcer las cosas y qué puede pasar si lo hacen. Pero también es cierto que, llegados a un punto, uno se pregunta el porqué de todo. Cuando parece que la cinta se está tornando decididamente nihilista y que juega a una sola e insistente idea, cabe pensar si no está intentando lanzarnos algún tipo de mensaje o alegoría. Y la cosa no llega a quedar clara, así que finalmente nos deja con cierto desazón que, si bien no puede compararse con el despropósito de Speak no evil el año pasado, sí que se convierte en el referente más claro que nos viene a la mente.
Y si como mínimo las anteriores propuestas tenían sus puntos de interés, la mayor decepción del día va a ser The Funeral de Orcun Behram. Muy interesados por ella tras ver su resultona ópera prima The Antenna, la nueva película del turco es un relato vampírico sin fuelle alguno, en la que un conductor fúnebre transporta para arriba y para abajo a una no-muerta con sed de sangre. Una especie de Under the Skin (Jonathan Glazer, 2013) despojada de su potente pathos, y convertida en una cacería mecánica y de ritmo moroso, exenta de erotismo o misterio o tensión, que pretende contrastar con un tramo final de acción realizado con bastante torpeza, lo que lo hace parecer todavía más fuera de lugar… Insustancial y gris como su fotografía, esta vez el viaje al Este no merece el billete, y cualquier aficionado haría mejor en revisar la cinta de Glazer o la ya clásica Déjame entrar de Tomas Alfredson (2008). Así las cosas, no extrañará al lector que tras esta ristra de golpes de realidad de diferente calibre, nos fuéramos a la cama con los ánimos tirando a bajos…




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