Crónica Sitges 2020 (VI): Tradiciones y moldes

En uno de esos arranques de última hora, nos la jugamos con una sesión de Panorama Fantàstic, y nos acercamos el jueves por la mañana al cine Retiro para ver The Old Ways, la ópera prima de Christopher Alender. En ella, una periodista estadounidense llega a un rincón de Veracruz, su lugar de origen, para ahondar en el folclore local. Como buena reportera que es, entra donde le dicen que no entre, y acto seguido los lugareños la retienen con el objetivo de exorcizar un demonio que ella no ve por ningún lado… La modestia en la producción de The Old Ways -casi una pieza de cámara- es igual a la de sus pretensiones. Y eso hace que se eleve muy por encima de las expectativas que teníamos. Es una película directa al grano, sin parafernalias ni grandes divagaciones, con un uso de la imaginería pagana mexicana que, sin ser rompedor, consigue darle un toque de frescura. Así que, algún bajón de ritmo a parte, salimos contentos de haber descubierto una buena muestra del cine de posesiones, que no tiene la necesidad de compararse con nadie ni de hacerse la importante, sino únicamente centrarse en resultar efectiva.

Preocupados por la escasez de animación este año, hemos puesto todas nuestras esperanzas en la japonesa Seven Days War, un drama adolescente basado en una novela de los ochenta. En ella, unos compañeros de instituto planean una acampada conjunta, alejados de sus padres, para acabar atrincherados en un acto de rebeldía con diferentes connotaciones para cada uno de ellos. Seven Days War es también una película pequeña, que ni tan siquiera toca el fantástico – ya nos hemos encontrado con esto otras veces en el festival- y que, liberada por voluntad propia o por limitación de medios de virguerías técnicas y construcciones barrocas, acierta a encarar su historia con sensibilidad y sencilla precisión. Puede que la mitad de producciones anime estén protagonizadas por adolescentes y, aún así, resulta sorprendente como, cuando se ponen en serio, siguen siendo capaces de contarnos algo interesante. Historias que hacen que en determinados momentos pensemos que aquello es demasiado infantil, que estamos un poco fuera de sitio, que ya lo tenemos superado, para un par minutos más tarde emocionarnos al borde de la lágrima. Seven Days War lo consigue con su energía vitalista y por abordar temas poco comunes en este tipo de cine, y que reveberan en lo social. Es sin duda la película de animación del año en el festival.

No nos vamos a esforzar en explicar gran cosa sobre lo siguiente que vemos, Honeydew, una de esas en las que dos incautos son atrapados por una pareja de psicópatas con ánimo, en este caso, de comérselos a trocitos (se trata de una versión libre, dicen, del cuento de Hansel y Gretel). Tan sólo queremos alejar a cuanta más gente mejor de este artefacto insufrible que, si algún mérito tiene, es que consigue ser desagradable en cada plano, cada transición, música y efecto de sonido… Se hace interminable, tiene tales ínfulas que cuesta dar crédito de ello. Y, en la realidad, nada que aportar. Todavía resacosos, nos dejamos llevar por la corriente para ver lo último de Alexandre Bustillo y Julien Maury. Nos resulta muy curioso el predicamento que siguen teniendo entre la audiencia, todavía ávida por recuperar a los cineastas de Al interior (2007). Pero lo cierto es que no estaban ya muy centrados en su siguiente película, Livide (2011), tampoco los encontramos inspirados en Aux yeux des vivants (2014), y no los esperamos especialmente de vuelta en Kandisha. Y así pasa. Kandisha es una típica historia de espíritu vengativo, que invoca una adolescente en un ataque de furia para luego ver cómo la cosa se va de las manos y empieza a aniquilar a sus allegados. Si algún interés tiene la película, es la ambientación de suburbios, el recurso a la tradición árabe integrada en la cultura popular y la ausencia de subtextos tontorrones. Por lo demás, no da lugar a grandes sorpresas, y el desarrollo es tan de manual que no compensa el buen estilo visual de los franceses. Lo positivo es que han conseguido llenar una sala de cine, la mejor noticia que se puede tener estos días.

Para acabar el día, hemos buscado lo más punk que se nos ha ocurrido, y no es otra cosa que Saint-Narcisse, de Bruce La Bruce. La Bruce y su cine homoerótico tienen un rinconcito reservado en Sitges, siendo su obra más recordada L.A. Zombie (2010). En lo de hoy, el fantástico queda sustituido por lo rocambolesco. Hay en Saint-Narcisse un chico con filias no del todo claras, la búsqueda de una madre desaparecida que vive con una mujer que parece no envejecer, un monasterio en el que se dan relaciones poco católicas… El batiburrillo está servido, y el carácter del director queda claro desde el minuto uno, cuando abre la película con un plano detalle del paquete del protagonista. La sutileza no sería desde luego una de las virtudes de La Bruce, y es justo cuanto más burro se pone que su cinta se disfruta más (el que venga a por delicatessens, se ha equivocado claramente de lugar). La cuestión es que esos momentos se encuentran demasiado diluidos en una trama de auténtico culebrón vespertino, acentuado por un estilo visual que no acaba de decidirse entre el underground y el intento de acabado ‘profesional’. Hay momentos para enmarcar, entre los cuales algunos intentos de flirteo, un sacrílego montaje paralelo con masturbación de por medio, o algunas escenas entre seminaristas que harían temblar a cualquier cura despistado. Nada más que por éstos, agradecemos la existencia de Saint-Narcisse y el haber venido a verla. Que realmente sea una buena película, ya es otro cantar…

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