Crónica Sitges 2019 (I): Historias de violencia

El jueves 3 de octubre llegamos de nuevo a Sitges para nuestra inmersión anual en un festival de cine que nos apasiona. Puede que esta edición no contenga títulos tan llamativos como los de los últimos años, pero aún así esperamos encontrarnos con un buen puñado de películas interesantes y estamos expectantes ante posibles sorpresas. Así pues, tras descargar el equipaje y recoger nuestra acreditación, nos vamos directos al Auditori del hotel Melià para el pase matinal de la película de inauguración de esta 52ª edición del certamen.

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Vicenzo Natali es un director muy ligado a Sitges. No en vano, su ópera prima, Cube, ganó la edición de 1997, y desde entonces el Festival ha proyectado casi todas sus cintas. No es de extrañar, pues, que la apertura sea En la hierba alta, incluso si se estrena de forma casi simultánea en la omnipresente Netflix. El vínculo se hace más patente incluso al ver que esta última producción trae reminiscencias a Cube, como si fuera una variante en exteriores de aquella historia. Natali nos sumerge en un laberinto cuyas paredes son tan flexibles como los tallos de las plantas que aparecen en el título, pero tan engañosas como las habitaciones de la prisión futurista que le dio fama. Como es habitual en el canadiense, el ritmo está bien llevado, y la narración contiene pasajes de gran visceralidad. Elementos como la misteriosa roca que se alza en algún lugar en el centro del campo o la intrigante interpretación de Patrick Wilson -a quien la organización agasaja con un Premio Màquina del Temps-, hacen que el interés se mantenga. Sin embargo, la película decae en su tramo final por el exceso de ruido y forcejeos; paradójicamente, al revolcarse físicamente en el barro de esa hierba alta cada vez más oscura, la cinta termina perdiendo parte de su energía telúrica. Ese flojeo en el último acto, en un intento por alcanzar el paroxismo en el clímax, no nos es nada ajeno (y de hecho va a repetirse a lo largo de estos días) pero, aún así, no llega a echar por tierra lo que en global es un buen entretenimiento.

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Continuamos en la misma sala con Bloodline, una de esas películas que de cuando en cuando incluimos en nuestra parrilla más por rellenar huecos que por un interés real en lo que puedan ofrecer. Y de esas que nos llevamos una agradable sorpresa. Dirigida por el debutante Henry Jacobson, Bloodline no acaba de encontrar una identidad visual clara, y busca referentes estilísticos en Nicolas Winding Refn o Brian de Palma, pero está ensamblada a pesar de todo con bastante elegancia. Su historia, protagonizada por un Seann William Scott que todos seguimos asociando a las comedias descerebradas sobre las que ha cimentado su carrera, sigue la trayectoria de un asesino en serie que compatibiliza sus quehaceres criminales con un trabajo en la escuela y una vida familiar. En la práctica es una historia muy básica, pero a la vez se va trufando de pequeños detalles que evitan que caiga en lo cansino y proporciona alicientes para seguir con curiosidad la evolución de su protagonista, siempre pendientes de la evidente posibilidad de ser descubierto. La conclusión es algo encorsetada, a falta de encontrar una salida verdaderamente satisfactoria a la trayectoria que ha seguido, pero supera sin duda nuestras expectativas.

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Quienes nos conozcan sabrán que sentimos especial debilidad por la sección Noves Visions, aquella donde solemos encontrar las propuestas más arriesgadas, o si acaso más alejadas de las fórmulas habituales. Por eso nos lanzamos sin dudarlo a ver Dogs don’t wear pants, que inaugura el apartado en esta edición de Sitges, y que acabará por cosechar el premio correspondiente. Llegada desde Finlandia, supone una de las películas más estimulantes que encontraremos este festival. Con una estupenda fotografía, Dogs don’t wear pants lleva a cabo un acercamiento malsano (vía prácticas sadomasoquistas) a un tema sensible (el del duelo), transita entre el drama desgarrador y el humor negro, resulta en ocasiones desgarradora y en otras extravagante… o incluso las dos cosas a la vez. Y consigue de esa forma un tono único y un resultado verdaderamente contundente. Es difícil salir indiferente, y si no que se lo pregunten a la clase de instituto que ha ido a parar a la proyección. Bendita la escuela que los ha traído.

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Terminamos la jornada en el encantador cine Prado, donde se pasa Vif-Argent. Fantástico lo-fi para una producción francesa que se acerca al terreno de los fantasmas desde los medios modestos y la voluntad poética. El tratamiento que da a los recién muertos, que incorpora al paisaje con la corporeidad cuasi intacta, recuerda por ejemplo al del Koreeda de la estupenda After Life (1998). Pero aquello son palabras mayores y, pese a su sencillez, Vif-Argent no siempre consigue dejar del todo claras las reglas de su universo propio. Planteada con delicadeza, conforme avanza introduce incluso reminiscencias a Ghost (J. Zucker, 1990), pero no termina de hacer una aportación satisfactoria al subgénero. Los diferentes hilos quedan finalmente algo deslabazados, y da la sensación de que su potencial ha quedado a medio explotar. Tras ésta, decidimos que no está mal para un primer día, y nos disponemos a prepararnos para la jornada del viernes, que se plantea tan larga como interesante.

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