Crónica Sitges 2018 (VIII): Existencialismo y Nueva Carne

A estas alturas del certamen tenemos la sensación de que ya hemos hecho casi todos los deberes que nos habíamos planteado (o como mínimo, los que eran factibles), así que hoy asistimos a las salas con cierta relajación y la mente abierta. Con el pensamiento de «a ver qué nos cae», pero sin esperar la gran revelación del año. Y nos sale un día la mar de apañado.

En el último momento, decidimos abrir la mañana con Await further instructions. Producción independiente, la película va de reuniones familiares en Navidad (es inglesa, al fin y al cabo), con la particularidad de que las relaciones son tirando a tensas, y que para más inri el grupo va a quedar confinado en casa después de que ésta quede sellada por una suerte de coraza metálica que parece tener vida propia. La cinta sabe estrujar sus escasos recursos y evita darse aires de grandeza. Importante en una producción de estas características, los diálogos están escritos con bastante gracia, generando conflictos interesantes entre los miembros de una familia que cuenta con un algunos clichés andantes muy bien llevados. Si a eso se le añade el toque de ciencia ficción, queda un survival que combina ágilmente situaciones ya vistas con pinceladas de identidad propia. Nos han comentado que el director es fan del Tetsuo de Shinya Tsukamoto (1989), y si ya puede atisbarse la referencia cuando los protagonistas son encerrados en la vivienda por ese ente extraño, queda meridianamente claro en los últimos compases de la película, en que se readaptan ideas visuales del clásico experimento cyberpunk. Una grata sorpresa con un discurso planteado de forma un tanto anacrónica (la caja tonta es la fuente de la paranoia y el sinsentido) pero que en líneas generales es universalmente válido (porque sí, las pantallas de manera genérica han acabado por atontarnos bastante).

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Crónica Sitges 2018 (VII): Desenfocados

Se presenta un día duro, con una decepción tras otra y una pequeña salvación de última hora, casi por la escuadra. Pero no adelantemos acontecimientos porque, de momento, el habitual madrugón de cada día nos vuelve a compensar. Comenzamos con Burning, lo nuevo del coreano Lee Chan-dong (Poesía, 2010), y salimos más que satisfechos. Basada en un relato corto de Haruki Murakami, la historia empieza con aires de película romántica para complicarse poco a poco. No porque ocurran muchas cosas, sino porque en el ambiente empieza a flotar cierto aire enrarecido que parece no acabar de concretarse del todo. Estupendamente planificada y fotografiada, Burning no tiene ningún giro que no hayamos visto ya, pero consigue que el camino valga la pena. Es capaz de reproducir en el espectador ese sentimiento de atracción que Jongsu, el protagonista, siente por su antigua vecina, la alocada Haemi, y transmite conforme avanza la trama la desazón, frustración e inquietud que va experimentando de manera progresiva. Todo gracias a unos personajes muy bien dibujados con tan sólo unas pocas líneas de diálogo y muchos gestos, y al peso específico que Chan-dong es capaz de otorgar a los espacios. Una forma muy sugerente de comenzar la jornada.

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Crónica Sitges 2018 (VI): Cuestiones de fe

A veces la suerte acompaña, y parece que sentimos una satisfacción propia de haber aportado algo de nuestra parte. Esta mañana decidimos saltarnos la primera proyección para descansar un poco, y de rebote nos libramos del aguacero que ha asolado Sitges y que ha dejado a muchos compañeros al borde del trancazo. Todos los años pasa en algún momento, y en esta ocasión, por pura casualidad, nos hemos librado. Así que secos, con un par de horas más de sueño encima y ese orgullo totalmente injustificado, nos dirigimos a la sesión de media mañana en el Auditori.

Viene de la mano de S. Craig Zahler, que se ha convertido con rapidez en uno de los favoritos entre los asistentes con tan solo dos películas, Bone Tomahawk (2015) y Brawl in Cell Block 99 (2017). Con un encomiable ritmo de producción, este año el director trae Dragged across concrete, y nos decimos a nosotros mismos que por mal que vaya, siempre nos quedará la presencia de Mel Gibson (junto a Vince Vaughn, que repite a las órdenes de Zahler). Historia de polis duros, por momentos la película parece exudar trumpismo; pero la cosa va más allá. Primero, porque sus personajes no dejan de ser el reflejo de un sector de la sociedad que existe y que hay que contemplar, y ayuda a explicarse ciertas cosas, y segundo, porque hay un subtexto que es mucho más ambiguo y abierto a interpretaciones. Y al final, Zahler reparte a diestra y a siniestra. Entre unas cosas y otras, los protagonistas están en su salsa y el desarrollo es lo suficientemente magnético como para superar el escollo de un abultado metraje. Parte del público destaca que la explosión de violencia no es tan contundente como en sus anteriores películas, pero no es eso algo que nos preocupe -si acaso ayuda a romper expectativas poco deseables de cara a futuras obras del director- y en conjunto nos parece más equilibrada que la interesante Bone Tomahawk.

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