Un ambiente de ensueño flota en el aire. No es el tipo de ensueño propio de un cuento de hadas, sino el que surge cuando se manifiestan los pensamientos alojados en los rincones más profundos de nuestra mente. Este verano se está pudiendo ver en televisión el último trabajo de David Lynch, el retorno de Twin Peaks. Y es un retorno fabricado, más que nunca, y de forma literal, con el material del que están hechos los sueños.
No es este un lugar en el que hablemos normalmente de televisión, pero realmente Twin Peaks tiene el aspecto de una gran película (de 18 horas, ni más ni menos) cortada a episodios para encajar en el formato de salida solicitado. También huele a recapitulación y probable capítulo final en la carrera cinematográfica de su director. Un salto al vacío que, a la espera de cómo evolucionen las cosas, y a pesar de lo mucho que podría significar para el medio, seguramente acabe quedando como un extraño y minúsculo atolón en medio del océano. El episodio 8, emitido la semana pasada, es probablemente -y como mínimo hasta la season finale- la hora de audiovisual más experimental que se haya visto nunca por televisión. Lo cual es en sí mismo un gran acontecimiento (véase la interesante reflexión sobre la serie que realizó el Independent al respecto). La cuestión es si estamos preparados para ese tipo de acontecimiento, y la respuesta posiblemente sea ‘no’.
