Crónica Sitges 2025 (IV): Elegidos para la gloria

El inicio de la segunda semana del certamen vino marcado por las dos mejores películas que hemos podido ver en Sitges este año. Dos cintas tan grandes que solo un poco de perspectiva temporal permitirá establecer si se trata de auténticas obras maestras. Su disfrute, como no podía ser de otra forma, vino también emparedado entre un par de pinchadas de las gordas. A los efectos de que el lector huya de ellas, las reseñamos brevemente.

La primera es Trapped de Sagara, un suspense dramático con aires de western, que vuelve a caer en los mismos problemas que estamos viendo de unos años a esta parte en las producciones chinas: desarrollo de personajes pobre, construcción acumulativa pero sin evolución dramática real, diseño de producción lujoso pero falto de alma… Blockbusters de cartón piedra, en definitiva, tediosos y que hacen que pensemos en alejarnos durante un tiempo de la cinematografía de este país (como ya decidimos en el campo de la animación tras ver The Storm el año pasado), a no ser que nos traigan una de acción hongkonesa de toda la vida. La segunda es Fucktoys de Annapurna Sriram, muestra de un tipo de indie americano que también tiene más peligro que Mac Gyver en una ferretería. Es el que apuesta por un realismo mágico de esencias pop, que aúna sordidez con colorines, tono de cuento y personajes peculiares. Y, si bien durante un buen rato parece que tal vez Fucktoys se pueda disfrutar como un simple entretenimiento que extrae comedia de una fuente diferente de la que usa el cine más comercial, su final con giro dramático pero en última instancia intrascendente, hacen que no pueda obviarse el vacío absoluto que se esconde tras la cinta, entregada al puro onanismo estético. Pocas veces salimos cabreados del cine, pero estas dos películas nos lo han puesto realmente difícil… Afortunadamente, ahora viene lo bueno.

Los franceses Hélène Cattet y Bruno Forzani han traído todos sus largos a Sitges desde que revolucionaran la sección Noves Visions con Amer (2009) y ya hacía demasiado desde su última película, Dejad que los cadáveres se bronceen (2017). Este año vienen con Reflection in a Dead Diamond bajo el brazo y el resultado es espectacular. Tomando como siempre de referente la estética del giallo de los setenta, el tándem explota aquí todo su talento con una película apabullante de principio a fin. Es cine caleidoscópico, formado de miles de fragmentos (en la rueda de prensa afirman haber rodado unos 1600 planos distintos) que juegan a diversos niveles narrativos y que se mezclan de formas imposibles y siempre creativas. La historia se podría explicar en una línea, pero la gracia es que sea el propio espectador el que extraiga esa línea tras haber asistido a la función. Solo diremos que es la película definitiva del héroe crepuscular, que bebe de James Bond (punto extra con el fichaje de Fabio Testi, que precisamente pisó Sitges el año pasado) y de los fumetti, en especial el Diabolik de Angela y Luciana Giussani. Y, pese a todos esos referentes tan marcados y evidentes, tras cuatro películas nos damos cuenta de que Cattet y Forzani han conseguido trascenderlos y crear un lenguaje propio, un brillante Frankenstein cinematográfico para el siglo XXI. Reflection in a Dead Diamond hay que verla para creerla; pese a ser una producción pequeña está plagada de momentos en que uno se pregunta cómo demonios han conseguido ese plano, de qué forma han engarzado el montaje de tal escena, qué mente ha sido capaz de crear ese puzzle que se mueve a la misma velocidad que el propio pensamiento de un cerebro desbocado. Es pura forma y pide un público dispuesto a entrar en su juego, pero a cambio le ofrece hora y media de cine destilado y desatado.

Y ahora viene otro fenómeno, el bueno de Park Chan-wook, que presenta No other choice, en la cual adapta la novela The Ax de Donald E. Westlake, como ya hiciera anteriormente Costa Gavras (a quien va dedicada la película) en Arcadia (2005). El protagonista, Man-su, tiene un buen trabajo en el que lleva 25 años y una familia feliz con la que vive en la casa en la que creció, reformada con sus propias manos. Pero la cosa se tuerce cuando la empresa papelera que lo emplea es absorbida por una multinacional y comienzan los recortes… Lo que se vende de entrada como una comedia negra, muta y se fusiona con el thriller y con el drama sin solución de continuidad. Todo está contado con tal sofisticación que puede llegar a pasar desapercibida (muchos la colocan entre las más discretas del director). Pero a poco que empiece a fijarse, el espectador encontrará decenas de elementos de guión y visuales que aportan detalles y capas adicionales a la historia, que riman entre ellos, que consiguen elevarla a un nivel reservado tan solo a los verdaderos artistas. A veces es un estilizado movimiento de cámara, otras un encadenado que remite a la expresividad del cine mudo, o un uso sorprendente de una pieza de atrezzoNo other choice va tomando profundidad a cada paso que da, mientras toca temas muy diversos (alienación, familia, fidelidad, ética…) con pasmosa efectividad y con una interrelación entre todos que acaba construyendo un conjunto mucho mayor que la suma de sus partes. Cuando llegan los créditos, el efecto es demoledor. No podemos sino suscribir cada una de las palabras que redactamos sobre el coreano hace tan solo unos meses y colocar la que nos ocupa en la línea de excelencia de sus últimas películas.

En cualquier caso, ninguna de las dos obras que hemos reseñado tiene pinta de ganar la Sección Oficial del Festival (¡por más que deberían!), pero nos hacen recordar esa edición en que se juntaron las maravillosas La doncella, del propio Chan-wook, y The Neon Demon de Nicolas Winding Refn. Hacía años que no conseguíamos doblete de cine en mayúsculas y por fin tenemos la sensación de misión cumplida. A partir de ahora, podemos relajarnos.

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