Crónica Sitges 2024 (IV): El reino del divertimento

Terminamos esta primera semana del festival habiendo consumido la mitad de nuestras entradas (tengan en cuenta que ésto empezó en jueves), así que podemos decir que lo hemos estado viviendo con bastante intensidad. El domingo se nos queda muy dominguero: películas de puro entretenimiento, sin grandes aspiraciones, sin tremendos picos de calidad, pero muy dignas para dedicarles una tarde cualquiera y no arrepentirse en el proceso. Vamos con ellas:

Abrimos fuego con Anzu, gato fantasma, de Nobuhiro Yamashita y Yôko Kuno. Hemos acudido en gran parte por el reclamo personal que nos supone el primero de los directores por la simple razón de que, allá por 2003, su Ramblers fue una de nuestras primeras tomas de contacto con el cine japonés. Su nueva película usa la técnica de la rotoscopia, lo que explica la implicación de Yamashita como artífice del material de referencia, mientras que la animadora Yôko Kuno se ha encargado de la transformación al lenguaje del dibujo animado. Los presentadores hacen el flaco favor de mentar al estudio Ghibli como referencia para ubicar la cinta, mal común a la hora de introducir cualquier anime con cierta vocación humanista y tono calmado. Anzu no es ni pretende ser Ghibli; tiene en cambio un dibujo y paleta de colores personal y agradable, un sentido del humor con cierta retranca y un punto de partida tan peregrino como el de presentar a un gato que se pasea por los templos de una zona rural convertido en un ser de tamaño humano, que habla y conduce una moto como si no pasara nada. La película deriva en una aventura para toda la familia que toca sin embargo un tema tan importante y delicado como el del duelo. No pasará a los anales de la animación, pero se sigue con agrado.

Pese a que Mike Flanagan (uno de los mejores directores de terror de la actualidad) está de visita y el Festival celebra un encuentro centrado en su faceta de showrunner, nos han dicho que una de las películas que inicialmente habían agotado entradas bien vale nuestro tiempo, así que aprovechamos la oportunidad de recuperar un tique para ver Escape from the 21st century. Superproducción independiente china en forma de fábula de ciencia ficción y aventuras, se trata de un absoluto desvarío, donde se plantea un siglo XXI alternativo, en que la humanidad vive en el llamado planeta K, pero que sin embargo tiene todos los referentes culturales de nuestro planeta Tierra. En este contexto, un grupo de chavales adquiere la capacidad de viajar en el tiempo cada vez que estornuda y… ya puede verse que la verosimilitud no es una de las bazas que pretende jugar la película. Pero sí lo es que, gracias a ese punto de partida sin pies ni cabeza, Escape from the 21st century se gana la libertad de plantear la idea que le venga en gana en cada momento sin que nadie pueda interrumpirla con un ‘pero…’. Es loca, divertida, mutante e incluso sentimental, aunque también incoherente, acelerada y algo esclava de su propia dinámica. Un entrañable entretenimiento de tarde que, sin embargo, castiga al que se despista unos minutos con la pérdida absoluta del hilo de lo que está pasando en pantalla.

Seguimos para bingo en el Auditori asistiendo a la visita de otro director al que guardamos un pequeño rincón en nuestro corazón: Joseph Kahn, de quien premiamos su Castigo sangriento cuando se proyectó en la edición de 2011, coincidiendo con nuestra participación en el Festival como Jurat Jove. El americano refiere el paso de esa anterior película por el certamen, pero nos decepciona un poco no oírle mentar el galardón que se llevó, en pos de una anécdota que sabemos de primera mano ficcionada. Es lo que tiene ser un contador de historias… Llega, todo este tiempo después, con Ick, una película que toma como principal referencia El terror no tiene forma de Chuck Russell (1988). Protagonizada por Brandon Routh, quien lleva dos décadas sin envejecer apenas un día (podría perfectamente hacer una secuela de Superman Returns -2006- y no descuadraría), Ick repite el contexto y formas básicas de Castigo sangriento: suburbio americano, peripecias de instituto, montaje picado, alta carga de gags… Es pues una comedia de horror con el público juvenil en la cabeza, y cumple su objetivo al estar dirigida con buen gusto y contener algunos chistes de notable mala baba. Pero también es cierto que su trama es más simplona, en su núcleo argumental tira de bastantes clichés y probablemente no quedará en el recuerdo como su otro principal referente, The Faculty de Robert Rodríguez (1998). Una vez más, un entretenimiento palomitero para una tarde de domingo, aunque sin el caché que requiere una cinta con galardón.

Nos vamos a permitir dar un salto en el tiempo, ya que la siguiente película no se proyectó en el Festival hasta la segunda semana. Pero sus características la hacen integrarse bien en el ecosistema que se ha creado para esta crónica y, siendo su director el mismo de Los cronocrímenes (2007), costaría encontrarle pegas serias a dicho desplazamiento. Se trata de una de las películas que más sensaciones encontradas ha generado en esta edición, la Daniela Forever de Nacho Vigalondo. El director cántabro, que no traía largo desde Colossal (2016), vuelve a la carga con una cinta que, después de todo, encaja perfectamente dentro de su filmografía. Transita como de costumbre el equilibrio entre el juego estructural al que es aficionado y el trasfondo emocional que le dé sustento, y lo hace en base a la alternancia entre dos formatos de vídeo -el Betacam y el digital moderno-, así como a la disección de un duelo a caballo entre la vigilia y los sueños lúcidos. Nos cuesta entrar en la propuesta porque, primero, el estar ambientada en Madrid pero hablada en inglés nos molesta sobremanera (gajes de vivir en la Barcelona internacionalizada de los nómadas digitales y demás turistas afincados) y, segundo, porque nos da la sensación de que el uso de los formatos está completamente cruzado (habríamos usado el Betacaman para lo que se plantea como sueños y viceversa). Más allá de ésto, que para otros serán minucias, el protagonista es de un soso preocupante (funciona bien, sin embargo, la Daniela del título, interpretada por Beatrice Grannò). Pero la película consigue irse sobreponiendo a sus defectos y volverse más interesante conforme avanza y profundiza en el personaje de Daniela, matiza la relación sentimental y explora su propio -y razonablemente cartesiano- mundo onírico. No es posiblemente el intento más logrado de Vigalondo, pero puede afirmar con cierto orgullo que mantiene sus señas de identidad y que continúa ofreciendo algo elaborado con más cariño que la media del cine comercial. La recepción general es tibia, pero ya querrían muchas otras.

3 Respuestas a “Crónica Sitges 2024 (IV): El reino del divertimento

  1. El antes y el después lo marcó Respati

  2. Pingback: Crónica Sitges 2024 (VI): La herida y el desinfectante | PlanoContraPlano

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