Americana 2024 (III): Las nuevas formas

Para completar nuestra andadura por el festival, vamos a centrarnos en un grupo de películas que deciden lanzarse de cabeza hacia los nuevos paradigmas cinematográficos: usan el digital, lo hacen evidente, mezclan formatos, deconstruyen narrativas… Cada una lo suyo, cada una en una medida distinta. Tan diversas son las aproximaciones como los resultados.

Y para comenzar, nos avanzamos al estreno de La bestia de Bertrand Bonello, una producción franco-canadiense en la que Gabrielle (Léa Seydoux) decide someterse a un tratamiento similar a la hipnosis regresiva con el objetivo de librarse de su lado más emocional y poder integrarse en un 2044 dominado por la inteligencia artificial. Una aproximación un tanto peregrina a su tema central, pero que da el juego necesario para reseguir la historia de la protagonista a través de ciento cincuenta años y tres vidas distintas. El tratamiento formal está sin duda cuidado y da el metraje para plantearse cuestiones de calado existencial sobre la humanidad, sus límites y naturaleza, sobre las líneas que estamos dispuestos o no a cruzar y sus implicaciones últimas… Pero también es cierto que el distanciamiento con el que Bonello enfoca su material dificulta que transpiren esas emociones que parecen ser parte central de la trama, y que cada uno de los segmentos se alarga más allá de lo deseable dejando que, ya sea dicha emoción, ya sea la reflexión que se puede extraer de ellos, se diluyan por el camino, porque en el fondo no hay tanto que contar. Son pues dos horas y media de película que no parecen completamente justificadas; y, aún así, hay que reconocerle a The Beast la ambición, el cuidado en sus imágenes y la sensación de desasosiego que, ésta sí, permanece una vez acabada la proyección.

Y mientras aquí nos ponemos a pensar sobre posibles distopías, se diría que en algunos lugares del mundo están viviendo ahora mismo en una auténtica ucronía. Es el caso de Corea del Norte, país que nos causa fascinación y horror a partes iguales. No hace tanto, vimos en el Americana mismo Asesinas (Ryan White, 2020), sobre el magnicidio del hermanastro del Líder Kim Jong-un, y este año descubrimos la historia de los desertores que, aún a día de hoy, se juegan la vida para escapar de su país de origen. Beyond Utopia se centra en dos casos documentados justo antes de la pandemia y sigue, casi en primera persona, a estos emigrantes desesperados, que tienen que superar todo tipo de adversidades con la simple esperanza de salvar el cuello tras ser señalados por su régimen. La directora Madeleine Gavin arma su película en base a fragmentos de muy diversas procedencias: imágenes de baja calidad filtradas desde el interior del país, grabaciones de móviles a lo largo de la travesía, entrevistas realizadas por el propio equipo de la película, conversaciones telefónicas… Todo lo necesario para acercarnos a una realidad a la que casi resulta imposible dar crédito. Pero que está ahí; y por eso Beyond Utopia tiene un valor tan importante como documento audiovisual, porque lanza luz sobre algo escondido y lo hace mientras consigue que nos metamos en la piel de los que lo están padeciendo. A veces roza el larguero, al forzar el uso de la música o al estirar sus relatos frente a la escasez de testimonios. Pero es una cinta ante la que resulta casi imposible no emocionarse, no estremecerse, no plantearse una reflexión profunda sobre quiénes somos y dónde estamos en el mundo… Una de esas películas que, sin duda alguna, deberían enseñarse en las escuelas.

Ya recuperados del desbarajuste emocional, cambiamos de tercio para curiosear lo último de Sebastián Silva, Rotting in the Sun. Del director chileno vimos hace un tiempo Magic Magic en Sitges (2013) y Tyrel en este Festival (2019). Y si bien ninguna de las dos nos acabó de cerrar, hay algo de Silva que nos continúa atrayendo, y es probablemente la sensación de que cuenta con una voz propia. En esta ocasión, la apuesta se redobla: el realizador es su propio protagonista; opta por un digital directo, nervioso, incluso feísta; no se corta a la hora de mostrar sexo gráfico (se oyen risitas nerviosas en la sala)… Rotting in the Sun tiene en definitiva voluntad kamikaze. Los personajes son tirando a odiosos, el director se dibuja a sí mismo como una persona completamente desmoronada, la película evita proporcionar asideros estables al espectador. Y, justo por ello, se eleva sobre el típico ejercicio meta-cinematográfico onanista y, si uno deja de buscar desesperadamente la empatía con sus personajes, resulta hipnótica durante toda su primera parte. Llega entonces el momento del quiebro, que no desvelaremos, y resulta si cabe más chocante y arriesgada. El problema es que le cuesta mantener a partir de ahí el interés, ya que una vez se va digiriendo el impacto de lo sucedido y la función sigue y sigue, uno acaba por preguntarse para qué alargarlo más. Y es una lástima, porque hay una voluntad verdaderamente punk en todo esto… Así pues, aunque salimos con sensaciones encontradas y más bien cansados, también sabemos que volveremos para ver lo próximo que haga el director… Nos va la marcha.

Y para rematar la jugada, nuestra favorita de esta edición del Americana: Gasoline Rainbow. Conocimos a Turner Ross y Bill Ross IV cuando nos recomendaron su anterior película, la especial Bloody Nose, Empty Pockets, y tenemos mucha curiosidad por ver cómo utilizan su enfoque documentalista (si lo hacen) en esta nueva cinta. Se trata de una road movie pura y dura, que sigue las peripecias de cinco adolescentes de Oregón que deciden hacer un viaje hasta la costa para darse una buena fiesta. El carácter de la cinta es perfectamente coherente con su anterior obra: a poco que uno se deje llevar, podría pensar que está viendo un documental en vez de una ficción; hay una mirada eminentemente humanista y compasiva en la película, una voluntad de reivindicar a la gente que vive en los márgenes. Como toda muestra del género, Gasoline Rainbow tiene una estructura cercana a lo episódico, y va generando microretratos y microrelatos aquí y allá, desdibujando el hilo narrativo central, pero consiguiendo una sensación de cierre una vez el viaje de este grupo de jóvenes llega a su fin. Sabe extraer emoción al formato digital, dotándolo de una fuerte contemporaneidad que nunca se olvida de lo importante, de aquello que se requiere para complementar la poesía de sus paisajes: los personajes a los que retrata, de los que nunca se olvida, a los que nunca juzga. Y uno se va a casa con la sensación de que hay que abrirse más, dejarse ir más, vivir más.

Y, de repente, tiene sentido asistir a un festival de cine.

Nos vemos en la próxima edición.

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