Americana 2019 (I): En algún lugar de la mente

Se acerca la primavera y, como para anunciarlo, se celebra una vez más en Barcelona el festival Americana, que llega con ésta a su sexta edición. Consolida así su crecimiento tanto en público como en espacios porque este año, además de ocupar las tres salas de los cines Girona, extiende su programación a la sala alternativa Zumzeig. Pese a todo, sigue haciendo gala de una agradecida contención en el catálogo de películas. Y, de entre las que vimos, comenzaremos con algunas que cuentan como denominador común con la exploración de ciertos paisajes interiores.

La primera de ellas, y que es de hecho la cinta con la que nos inauguramos en el festival, es Leave no trace. Dirigida por Debra Granik (Winter’s bone, 2010), retrata las vicisitudes que atraviesan un padre y una hija que viven en el bosque al margen de la sociedad. Aunque puede que su vertiente más survival nos remita a muchos otros momentos del cine de los últimos años, la historia va evolucionando hacia nuevos terrenos, y alcanza su sentido por la relación entre los dos protagonistas antes que por los prolegómenos de las acciones observadas. Con todo, no se puede decir que enseñe nada muy nuevo; pero todo está solventemente contado, y Ben Foster y Thomasin McKenzie desarrollan una dinámica padre-hija de una química encomiable. Resulta sobretodo interesante observar los caminos divergentes que van tomando los personajes que, sin embargo, se mantienen siempre fieles a sí mismos. En definitiva, Leave no trace no deja de ser a su manera un coming of age sutil y desarrollado en condiciones extremas. Por el camino, apunta cierto romanticismo del outsider que podría hacer tambalear la veracidad emocional del relato, pero que finalmente no deja que lo engulla.

Plenamente dedicada a zambullirse en la mente de su protagonista, Madeline’s Madeline sigue a una adolescente con problemas psiquiátricos que intenta llevar una vida normal y que utiliza como refugio un grupo de teatro. Desde sus primeras imágenes salta a la vista la voluntad de la directora, Josephine Decker, de imprimir una personalidad propia a su película. Lo consigue, y se agradece. Madeline’s Madeline tiene fuerza expresiva pero casi nunca subraya ni sobreexpone sus temas (acabada la película todavía no sabemos de qué padece la protagonista), y teje poco a poco una interesante red de comportamientos tóxicos sin que se sepa nunca cuál será su verdadera intensidad, extensión y alcance. Nos habla de relaciones de poder encubiertas, y de actuaciones que llevamos a cabo aún a sabiendas de que pueden ser dañinas, y muchas veces a nuestro propio pesar. Es ahí donde radica su mayor interés, más allá de que a cada cuál le atraiga más o menos el planteamiento visual y narrativo, o que el difuso desenlace le resulte más o menos satisfactorio. La joven Molly Parker desarrolla un espectro de reacciones muy interesante como Madeline, y el gancho de la compleja relación que tiene con su madre y con su profesora (que por momentos suplanta a aquélla) resulta más que suficiente para mantener la atención hasta el final.

Otra propuesta de gran interés por la forma en que está concebida es Tyrel. Aunque si acaso en esta ocasión el interés se desarrolla más en el plano teórico que en el práctico. Cuidado, no es que el chileno Sebastián Silva no tenga talento tras las cámaras. De hecho, su uso de ciertos elementos como las lentes demuestra una gran inteligencia a la hora de explotar los recursos cinematográficos. Es sólo que, por alguna razón, la sensación final no acaba de ser satisfactoria. En Tyrel un grupo de amigos se reúnen en una casa en medio de la nieve para celebrar el cumpleaños de uno de ellos. Y Tyrel, que no conoce a casi nadie, es además el único negro de la fiesta. La gracia de la película, más allá de lo que pueda parecer a primera vista, es que más que el racismo en sí explora sus secuelas a nivel individual, cómo su legado modela a la persona y la puede influenciar más allá de su consciencia y voluntad. Es un punto de vista fresco, que juega con las expectativas del espectador en paralelo a las de su protagonista. El problema con ello es que termina por echarse en falta algún golpe de efecto, alguna vía de escape para la energía acumulada. Puede que las erróneas comparaciones con el Déjame salir de Jordan Peele que hemos estado escuchando hayan jugado en su contra, pero finalmente da la sensación de que lo más interesante de la película -esa negación de las expectativas- es a la vez lo que la hace menos satisfactoria. Algo paradójico, dado que optar por otros derroteros hubiera traicionado probablemente sus propios principios y la hubiera hecho bastante más vulgar. Nos queda sin embargo el estímulo, elemento básico cuando asistimos a un festival de cine [independiente] como éste.

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