Llega la hora de irse despidiendo. En esta edición del Festival de Sitges hemos echado en falta aquel par de películas que siempre tratamos de encontrar y que prácticamente nos rejuvenecen, que parecen justificar por sí solas esta estancia de diez días, que incluso nos arreglan el año. Esta vez, si bien hemos visto un buen puñado de propuestas muy interesantes, ha seguido siendo un filme de hace dos años el que se ha mantenido imbatido en nuestra memoria. Añadimos de todos modos a nuestros apuntes, en base a lo que hemos intuido y oído (y además del último Lanthimos), Vincent debe morir de Stéphan Castang, Hundreds of beavers de Mike Cheslik, Romance asesino de Lee Won-suk y la flamante ganadora de esta edición, Cuando acecha la maldad de Demián Rugna.
Mientras tanto, nos llevamos la sorpresa al descubrir nuestra novedad favorita de esta edición en la película de clausura. No teníamos intención de venir, pero un desvelo premonitorio nos anima a enfilar a la carrera el camino al Auditori para entrar en el último minuto a Dream Scenario de Kristoffer Borgli, con el cada vez más omnipresente Nicolas Cage. Producida por A24 (productora brillante y cansina a partes iguales) y apadrinada por Ari Aster (director pedante y cansino a partes iguales), algo nos dice que ésto debe ser lo que el último hubiera querido conseguir con su Beau tiene miedo. Pero no nos vamos a seguir ensañando con algo que en realidad no conocemos y vamos a centrarnos en lo que tenemos delante: una pieza de cine perfectamente engrasada y a la que cuesta encontrarle algún pero. Un gris profesor de universidad ve cómo su vida da un vuelco cuando empieza a aparecer en los sueños de cientos de personas. De repente, sus frustradas aspiraciones de reconocimiento y éxito se le antojan al alcance de la mano… La premisa de Dream Scenario es ya de por sí atractiva; pero además, está orquestada con fantástico gusto, tanto desde lo estético como desde lo funcional. Un guión sin fisuras, un montaje perfectamente ajustado, una dirección elegante… Dream Scenario es capaz de transitar por la crisis existencial, la fábula alrededor del éxito y la exposición en la era de las redes sociales, la esencia de las relaciones humanas… sin dejar de lado el humor ni la sensibilidad y con un remate verdaderamente poético. Eso sin mencionar al bueno de Cage, que compone una de las mejores actuaciones de su carrera, aportando su habitual expresividad pero con una contención que no suele vérsele (porque seguramente no se le demanda) y con una riqueza de matices en la interpretación que sinceramente no esperábamos. En definitiva, una película muy calculada pero a la vez sentida, que trata al espectador como a un ser pensante y que representa una de las mejores muestras de cine fantástico en lo que va de año.
Muy satisfechos de haber comprometido seriamente nuestra capacidad para celebrar el fin de festival esta noche, tenemos un buen rato para descansar y picar algo antes de empezar la última tanda de películas, una sesión continua en el Prado que remata la tónica general de lo que ha sido nuestro planning de este año. La arrancamos con una apuesta de confort, Komada – A Whisky Family de Masayuki Yoshihara. Se trata de un anime de producción modesta, que decide apostar por el drama antes que por la acción y las aventuras que dominan el ramo. Resulta curiosa esta austeridad, ya que uno podría preguntarse para qué usar el medio animado a la hora de contar una historia eminentemente dialogada, con un argumento tan mundano como el de un periodista a quien encargan una serie de artículos sobre destilerías de whisky artesanal, y que entrará en contacto con la heredera de la destilería Komada, que intenta levantar el negocio tras una serie de desastres y de la muerte de su padre. Pero uno también podría preguntarse por qué no, por qué la animación debe dedicarse únicamente a historias difícilmente realizables en acción real, o en las que se explote su habilidad para desafiar los límites de la física. Los japoneses tienen claro que éste es un modo de expresión como cualquier otro, y por lo tanto sólo cabe dejarse llevar por una cinta sencilla como los placeres que reivindica, que sorprende una vez más por ese retrato de una cultura que transforma las cosas pequeñas en relevantes y que encuentra valor en el proceso de hacerlas lo mejor posible. Nos viene a la cabeza aquel otro drama animado de hace unos años, Seven Days War (Yuta Murano, 2019), pero revisando el currículum de la compañía, P. A. Works, vemos que son en realidad los artífices de un anime que también se vio aquí, Maquia, una historia de amor inmortal (Mari Okada, 2018). En cualquier caso, y por rematar con la que nos ocupa, debemos reconocer que nos resulta imperdonable haber hecho una película alrededor de las bebidas espirituosas y que no aparezca una sola persona ebria en todo el metraje. Si un defecto tiene Komada – A Whisky Family, es que es demasiado civilizada.
Finalizamos esta jornada mirando de nuevo a los clásicos. Pero es que, además, nuestra próxima película se espeja perfectamente en el festival del año pasado. Porque si acabábamos nuestro recorrido por Sitges 2022 con Gandahar, los años luz de René Laloux (1988), ahora nos proyectan la anterior película del director galo, Los amos del tiempo (1982). De similar filosofía, se trata de una aventura de ciencia ficción que huele como aquélla a Métal hurlant, llena de paisajes y criaturas fantásticas, más preocupada por la estética que por la rigurosidad, y que por ello mismo atesora un particular encanto. Cómo no, tras los diseños se encuentra una vez más el eterno Moebius. Los amos del tiempo es desde luego irregular, tanto en la animación como en la narración. Intercala fragmentos de impecable movimiento con planos de pasmosa rigidez, y sería curioso en ese sentido conocer los entresijos de una producción que sin duda no contaba con los medios al alcance de otras cinematografías. Se vive en definitiva como una feliz curiosidad, salpicada de ideas creativas y divertidas, imprescindible para tener un fresco de la animación europea de las pasadas décadas, pero con más aristas que la mencionada Gandahar y con un relato que avanza a trompicones. Con suerte, el año que viene los organizadores siguen viajando atrás en el pasado, y finiquitamos el festival con la mítica El planeta prohibido (1973), completando así el recorrido por la filmografía en largo de Laloux.
Podríamos haberlo dejado aquí, todo perfectamente cerrado en nuestra cabeza, pero nos parece incontestable la decisión de añadir, a modo de adenda programática, una cinta con un título como Los leprosos y el sexo. Es posiblemente la apuesta más punk del Seven Chances de este año, por puro inenarrable. Alternativamente llamada Santo contra los jinetes del terror, la película dirigida por René Cardona en 1970 es un batiburrillo en el que se acumulan los elementos de sus dos denominaciones sin apenas mezclarse. Hay unos leprosos fugados del leprosario, unos bandidos que se aprovechan de la situación, algunas escenas de sexo que no vienen a cuento y el Santo, el mítico luchador enmascarado, que aparece por allí sin saberse muy bien cómo (seguramente ni él lo sabe) y que ayudará a solucionar los problemas que asolan este peculiar escenario de western. Ya se podrá imaginar el lector que la proyección de Los leprosos y el sexo fue animada: aplausos a los diálogos ridículos, al montaje asincopado, a los ‘astutos’ planes sin pies ni cabeza… Es evidente que la película no hay por dónde cogerla, pero es un visionado muy divertido y que sirve como privilegiada ventana a otra época en la que el cine y la vida misma significaban algo diferente.
Ahora sí, este último film nos sirve de perfecto enganche con las habituales cervezas y cócteles que bañan nuestra última noche en Sitges. Es hora de comentar lo mejor y lo peor, revisar los encuentros y desencuentros, reír las anécdotas y lamentarse de que ya queda de nuevo un año para volver a empezar. Esperamos estar aquí para contarlo. Fins a una altra.





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