James Wan continúa asentándose como una de las esperanzas del cine de terror actual -por no decir del cine comercial en general. Y no porque su segunda parte de las hazañas del matrimonio Warren sea tremendamente original, o revolucione las formas cinematográficas. Sino porque mantiene unos estándares en su uso que parecen cada vez más ignorados, si no desconocidos por quienes deberían aplicarlos. Pocos directores de género pueden encontrarse ahora mismo que sepan articular una escena (y darle por ello efectividad y entidad artística) alrededor de un movimiento de cámara o del uso de la profundidad de campo. Pues bien, Expediente Warren: El caso Enfield cuenta con varias de ellas, lo cual la sitúa automáticamente por encima de la morralla habitual.
Es esta elegancia y precisión la que consigue que la cinta se sobreponga a su repetición de esquemas y al histrionismo de algunos momentos. Y aunque los dos capítulos de Insidious firmados por el autor siguen siendo superiores a los de The conjuring, hay que rendirse ante la entrega de la pareja protagonista -Vera Farmiga y Patrick Wilson son ya patrimonio del cine de terror de esta década-, el puñado de sustos que salpican el metraje, las secuencias atmosféricas y el ritmo envidiable de la película.
Ahora solamente queda esperar que Wan diversifique su incursión en el género de terror tras cuatro cintas consecutivas alrededor de la temática de casas encantadas. Como todos sabemos, una montaña rusa da menos impresión cuando la montas dos veces seguidas. Pero el director tiene, esperamos, el talento suficiente como para ofrecernos nuevas atracciones, igualmente excitantes y que introduzcan auténticas novedades en su discurso.
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