Carol

Algo significativo surge del visionado de Carol, que resulta relevante tanto en relación a la propia cinta como al panorama cinematográfico en general. Es la firme sensación de haber visto una película. Sí, una película, así, con todas las letras. Podría pensarse que esta es una afirmación superficial e irrelevante, o bien que va a ir acompañada de un casposo lamento sobre el estado del cine actual. Ni lo uno ni lo otro, ni todo lo contrario.

Antes, sin embargo, resulta imprescindible reseñar algo que ya ha sido elogiado por activa y por pasiva en la mayoría de medios: las interpretaciones de Rooney Mara y Cate Blanchett. El porqué la primera ha quedado relegada en las nominaciones a los Oscar a la categoría de mejor actriz de reparto es todo un misterio puesto que, si hay una protagonista en la película, es ella y no Blanchett. Probablemente se trata de una cuestión de jerarquía por antigüedad en el gremio, pero solamente lo comentamos para resaltar el hecho de que la interpretación de Rooney Mara es absolutamente espectacular y no tiene nada que envidiar a la de su contrapartida. Mara es capaz de contener toda emoción en tan solo una mirada, y el duelo interpretativo entre las dos -o más bien la danza, teniendo en cuenta la relación en la que se ven envueltas- es de los que se recuerdan.

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Dicho esto, y volviendo a la afirmación inicial, la segunda de las cosas que hacen que Carol destaque es la precisión con la que Todd Haynes la filma. El director consigue que cada plano, cada movimiento de cámara, cada elección, en definitiva, de lo que está y lo que no está en cuadro y de cómo y dónde está, se sienta significativa, dé sentido. Tal vez en algunas ocasiones pueda redundar en sus ideas visuales, o en otras sea un tanto relamido. Pero siempre consigue aunar los dos elementos alrededor de los cuales orbita su película: cabeza y corazón. Y es que el estilo de Haynes es por lo general académico (casi de un modo quirúrgico), pero -novedad- se permite, siempre que percibe esa necesidad, fugas poéticas, licencias más entroncadas con el sentir que con el narrar, algo no demasiado habitual en los productos hollywoodienses. Y aquí es donde podríamos volver sobre esa referencia al conjunto del panorama cinematográfico: dejando de lado la percepción que cada uno tenga sobre la calidad de la cinta comercial media, ¿qué impide que haya más películas que se atrevan a contar con una marcada personalidad propia? ¿que, sin renunciar al academicismo o a las aspiraciones mercantilistas, ofrezcan al espectador una obra tan claramente reflexionada y cuidada, ejecutada con rigor? He aquí lo que aporta Carol; el peso específico necesario como para que, al salir del cine, en vez de pasar inmediatamente página, de pensar dónde hemos dejado el coche o a dónde iremos a cenar, seamos conscientes de lo que hemos visto: una película.

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