Los mercenarios 3

Pocos carteles son tan honestos como el de “Los mercenarios 3” (por otro lado, antiestético donde los haya). Para el que aún no se haya fijado en él, muestra a toda la nutrida pandilla de actioners que pueblan la película en grupo, mirando a la cámara y riendo, cuasi ajenos a la ficción que representan. Incluso Mel Gibson, que es el villano de la función, aparece integrado y risueño, como si no pasara nada. Dicho esto, dicho todo.

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A nivel técnico y artístico, “Los mercenarios 3” deja bastante que desear. La dirección de Patrick Hughes es funcional, e incluso torpe en ocasiones. La fotografía de Peter Menzies Jr. es de juzgado de guardia. Cuando se usan, los efectos digitales son decididamente cutres (algo que, según teoría personal, es intencionado, como concesión excepcional a los inicios del CGI en los noventa). ¿Por qué, entonces, “Los mercenarios 3” es una buena película? Relean el párrafo anterior. Por propio concepto. “Los mercenarios 3” se vende a peso y no lo esconde. Exposición a granel de estrellas y ex-estrellas de primera y de segunda, de leches y de explosiones. Stallone pilota el avión de la trouppe, como ha estado haciendo durante la gira de estreno de la película. Schwarzenegger se pasea puro en mano, como en la vida real. En fin, si hay alguna objeción, abandonen la sala.

Esta tercera oda autoconsciente a la testosterona y lo cafre tiene algunos de sus mayores descubrimientos en la presencia de un Wesley Snipes rescatado de la trena, en la sorprendente diversión que aportan los clichés alrededor de Antonio Banderas (aparición con guitarra española incluída) y en la contundencia de un entregado Mel Gibson. También sus decepciones ante la decrepitud de Harrison Ford (que conserva, eso sí, su excelente voz) o la (in)utilización de actores como Jet Li. Su razón de ser en el mayor protagonismo de Stallone, que seguramente vive en un constante ‘ahora o nunca’. Mientras siga regalando citas lapidarias como la que culmina esta aventura, no nos quejaremos.

En contexto con sus predecesoras, “Los mercenarios 3” supera sin duda a la anterior entrega (Simon West, 2012) y se acerca a las cotas de diversión y ‘pedigrí’  -excúsese el vocabulario- de la primera (Sylvester Stallone, 2010). Pero no nos llevemos a engaño. Por si alguien tenía aún algún resquicio de duda, “Los mercenarios 3” es más de lo mismo. Eso es (dejando de lado la ausencia de algún chiste en relación a Mel Gibson y los judíos) lo peor. Y también lo mejor. Cojan la cerveza y las palomitas, y disfruten.

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