Los mercenarios 2

El arranque de “Los mercenarios 2” es apoteósico para cualquiera que sepa a lo que va: a jugar en la partida metacinematográfica que ideó Sylvester Stallone -cineasta más inteligente de lo que se le supone- hace un par de años. Una apertura que es una oda a lo cafre más ‘vieja escuela’ elevado a la enésima potencia, y con la que cuesta no soltar alguna carcajada.

A partir de ahí, y como ocurriera ya en la primera entrega de la franquicia, la autoconsciencia, la autoparodia, el autohomenaje, e incluso algo de autocrítica, van a ir desfilando a lo largo de una cinta no apta para aquellos que no sientan cierta admiración por este grupo de héroes de acción dos y tres décadas fuera de su tiempo, y de los cuales Jason Statham es seguramente el único heredero real -no por casualidad actúa su personaje como sidekick de Stallone.

Y, a pesar de este interesante ejercicio, la cosa no acaba de desplegarse en toda su envergadura, y queda algo por debajo de sus expectativas (incluso de la anterior cinta) al desaprovecharse el tremendo potencial que atesora su reparto y presupuesto. Aún contando con algunos diálogos antológicos -de los que se benefician un Lundgren pasado de vueltas o un Norris en su salsa de nuevo personaje de culto de la era Internet-, y de aprovechar hasta cierto punto los espacios en que se desarrolla la acción -la de pistola y metralleta-, la coreografía de los tiroteos es en ocasiones rutinaria y repetitiva, como si el elenco se encontrara en una barraca de feria hipervitaminada. Las apariciones estelares tienen algo de festival de fin de curso, con personajes entrando y saliendo en escena de manera forzada, y algunos de ellos -pobre Van Damme- no llegan a disfrutar de la ocasión para lucir sus dotes para la acción, esos mismos por los que han acabado en esta película. Tal vez es cosa de la edad, que ya no permite hacer excesos, o tal vez de un Simon West poco inspirado tras las cámaras.

Así pues, lo mejor de “Los mercenarios 2”, al fin y al cabo una cinta de acción entretenida pero de estructura y desarrollo bastante genéricos, es la tremenda empatía -incluso nostalgia, ternura- generada no ya por los personajes, sino por sus actores, al tener la sensación única, tanto espectadores como intérpretes (de ahí el especial fenómeno), de estar presenciando, en vivo y en directo, el ocaso de unas carreras que, pese a quien pese, son ya parte de la Historia del cine.

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