Brave

Si tuviéramos que trazar un segmento los extremos del cual representaran ‘el estilo Pixar’ y ‘el estilo Disney’ respectivamente, “Brave” se encontraría, junto con “Enredados” (Nathan Greno y Byron Howard, 2010), en el centro del mismo, a pesar de provenir cada una de un estudio diferente de esta suerte de macro-compañía siamesa de animación.

Aunque las comparaciones sean odiosas, en este caso también son inevitables (teniendo además en cuenta la cercanía en el tiempo de las dos películas). Sin querer desmerecer dos productos notables cada uno dentro de su respetable factoría, resulta curioso la forma en que comparten cualidades y defectos en forma y estructura:

De una primera parte tremendamente divertida, creativa visualmente y que trata de desmontar ciertos clichés del cuento de princesas (argumentalmente incluso tal vez es más interesante en este punto “Enredados”), a una segunda que parece desinflarse al no poder aguantar el ritmo de buenas ideas, cayendo en ocasiones en las convenciones contra las que luchaba (parte en la que probablemente sale ganando “Brave”).

Nadie negará la impresionante factura técnica de la película, de la que cabe resaltar a la protagonista, Mérida, el personaje mejor animado -hasta extremos hipnóticos- de toda la trayectoria del estudio; ni el impecable uso de la figura del oso como leit motiv de la película, y que se extiende a todos los aspectos de la misma. En la memoria quedan momentos fascinantes, como la descacharrante presentación de los clanes escoceses, o la pelopúntica y desafiante demostración con el arco de Mérida, además de detalles mágicos como los fuegos fatuos y una colección de personajes que no tienen precio -la bruja, sin ir más lejos.

Pero también es cierto que falta en su progresión esa valentía que clama el título de la película, y se hubiera esperado un desarrollo narrativo más original -incluso en el recurso argumental de la metamorfosis animal, otra producción reciente de la compañía madre como “Tiana y el sapo” (John Musker y Ron Clements, 2009) conseguía ser más resultona. O evitar caer en algunos tics como esas expresiones de exagerada ternura que representan lo peor de la herencia Disney, una herencia muy digna en su conjunto, pero también esa que Pixar siempre se ha propuesto renovar y pulir.

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