Como cada octubre, pero cada vez con más calor, llegamos a la 56ª edición del Sitges Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya. Sin grandes propuestas que nos quiten el sueño, pero contentos con una selección de títulos que tienen el potencial para dar la campanada, amanecemos el primer jueves del certamen con la acreditación puesta y, eso sí, muchas más ganas que de costumbre por ver la película inaugural de este año. Y es que, en un alarde de buen gusto, el festival ha escogido lo nuevo de Paco Plaza, Hermana Muerte, para dar el toque de salida a las proyecciones que van a abarrotar las salas durante once días.
La violencia siempre ha vendido, ya sea en portadas de periódicos o en obras de ficción. Y tal vez por eso, en las últimas décadas nos hemos acostumbrado, para bien o para mal, a su representación progresivamente más explícita. Seguramente como efecto colateral, el gore (su expresión audiovisual más gráfica y extrema) se ha ido introduciendo, con los años, como un recurso puntual pero habitual en incontables producciones destinadas al público mayoritario, usado como elemento narrativo, plástico o con la simple voluntad de crear un choque en el espectador. Paradójicamente, de forma simultánea, seguimos encontrando películas de género que, pese a ser el ecosistema natural para este tipo de representaciones, llegan capadas a las salas en aras de ampliar sus posibilidades en taquilla (véase últimamente el caso de la exitosa M3GAN – Gerard Johnstone, 2022- o la próxima Infinity Pool de Brandon Cronenberg -a quien ya le pasó lo mismo con su anterior Possessor, 2020-). Puede que sea por una tendencia a recular en este terreno y/o porque la pantalla grande se reserva para productos conservadores desde el punto de vista de la rentabilidad económica y sea en la pequeña donde todavía se toman según qué tipo de riesgos o se permite segmentar más al público objetivo. Fuera como fuere, con este panorama en mente, resulta un alivio encontrar una cinta que se manifiesta en dirección diametralmente opuesta a estas tendencias y que hace de la búsqueda de un nicho muy concreto su desvergonzada razón de ser.
Empezamos a verle las orejas al lobo (sic) al final del Festival, pero no renunciamos a llevarnos alguna nueva sorpresa agradable. Por ejemplo, nadie se esperaba Agnes, la segunda película de Mickey Reece. O tal vez hubiéramos tenido alguna pista que nos ubicara si hubiéramos visto antes Climate of the Hunter (2019), su ópera prima, que no pasó por aquí. El caso es que Reece sorprende a propios y extraños con una película de posesiones de bajo presupuesto y tono peculiarísimo. Ambientada en un convento y centrada en dos jóvenes monjas, los pasajes inquietantes se alternan con otros decididamente cómicos, y la cinta no duda en ir cambiando la afinación según convenga o, llegados a un punto, incluso el género. Hay quien lo lee como un desastre; a otros nos despierta una genuina curiosidad y entretenimiento el ver esas variaciones en el flujo narrativo, que se suceden con una convicción pasmosa. Desde luego Agnes es de esas muestras que, sin necesidad de encuadrarse en lo puramente experimental, sí merecen el calificativo de Noves Visions. Y si no, que baje Dios y lo vea.