Crónica Sitges 2012: Día 1

El Festival comienza con tranquilidad y un calor inesperado para lo que nos había acostumbrado el tiempo durante los últimos días. La primera cita es ineludiblemente en el Hotel Melià, donde se recogen las acreditaciones de prensa, y la sensación al caminar hacia allí desde la estación de tren es bastante única. Resulta emocionante volver a pisar la bonita localidad de Sitges -más aún cuando no había vuelto desde el anterior Festival- y sentir que se entra en un oasis de más de una semana de disfrute cinéfilo (y cinéfago) total.

Una vez ataviados con el set básico -cuyo diseño, vox populi, se resiente de la crisis-, la primera cita que escojo es en el cine Retiro, para ver el documental «Room 237«, de Rodney Ascher, sobre «El Resplandor» (S. Kubrick, 1980). Se trata de un auténtico ensayo cinematográfico, una disección hecha a partir de planos de la cinta de terror (y de otras del mismo autor) que oscila entre la clase de lenguaje cinematográfico y el recopilatorio de curiosidades y teorías conspiranoicas, según sea el entrevistado. En el primer caso, el contenido resulta bastante interesante para el curioso sobre Kubrick o sobre la teoría del cine; en el segundo, va desde lo divertido hasta lo ridículo, siendo este último extremo uno que llega a desmerecer algo el conjunto, al restarle ‘seriedad’ -entiéndase como credibilidad en los interesantes contenidos que se han planteado con anterioridad. Resulta, pues, recomendable, aunque algunos arguyen que la mayor parte de la información que se da puede encontrarse en los extras del DVD.

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Cosmopolis

Mientras Eric Packer se pasea por una ciudad hipercapitalista y al borde del caos en su limusina privada –nada más alejado de la ciencia ficción, a pesar del tono onírico que impregna el relato-, Cronenberg aprovecha para introducir en “Cosmopolis” todas las constantes de su cine: la violencia, la obsesión, la relación entre hombre y tecnología, el sexo, la muerte…

Pero, en esta ocasión, se ahoga en ellas. El libreto, adaptado de la novela homónima por el mismo director, es tremendamente discursivo, saltando continuamente entre conversaciones de alta densidad que diseccionan temas interesantes no siempre del modo más interesante y, en cualquier caso, sin conseguir conjugar el global y cayendo finalmente en la monotonía.

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A Roma con amor

A pesar de comenzar baja de revoluciones, la última película de Woody Allen acaba siendo una grata propuesta, una colección de historias -no exactamente episodios, ya que se intercalan entre ellas- ligeras en las formas, pero no siempre en el contenido. Como suele ocurrir en este tipo de relatos, el balance entre los distintos hilos argumentales no es siempre equilibrado, y queda bastante claro qué historias salen mejor y peor paradas. Así, aunque en algunos momentos adolece cierta falta de afinación -principalmente en la trama que incumbe a la bellísima Alessandra Mastronardi o en varias de las elecciones musicales-, Allen nos regala un par de sátiras bastante ocurrentes alrededor de la fama y el triunfo y un interesante romance, muy propio de su estilo, con un Alec Baldwin cada vez más carismático.

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