Mucho ruido y pocas nueces

Resulta sorprendente. Joss Whedon ha conseguido, mediante la máxima simplificación, un gran Shakespeare. A pesar de la inusitada rapidez de su producción (ni más ni menos que doce días de rodaje), «Mucho ruido y pocas nueces» se siente una obra reflexionada, planificada con mimo, extremadamente cuidada en su puesta en escena.

Las dos féminas protagonistas de la obra, fantásticas en sus papeles.

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Una vida sencilla

Hay algo en la forma de narrar de muchos directores asiáticos que me hace pensar si no hemos olvidado en los últimos años alguna cosa importante a la hora de contar historias. Es tal vez esa capacidad para ilustrar con tino situaciones que, por su sencilla cotidianidad, hemos decidido que no tienen importancia, o no somos capaces de mostrar (hablando desde el punto de vista de los realizadores) sin cierta vergüenza. O de la forma de ejecutar quiebros con unos personajes a los que nosotros otorgamos un destino y comportamientos prefijados desde el inicio.

Una encantadora pareja sirvienta-hijo.

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Metro Manila

El carácter de «Metro Manila» como proyecto personalísimo de su autor, Sean Ellis, queda fuera de toda duda. A modo de hombre orquesta, además de dirigir, el inglés escribe, produce, fotografía, lleva la cámara… y no sólo eso, sino que lo hace con notable virtud en todos los ámbitos. Se trata, pues, de una propuesta que, además de honesta, funciona a nivel técnico y artístico, consiguiendo una interesante mezcla de texturas, una combinación sugerente entre el drama y el suspense… ¿Qué es, pues, lo que falla en «Metro Manila»? ¿Qué hay de esta aventura en la megaurbe filipina que nos deja insatisfechos, a pesar de la calidad desplegada en el trabajo?

Esta familia no sabe lo que le espera.

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