Mucho ruido y pocas nueces

Resulta sorprendente. Joss Whedon ha conseguido, mediante la máxima simplificación, un gran Shakespeare. A pesar de la inusitada rapidez de su producción (ni más ni menos que doce días de rodaje), “Mucho ruido y pocas nueces” se siente una obra reflexionada, planificada con mimo, extremadamente cuidada en su puesta en escena.

Las dos féminas protagonistas de la obra, fantásticas en sus papeles.

Tómese como ejemplo la llamativa elección del blanco y negro para la película. Más allá de que pueda facilitar las cosas a nivel fotográfico teniendo en cuenta las limitaciones de producción, uno comprende el trascendente acierto formal que representa dicha opción: dado que la ambientación de la película es cien por cien contemporánea, al mantener el texto original de Shakespeare -que data de 1598- se produce, inevitablemente, un cierto distanciamiento inicial. Ante este inconveniente, la desaturación de la imagen por la que se decanta Whedon contribuye a la asimilación más rápida de esta descontextualización, puesto que representa, en sí misma, una separación de nuestra propia realidad. De esta forma, el espectador es capaz de percibir toda la cinta como una especie de universo alternativo, en la que son posibles tragicomedias contemporáneas y expresiones decimonónicas, y que a la vez resulta extraordinariamente cercano. Al final, la experiencia se recuerda con facilidad como un dulce sueño.

Whedon parece confirmarse como uno de esos directores capaces de sacar lo mejor de sus actores -recordemos que el tratamiento de sus personajes es, sin duda alguna, una de las mayores razones para explicar el éxito de “Los Vengadores”. Y, aunque en esta ocasión los chispeantes diálogos no sean de su puño y letra, sí que lo es la coreografía que desarrolla en un libreto propio y cargado de personalidad. Tal vez por el hecho de moverse en terreno conocido -la película está rodada en su casa, los actores y el equipo son en su mayoría amigos del realizador- el aparentemente limitado margen de maniobra es explotado al máximo, consiguiendo acertar siempre en el gag, liberando a unos intérpretes que se divierten con sus personajes y transpiran vitalidad (Amy Acker y Alexis Denisof sencillamente enamoran).

A diferencia de la soporífera “Coriolanus”, que Ralph Fiennes nos ofrecía a principios de año, “Mucho ruido y pocas nueces” consigue transmitir en pantalla la pasión que el archiconocido dramaturgo volcó en las tablas. A Kenneth Brannagh -que, no en vano, cuenta en su haber con una reseñable adaptación de esta misma obra-, le ha salido competencia en materia shakespeariana.

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2 Respuestas a “Mucho ruido y pocas nueces

  1. Pingback: Top 5 de PlanoVsPlano: Lo mejor de 2013 | PLANOCONTRAPLANO

  2. [importado de facebook]

    Sergio Ortiz Domenech Cuando se atreverá alguien a hacer una película en negativo?
    Eso si que sería descontextualizar!

    David Vilaplana Cantero A tope de descontextualización.

    Albert Balbastre Lo petemos y lo descontextualicemos.

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