Archivo de la categoría: Críticas

El reverendo

Paul Schrader es una de esas figuras definitorias de lo que es el cine moderno, y tal vez por ello consigue mantener su actividad en el medio, si bien moviéndose en los márgenes de la industria. No puede ya jugar en la liga del mainstream porque es demasiado apasionado para llegar a las masas. Porque su pasión va hacia dentro, y en ese espacio interior se agitan sensaciones y percepciones que no suelen ser plato de buen gusto. Afortunadamente, consigue seguir levantando proyectos; que actores de primera línea se interesen por ayudarle a sacar adelante sus películas. Y, por ende, nos permite seguir accediendo a ese mundo atormentado, enfermizo, pero también veraz y rico, que consigue lanzar dardos al sistema desde dentro del sistema, algo tan necesario como infravalorado.

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¿Quién está matando a los moñecos?

Hay algo que despierta cierta simpatía de partida en ¿Quién está matando a los moñecos?. Porque es, por propia naturaleza, una rara avis que trata de mantener viva una forma de expresión tan extemporánea como la marioneta. Algo a lo que se dedica prácticamente en exclusiva la compañía Henson, y que se traduce en poco más que puntuales reencuentros con los Teleñecos, la última de cuyas aventuras llegó a las pantallas en 2014 sin apenas repercusión. Por eso, estos moñecos se reciben con alegría. Y no es que la nueva película de Brian Henson sobresalga en ningún aspecto más allá del arte de crear peluches maravillosos, pero esa especialidad consigue darle suficiente enjundia como para que el resultado sea apreciable.

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Happy End

Cinco años han pasado ya desde la última obra de Michael Haneke, Amor (2012), y el austríaco vuelve -no sabemos cuán consciente o inconscientemente- a presentar una película que podría funcionar como perfecto corolario a su carrera. En Happy End se repiten temas y esquemas de la filmografía del director, que mantiene su célebre distanciamiento visual, y el relato que compone se revuelve, cociéndose a fuego lento y bullendo subterráneamente. Puede que en esta ocasión no se presente esa violenta explosión final, el famoso puñetazo en el estómago marca de la casa; pero es que las puntillas están repartidas a lo largo de todo el metraje. De esa forma, Happy End es, más que una abrupta erupción volcánica, una maraña de ríos de magma, de apariencia tal vez más apacible pero igualmente peligrosa.

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