¿Quién está matando a los moñecos?

Hay algo que despierta cierta simpatía de partida en ¿Quién está matando a los moñecos?. Porque es, por propia naturaleza, una rara avis que trata de mantener viva una forma de expresión tan extemporánea como la marioneta. Algo a lo que se dedica prácticamente en exclusiva la compañía Henson, y que se traduce en poco más que puntuales reencuentros con los Teleñecos, la última de cuyas aventuras llegó a las pantallas en 2014 sin apenas repercusión. Por eso, estos moñecos se reciben con alegría. Y no es que la nueva película de Brian Henson sobresalga en ningún aspecto más allá del arte de crear peluches maravillosos, pero esa especialidad consigue darle suficiente enjundia como para que el resultado sea apreciable.

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Este dudosamente traducido The Happytime murders (que refiere la serie de asesinatos de moñecos que el peluche Phil Phillips y una entregada Melissa McCarthy deben investigar) se nutre principalmente de los clichés del cine negro, policíaco y del humor de brocha gorda, con la simple voluntad de juguetear a ver qué ocurre cuando se aplican a un mundo en el que conviven humanos y marionetas. Y lo que ocurre, en la mayoría de casos, es que le dan una segunda vida al viejo muñeco usado. Para muestra un botón, la historia es capaz de reintroducir una figura tan obsoleta como el clásico investigador privado bajo el pretexto de una sociedad en  la que los moñecos se encuentran marginados, relegados a un papel de ciudadanos de segunda (con ecos evidentes a nuestra realidad). Esta situación da pie a circunstancias propias de décadas pasadas y, ante la pasividad de los conciudadanos humanos, toma todo el sentido recurrir a medios propios y paralelos.

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Y así podríamos seguir hablando de los garitos de mala muerte, los trapicheos, las femme fatales, las pandillas, las sex shops… Situaciones y escenarios que nos son del todo conocidos, pasados por un filtro estético y funcional muy particulares. Lo cual no quita que haya mucho gag tontorrón, cierto gusto por la grosería y lo burdo, y una narrativa sin grandes florituras. Todo ello, eso sí, salpicado de multitud de moñecos con el sello inconfundible de la casa en aspecto y movimiento, que llenan de vida el desarrollo y evitan que la historia se despeñe por el camino del tedio. Puede, en definitiva, que los chistes sobre drogas y sexo, los tacos y clichés, sean tan anacrónicos como el mismo corazón de guata que hace latir esta película. Pero ello se traduce en una evocación de tiempos más simples, de una familiaridad especial y un encanto muy directo que hacen pensar que hay algo deliberado en todo ello.  El legado de Jim Henson sigue ahí, y es difícil resistirse a sus encantos.

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