El reverendo

Paul Schrader es una de esas figuras definitorias de lo que es el cine moderno, y tal vez por ello consigue mantener su actividad en el medio, si bien moviéndose en los márgenes de la industria. No puede ya jugar en la liga del mainstream porque es demasiado apasionado para llegar a las masas. Porque su pasión va hacia dentro, y en ese espacio interior se agitan sensaciones y percepciones que no suelen ser plato de buen gusto. Afortunadamente, consigue seguir levantando proyectos; que actores de primera línea se interesen por ayudarle a sacar adelante sus películas. Y, por ende, nos permite seguir accediendo a ese mundo atormentado, enfermizo, pero también veraz y rico, que consigue lanzar dardos al sistema desde dentro del sistema, algo tan necesario como infravalorado.

Así aterrizamos en El reverendo, la historia de un cura cualquiera en una iglesia cualquiera de una ciudad cualquiera. Pero ese cura tiene un pasado, tan insignificante para el mundo como significante para él mismo, tan ensimismado en su pequeño mundo como ensimismado está el mundo en sí, y enfrentado a unos demonios que no vienen del cielo o del infierno, sino de una cotidianidad que muchas veces encierra más de lo que queremos mostrar o reconocer. El reverendo es una película llena de desaliento, desasosegante, incómoda porque hurga en lugares íntimos pero muy concretos. Y va royendo, con su ritmo calmado, su presentación austera, su voz en off, reflexiva e incesante. El padre Toller (Ethan Hawke) afirma durante los primeros compases de la película que la presencia de la desesperación es ineludible para que haga acto de aparición la esperanza. Y es algo que Schrader lleva sin duda hasta sus últimas consecuencias.

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El reverendo es, globalmente, una película hasta cierto punto irregular. Sobria, casi ascética en sus formas, es de esas obras que surgen como el destilado de un director en plena madurez. A la vez, el viaje interior que realiza su protagonista puede resultar en ocasiones algo brusco, incluso por momentos extravagante. El bagaje calvinista del autor se hace patente, tal vez más que nunca, y se entremezcla con preocupaciones que se alimentan de nuestro tiempo, y que reflejan una personalidad anclada en última instancia en la realidad presente. Mientras tanto, estas ideas, que gravitan alrededor de la preocupación por el deterioro medioambiental del planeta, pueden aparecer a veces de una forma un tanto forzada. Las intenciones no se trasladan siempre de forma efectiva al terreno de la narrativa, porque el tono depurado de la película, tan apegado a lo físico, no parece que case necesariamente con las violentas turbulencias que atraviesa su protagonista.

Pero siempre queda el estímulo, la parte de verdad. Y Schrader es un director que sigue teniendo ganas de jugar con el medio, de exprimir los recursos cinematográficos para reflejar su atormentada visión de la vida. Puede que no sea un revolucionario de las formas, un pionero, pero sin duda aprovecha para transitar en los límites de lo permitido dentro de la particular idiosincrasia de Hollywood, como un persistente ariete de retaguardia. Y cuarenta años después, sigue haciéndose evidente que tras su nueva película siguen vivas las inquietudes y la honestidad hiriente que lo llevaron a escribir Taxi Driver.

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