Hay muchas maneras de empezar una película. Y también es habitual encontrarse con muchas ocasiones perdidas a la hora de aprovechar ese momento de arranque para hacer algo sustancial. Tarea que tal vez no sea tan fácil como parece. En el otro extremo, se encuentra nuestro ejemplo de hoy: Akira de Katsuhiro Otomo (1988). La película de Otomo es relevante por muchas cosas, entre ellas el que hoy atendamos a la animación japonesa de la manera en que lo hacemos. Y es evidente que sus primerísimas imágenes contribuyen a que caigamos sin remisión ante esta obra maestra del dibujo animado.
La película se abre con un plano cenital de Tokyo que hace panorámica hasta visualizar el horizonte. La quietud es absoluta (de hecho todo, incluidos los coches, está pintado como un fondo) y el único sonido que oímos es el del viento; tal vez por la altura a la que estamos, tal vez porque todo ha quedado ya en silencio, como preconizando el desastre que está a punto de ocurrir.
